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miércoles, 1 de julio de 2020

Cultura Unellez-VIPI 21. Cuando Manuela salvó a Simón Bolívar (Arístides Rojas)


La vida de Simón Bolívar siempre emociona nuestros corazones. 
Imagen en el archivo de Samuel Omar Sánchez

Hablemos de la noche del 25 de septiembre de 1828. Por una casualidad, Manuela, que con frecuencia vivía en palacio, estaba algo indispuesta en la tarde del 25, y no había salido de la casa que habitaba. Sintiéndose el Libertador enfermo manda a llamarla, al anochecer, pero ella se excusa por no hallarse bien. Instada por aquél, y juzgando que podría serle útil, se abriga, y como había llovido se pone doble calzado, queriendo evitar la humedad. Al llegar a la mansión del Libertador se impone de que todo el mundo estaba indispuesto, comenzando por Bolívar y continuando por su sobrino Fernando, el edecán capitán Ibarra, el mayordomo Palacios, y ausente, por estar igualmente indispuesto, el edecán coronel Ferguson. Fuera de la pequeña guardia de ordenanza, nadie más estuvo de facción al cerrarse la puerta de palacio, ni temores inmediatos abrigaba el Libertador, quien después de un baño tibio durante el cual le leía Manuela, se entregó al descanso. Bolívar no había dado oído a las repetidas denuncias de una conjuración, aunque creía que iba a reventar una revolución, y contando quizá con su buena estrella no tomó precauciones.

Las doce de la noche serían cuando los perros de palacio ladran, y tras éstos se sienten ruidos en la puerta del edificio. Era el momento en que los conjurados, en posesión del santo y seña y contraseña, después de engañar a los centinelas, bregaban por la entrada. Manuela despierta a Bolívar, y le instruye de lo que presiente. Bolívar se arroja del lecho, toma su espada y una pistola, y se encamina a la puerta de la sala para abrirla.

Manuela le contiene y le aconseja vestirse, lo que ejecuta con denuedo y prontitud, y no encontrando de pronto las botas se calza los zapatos dobles de la favorita.

—Bravo –dice Bolívar a la favorita–; vaya, pues, ya estoy vestido ¿y ahora qué hacemos? ¿Hacernos fuertes? del volumen secuestrado. Reciba este amigo nuestro agradecimiento. No creemos pasen de tres los ejemplares salvados de tan rico acopio de documentos referentes a los años de 1826, 1827 y 1828.

Dirígese por segunda vez a la puerta, hacia la cual se aproximaban los conjurados. Manuela lo detiene y le señala el balcón bajo del palacio que cae a la calle lateral.

—¡Al cuartel de Vargas! –exclama Manuela. —Dices bien –contesta Bolívar, y avanza hacia el balcón.

Pero Manuela le detiene por tercera vez, pues siente que pasa gente; y tan luego como queda la calle silenciosa, abre el balcón y sin tiempo ya para ayudarle a salvarse ni para cerrar las hojas de aquél, sale al encuentro de los conjurados que, sedientos de sangre, la agarran y la interpelan.

—¿Dónde está Bolívar? –preguntan los invasores.

—En el Consejo –responde Manuela con serenidad.

Lánzanse sobre el primer dormitorio, pasan al segundo y al ver el balcón abierto, exclaman “huyó, se ha salvado”.

—No, señores, no ha huido, está en el Consejo –dice Manuela con voz clara y con ademán resuelto.

—¿Y por qué está abierta esta ventana? –replican los conjurados.

—La abrí –contesta Manuela–, porque deseaba conocer la causa del ruido que sentía.

La heroína comprende que ha pasado ya tiempo suficiente para que Bolívar se escape y alimentando la esperanza de los conjurados, los interna, les habla de la casa nueva llamada el Consejo, donde estaba Bolívar, mito con el cual pudo entretenerlos. Chasqueados y enfurecidos los conjurados agarran a Manuela, se la llevan, cuando el grupo tropieza con el edecán Ibarra que al abrir la puerta de su dormitorio, ya armado, avanzó sobre los invasores y fue herido por uno de éstos.

—¿Con que ha muerto el Libertador? –preguntó el joven edecán a Manuela.

—No, no –contesta Manuela imprudentemente–, el Libertador vive.

Al escuchar esto, uno de los conjurados toma por el brazo a Manuela, la interroga de nuevo y no pudiendo saber nada, la lleva a las piezas interiores; y después de situar centinelas en las puertas y ventanas, todos huyen.

Entretanto, Manuela acompaña a Ibarra y lo hace acostar en el lecho del Libertador, donde iba a ser atendido por los médicos. En esto se escuchan pasos de botas herradas por la calle: era Ferguson que, a pesar de estar enfermo, quiso venir en solicitud del Libertador. Manuela abre el balcón, y el edecán la reconoce a los rayos de espléndida luna.

—¿Dónde está el Libertador? –pregunta Ferguson a Manuela.

—No sé –contestó ésta (quizá por no informar a los centinelas.) No

entre, Ferguson, porque lo sacrifican –agrega la favorita.

—Moriré cumpliendo con mi deber –contestó el valeroso inglés.

A poco suena un tiro: era el pistoletazo que descargaba Carujo sobre su íntimo amigo Ferguson en los momentos en que éste llegaba a las puertas del palacio. Como por encanto las guardias abandonan entonces sus puestos, y soldados y jefes huyen. Tras éstos sale Manuela en solicitud del doctor Moore para que curara al edecán Ibarra. El doctor, salvando peligros, llega a la alcoba del Libertador, en tanto que Manuela llama a Fernando, el sobrino de Bolívar, y acompañada de él toman el cadáver de Ferguson y lo conducen al dormitorio del mayordomo José que se hallaba gravemente enfermo.

¿Dónde estaba el Libertador en aquellos instantes en que sus tenientes, unos tras otros, le buscaban por todas partes? Escuchemos el relato que nos ha dejado el general Posada en sus Memorias:

El Libertador, que al arrojarse por la ventana, dejó caer su espada, tomó la dirección del Monasterio de las Religiosas Carmelitas, oyendo tiros por todos lados y el grito de “¡Murió el tirano!”. En tan imponderable agonía tuvo un auxilio providencial: un criado joven de su confianza se retiraba al palacio y oyendo el fuego y los gritos corría resuelto a donde su deber lo llamaba, y viendo un hombre que a paso acelerado caminaba en la dirección que he indicado, le siguió y conociéndole, él, llamó, nombrándose. Bolívar con esta compañía consoladora, procuraba llegar al puente del Carmen para tomar la orilla izquierda del riachuelo llamado de San Agustín, que toca con el cuartel de Vargas, a fin de incorporarse a los que por él combatían; pero al llegar al puente, el criado le hizo observar que aunque los tiros se oían en diferentes direcciones, el fuego era más activo en la plazoleta del convento por donde habrían de pasar. En efecto, Bolívar llegaba al puente en momentos en que los artilleros se replegaban y los de Vargas salían del cuartel. Una partida de artilleros en retirada, seguida por otra de Vargas y tiroteándose, se replegaba precisamente por la orilla del riachuelo que Bolívar se proponía seguir; se oían mezcladas las voces de “Murió el tirano” y de “Viva el Libertador,” y perseguidos y perseguidores se acercaban, sin poderse juzgar quiénes serían los primeros y quiénes los segundos. El momento era crítico, terrible: “Mi general, sígame; arrójese por aquí para ocultarle debajo del puente,” dijo el fiel criado; y sin esperar la respuesta se precipitó de un salto y ayudó al Libertador a bajar, casi arrastrándolo tras sí. Un minuto después pasaron artilleros y Vargas por el puente, continuando el tiroteo, hasta que alejado, quedó todo en silencio por aquel lado.

¡Qué noche! Toda la ciudad se puso en vigilia desde el momento en que los conjurados se apoderaron del palacio. Por todas partes se escuchaban gritos y disparos. Las compañías del batallón Vargas perseguían a los artilleros sublevados, y eran las calles de la ciudad el dilatado campo de batalla. A las repetidas voces de los conjurados, Muera Bolívar, Muera el tirano, contestaban los sostenedores del orden con las de Viva el Libertador, viva Bolívar.

Poco a poco van extinguiéndose los gritos sediciosos, y sólo uno que otro tiro se oye en lontananza. La conjuración estaba vencida. Grupos de oficiales y ciudadanos a pie y a caballo recorren las calles, y aclamaciones atronadoras de Viva el Libertador, Viva Bolívar, herían los aires. Han pasado una, dos y tres horas de angustia: la conjuración ha sido vencida, pero el Libertador no aparece. ¿Dónde está Bolívar? Es la pregunta que sale de todos los labios.

Sólo éste y el criado fi el que le acompañaba lo sabían. La angustia se apodera de nuevo de los defensores. Entonces el general Urdaneta, ministro de Guerra, dispone que partidas de infantería y de caballería saliesen en todas direcciones en solicitud del Libertador. Espléndida luna iluminaba aquel campo de desolación. Entre tanto, dice Posada:

Bolívar agonizaba en la más grande incertidumbre bajo el puente protector: partidas de Vargas pasaban gritando: ¡Viva el Libertador! Y temía que fuese una aclamación alevosa para descubrirlo.

Después de casi tres horas de ansiedad, oyendo los pasos de unos caballos que se acercaban, y los gritos que se repetían de “Viva el Libertador”, mandó al criado que le acompañaba que saliese con precauciones, arrimándose a una pared, a ver quiénes eran los que venían: eran el Comandante Ramón Espina, hoy general, y el Teniente Antonio Fominaya, Edecán del general Córdova, que conocidos por el muchacho, le anunciaron que estaba salvo. Salió, pues, con dificultad de la barranca, se informó de lo que pasaba, y en aquel momento, llegando el general Urdaneta con otros Jefes y Oficiales, el reconocimiento y el hallazgo hicieron derramar lágrimas a todos. En pocos instantes supo la ciudad la fausta noticia, por mil gritos repetidos en todas direcciones. El Libertador, mojado, entumecido, casi sin poder hablar, montó en el caballo del Comandante Espina y todos llegaron a la plaza, donde fue recibido con tales demostraciones de alegría y de entusiasmo, abrazado, besado hasta del último soldado, que estando a punto de desmayarse, les dijo con voz sepulcral; ¿queréis matarme de gozo acabando de verme próximo a morir de dolor?

Cuando Bolívar, ya en el palacio, después de haber recibido numerosas felicitaciones de nacionales y extranjeros, quiso reposar y conciliar el sueño, como lenitivo a tantas angustias, quedó acompañado de la favorita, pero ni el uno ni la otra pudieron descansar: ambos estaban febricitantes y bajo el peso de horrible pesadilla. En estos momentos fue cuando Bolívar dijo a la favorita: TÚ ERES LA LIBERTADORA DEL LIBERTADOR: título de gratitud con el cual ha pasado a la historia esta mujer original.

Antes de que el Gobierno de Colombia, en vista y conocimiento de cuanto acababa de suceder, tomara medidas enérgicas como la demandaban las circunstancias del momento, la primera inspiración de Bolívar fue noble y generosa: deseaba el perdón de los conjurados; mas tan elocuentes ideas no tuvieron el resultado que él deseara. La política tiene sus necesidades; es exigente, para lo cual apela en la mayoría de los casos al cadalso.

El proceso de la conjuración fue abierto, y víctimas y persecuciones fueron la recompensa de los principales culpables. La ley se impuso y condenó: no así la favorita que supo desplegar nobleza de alma a la altura de la obra meritoria, de la cual descollaba como heroína. Aun faltando a los fueros de la verdad, Manuela arrancó víctimas al cadalso, y devolvió la paz y el contento a muchos hogares.

En la mayoría de los infortunios humanos está el triunfo del corazón.

Los odios, las rivalidades, la envidia, la venganza; todo, todo desaparece ante la noble generosidad que inspiran el dolor, la miseria, el infortunio, que siguen al desborde de las pasiones tempestuosas; y es la generosidad en estos casos como el iris después de la borrasca, nuncio de paz y de perdón. Bolívar y Bermúdez lloraron al abrazarse. Los jefes, oficiales y soldados al ver salvado a Bolívar, en la noche del 25 de setiembre de 1828, después de vitorearlo y aun besarlo desde el último soldado hasta el primero de los tenientes, lloraron también, y todavía a los veinte y más años de estar en el sepulcro las víctimas y victimarios de aquella noche terrible, Garibaldi y Manuela Sáenz se enternecen al despedirse a orillas del grande Océano en 1850. El llanto tiene mucho del cielo, porque tras la lágrima está el corazón plácido y el espíritu inspirado por las grandes virtudes, don de Dios a la criatura. ¿Cómo podremos hoy juzgar a la mujer que se conoce en la historia con el título de Libertadora del Libertador?

Como mujer, como esposa, la justicia ha fallado y la condena. Como heroína generosa, la historia la admira.


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