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miércoles, 30 de enero de 2013

EL CANCIONERO POPULAR DE VENEZUELA (Arístides Rojas)


Al doctor Adolfo Ernst

EN EL NÚMERO 27 de El Cojo Ilustrado, correspondiente al 1 de febrero,  el doctor Ernst nos dedica un trabajo que se refiere al Cancionero popular de Venezuela. Con frases tan verídicas como elocuentes saluda el sabio profesor a los heraldos de la poesía española allende y aquende el Atlántico, y compara la musa popular, en una y otra región, con esas flores silvestres de la gaya naturaleza, bellas, olorosas, risueñas y casi siempre ocultas, cual si quisieran vivir aisladas de las miradas indiscretas del mundo civilizado.
Pero al estudiar las cincuenta y nueve coplas que el autor nos ofrece, como contribución a los numerosos materiales que poseemos para el folk-lore venezolano, en cuyas páginas brillarán nuestros cantos populares, encontramos que sólo veinte coplas pertenecen al Cancionero nacional, correspondiendo el mayor número de aquéllas al Cancionero español.
Disertaremos acerca de este tema, aunque sea muy brevemente, que ya podremos explanarnos cuando demos a la estampa la obra, en la cual nada dejaremos en el tintero al relatar la historia del pueblo venezolano, es decir; la historia de sus orígenes, creencias, mitología, supersticiones, costumbres, cuentos, dichos, ciencia popular, refranes, sentencias, etc., etc., y su Cancionero, ora en lo que tiene de original, debido a múltiples causas, ya en lo que hereda de los conquistadores, esto es; la belleza y gracia que en toda época ha caracterizado a los bardos del suelo ibero, donde cada aldea, cada ruina, cada valle, ríos, praderas, costas y montañas, todo nos refiere la historia de este pueblo sorprendente que vive, se nutre, prospera, se agiganta con la savia heredada de sus predecesores, desde los orígenes de la sociedad humana. El conjunto de tales materiales, después de purgarlo de cuanto pertenezca al pueblo español o a otros pueblos, es lo que constituye el folk-lore venezolano.
Nada más bello que el Cancionero español. La copla poética, siempre espontánea, sencilla, llena de gracia y de fuego; la glosa siempre hermoseada con los celajes cambiantes del sol, bajo un cielo dilatado que tiene por límite occidental las siluetas agigantadas del mundo colombino; la imaginación popular que en el extremo sur de la Europa canta a la mujer y al amor, a la familia y a la patria, participa de las claridades del Mediterráneo, de las tibias y perfumadas brisas del África, y aun del murmullo de la ola que besa las costas andaluzas y las islas Afortunadas; ola que envía al Viejo Mundo la corriente cálida del golfo mexicano. Tal poesía, decimos, es obra que se regenera y hermosea siempre por la labor de los siglos y la savia bullente del ingenio castellano. Así, el Cancionero popular de España está sostenido, en todo tiempo, por las bellezas del suelo ibero, por los astros de un cielo azul, constantes pregoneros de la grandeza nacional, desde los días en que sucumbió el romano en tierras cantábricas hasta la titánica lucha que hundió para siempre al Coloso de los modernos tiempos.
En el Cancionero español la mujer querida es el tema ideal de todos los corazones, el amor es la fuerza que sostiene el numen poético, la única luminaria que vivifica, si así puede decirse, los astros del firmamento y las flores de la tierra. ¿De dónde viene este sentimiento siempre joven, siempre poético, que celebra al amor, al hogar, a la patria? Es herencia de los antiguos días de la edad media, cuando dominaban las cortes de amor, y bardos y guerreros cobraban aliento en presencia de la serrana y de la morisca o de la esbelta castellana, que sabía atraer con sus miradas al bardo que, en dulces endechas, le revelaba su pasión al pie del feudal castillo. Es el eco de dichas y desgracias pasadas, de las épocas de lucha, cuando familias y pueblos supieron armarse en defensa de la honra nacional.
* * *
Pero el castellano, al conquistar el Nuevo Mundo (de Venezuela hablamos), al entroncarse con los pueblos indígenas y más tarde con individualidades de familias y razas de allende el Atlántico, si pudo implantar la familia con todas sus virtudes, el sentimiento poético, las costumbres, la religión, el habla, no pudo dejar por completo el Cancionero de sus antepasados con toda la pureza de su origen. Nuevos medios en los cuales iba a prosperar por un lado, y por el otro la mezcla de razas, la lucha que debía emprender contra una naturaleza espléndida, rica y atractiva, pero también llena de peligros, que constituye la verdadera escuela de los héroes populares, debían obrar en el espíritu de los futuros bardos del Cancionero venezolano. El cantor amoroso, sentimental de los pueblos andaluces y de los valles de Granada, de las costas malagueñas y de las islas Afortunadas, debía ser modificado ante la majestad de los bosques y ríos colombinos, de las dilatadas pampas, altiplanicies y de los nevados y volcanes de los colosos Andes.
En el Cancionero castellano imperan la mujer y el amor ideal que ella inspira, amor que acerca las almas a los dulces sones de la música espontánea, pura como los sollozos del niño y misteriosa como el suspiro íntimo de la joven, víctima de su propia ternura. Mas, si en el Cancionero español la mujer con todas sus virtudes es el tema de la poesía popular, en una gran parte del Cancionero venezolano, en la que se conexiona con la dilatada pampa y regiones vecinas, imperan el valor, la destreza, la agilidad, la voluntad que vence, forma a los héroes, y domeña la naturaleza agreste y terrible; la astucia que se impone a la muchedumbre, el talento natural que crea la epopeya. El domador del caballo y del toro, el vencedor del jaguar y del caimán, del hombre en fin, en lucha personal o al frente de la falange guerrera armada de la lanza de Aquiles, son también un ideal para la mujer venezolana. Si el héroe de la pampa es digno de ser cantado, el corazón de la mujer sabe también recompensar la gloria. Los antiguos vencedores del circo romano no han desaparecido. En el Cancionero venezolano los héroes de la pampa son aquellos que han sabido conquistarla, y bien merecen ellos ser cantados por la musa popular al son de los discantes y de las maracas indígenas.
Los antiguos aborígenes que en ella vivieron, no supieron aprovecharla. Carecieron del caballo, alma del llanero y del gaucho. Si en el Cancionero español el amor es imán, en el Cancionero venezolano el imán es el valor. El llanero es más belicoso que amoroso, más retraído que sociable.
El corazón de la mujer sabe también soñar con esas exhalaciones de la llanura en que jinete y caballo parece que se rinden ante la beldad querida, y desaparecen en el ardor de la pelea, para tornar sonreídos y agraciados después de haber sido fi el imagen de los antiguos hypántropos, descaladores del Olimpo. El caballo está siempre en primer término, el caballo que es para el llanero el escudo de Marte. Conocida es aquella estrofa que dice:
Mi caballo y mi mujer
Se me murieron a un tiempo;
Qué mujer ni qué demonio,
Mi caballo es lo que siento. (1)
(1) Esta copla es española, pero el cantor llanero la ha aceptado por encontrarla de acuerdo
con sus ideas.
¿Quién no conoce aquella singular proclama de Páez a sus centauros, cuando al caer su caballo muerto en una de tantas refriegas sangrientas contra el español, exige de sus soldados terrible venganza? Y en uno de tantos cantares llaneros se dice de la mujer:
Del toro la vuelta al cacho,
Del caballo la carrera.
De las muchachas bonitas
La cincha y la gurupera.

Un bardo popular castellano hubiera dicho a la niña de sus amores:
Tienes una cinturita
Que parece contrabando;
Yo, como contrabandista,
Por ella vengo penando.
Y de una manera más metafórica:
Dos columnas de alabastro
Hechas con arquitectura,
Están sosteniendo el garbo
De su pulida cintura.
-La Fuente y Alcántara(Cancionero)-

 Entre los antiguos araucanos la mujer se decidía por el amante que había alcanzado el mando, después de haber soportado sobre sus hombros pesos enormes. Las beldades cumanagotas aceptaban al más sufrido; aquél que, después de bailar y cantar durante muchas horas delante de la beldad indígena, caía rendido de cansancio y de dolor ocasionados por la mordedura de insectos venenosos, en las manos cubiertas con guantes de género, atados a las muñecas. La fuerza, el dolor, he aquí las condiciones que exigía el amor de las beldades indígenas, antes de la llegada de los castellanos. La serrana, la morisca del pueblo, la dulce castellana del castillo feudal eran menos exigentes. Para éstas, antes que el dolor y la fuerza, el amor, el amor en la música y en la suave poesía melíflua, retozona, sabrosa, como diría alguna de nuestras beldades.
Al hablar Vergara y Vergara de la poesía popular en las llanuras de Colombia contiguas a las de Apure, dice: "No ha habido ningún poeta culto de los llanos; el pueblo compone lo que canta y canta lo que compone. No acepta coplas de otras tierras. Sus composiciones favoritas son romances aconsonantados, que llaman galerones, y que cantan en una especie de recitado con inflexiones de canto en el cuarto verso. Es el mismo romance popular de España, y contiene siempre la relación de alguna grande hazaña, en que el valor y no el amor es el protagonista: el amor es personaje de segundo orden en los dramas del desierto. Indudablemente tomaron la forma del metro y la idea de los romances españoles; pero desecharon luego todos los originales y compusieron romances suyos para celebrar sus propias proezas".( Vergara y Vergara, Historia de la literatura de Nueva Granada, etc., etc. Bogotá, Echeverría Hnos., 1867, 1 v).
Esto es cierto, como lo es también que en las regiones occidental y oriental de Venezuela, el Cancionero popular ostenta otro carácter pues tiene mucho del Cancionero español, sobre todo en las costas de Coquibacoa y de Cumaná. Las canciones, romances, coplas y glosas del poeta popular en estas localidades, tiene sabor andaluz. Ya nos ocuparemos más tarde en esta materia, que trataremos con más extensión, al incluir, en nuestros volúmenes del folk-lore venezolano, el Cancionero venezolano acompañado de apreciaciones que servirán para la historia de nuestra poesía popular.
Para rematar estos ligeros apuntamientos insertamos a continuación muestras del Cancionero popular de Venezuela, del llanero, tipo único, original en su género, y una glosa del maracaibero de bastante mérito. En las primeras figura el llanero jaquetón, valeroso, cuya única gloria consiste en domar potros y sacarle lances al toro: Este tipo valeroso canta sus méritos en presencia de la concurrencia o damas que le escuchan. Son las siguientes:

En el hato de Setenta
Donde se colea el ganao,
Me dieron para mi silla
Un caballito melao;
Me lo dieron por maluco,
Y me salió retemplao.

Más acá de sí sé donde,
Juntico de la quebrada
Iba yo, ya nochecita,
Y halle la tigra cebada;
No sé qué estaba pensando
El dianche de condenada,
Que así que me vido encima
Me tiró una manotada.

“Huiste!” le dije á la indina,
No sea busté tan malcriada,
Que pa saludar a un hombre
No se le tira a la cara.

¿No ve que el morcillo es potro
Y que se asusta de nada?

Por lados del llano abajo
Donde llaman Parapara,
Me encontré con un becerro
Con los ojos en la cara;
El rabo lo tenía atrás,
Tenía pelos en el cuero,
Los cachos en la cabeza
Y las patas en el suelo;
Abajo tenía los dientes
Y arriba no tenía nada,
Y en medio de las quijadas
Tenía la lengua enredada.

Me llaman el “tantas muelas”
Aunque no las he mostrado,
Y si las llego a mostrar
Se ha de ver el sol clipsao,
La luna teñida en sangre,
Los elementos trocaos,
Las estrellas apagadas
Y al mesmo Dios admirao.

Para saltos, el conejo,
Para carrera, el venao;
Yo me parezco a los tigres
Y al león en lo colorao.
Yo no soy de por aquí,
Yo soy de Barquisimeto:
Nadie se meta conmigo,
Que yo con naide me meto.

Yo soy nacido en Aroa
Y bautizado en el Pao,
No hay zambo que
me la haya hecho
Que no me la haya pagao;
Que anoche comí culebra
Y esta mañana pescao;
Que los dedos tengo romos
De pegarle a los malcriao.

De los hijos de mi mama
Solo yo salí malcriao;
Los brazos los tengo blancos
De vivir enchaquetao;
No hay zambo que me la haya hecho
Que no me la haya pagao.

El que cantare conmigo
Ha de ser muy estudiao,
Porque lo tengo é dejar
Como feltriquera á un lao.

Conmigo y la rana, es gana
Que se metan á cantar,
Que no me gana á moler
Ni la piedra de amolar,
Porque tengo más quintillas
Que letras tiene un misal.

Yo fui el que le dio la muerte
Al plátano verde asao;
Cuando me lo dan, lo como,
Cuando no, aguanto callao.

Por si acaso me mataren
No me entierren en sagrao,
Entiérrenme en un llanito
Donde no pise el ganao;
Un brazo déjenme afuera
Y un letrero colorao
Pa que digan las muchachas:
“Aquí murió un desdichao;
No murió de tabardillo
Ni de dolor de costao,
Que murió de mal de amores
Que es un mal desesperao”.

Mi mujer está muy brava
Porque otra me agasajó…
¡Si yo tengo mi modito
Y me quieren, qué haré yo?

A ninguno le aconsejo
Que ensille sin gurupera;
Que en muchos caballos mansos
Los jinetes van a tierra. (3)
(3) El habernos decidido a insertar este corrido, lo motiva el ver figurar esta copla entre los llaneros de que nos habla el doctor Ernst.

Yo te di mi medio real
Porque me hicieras cariños;
Sólo me hiciste una vez,
Me estás debiendo un cuartillo.

Mi mama me dio un consejo,
Que no fuera enamorao,
Y cuando veo una bonita
Me le voy de medio lao,
Como el gallo a la gallina,
Como la garza al pescao,
Como la tórtola al trigo,
Como la vieja al cacao.

Yo no soy de por aquí,
Yo vengo del otro lao,
Y me trajo un capuchino
En las barbas enredao.

Si hubiere alguno en la rueda
Que con yo esté incomodao,
Sálgaseme para fuera,
Lo pondré patiaribiao
Con este brazo invencible
Que Jesucristo me ha dao,
Que en esos llanos de Achuagua
Yo soy el zambo mentao;
Yo fui el que le di la muerte
Al plátano verde asao,
Con un cabito de vela
Y un padre nuestro gloriao (4)

(4). Este “corrido” como lo llama el llanero, se remonta a los primeros años del siglo. Publicólo Vergara y Vergara por la primera vez en el volumen mencionado; pero como nosotros poseemos una copia que data del año de 1824, la insertamos íntegra, aunque exista cierta discrepancia con la copia publicada.
El otro corrido es el que sigue, de la misma época que el precedente. Según vemos, los dos cantores son de la misma fuerza.
Estando enamoriscao
De una zamba en la piragua,
Me dijo que la llevara
Para los valles de Aragua.
La zamba como era güena
Nunca se sintió aflegía
Y el caballo con los cascos
Hasta la tierra partía.
Una hoja de cinco cuartas
De la vaina se salía.
Yo cogí ese llano abajo,
Lo cogí por travesía
Y en el hato de Antón Pérez
Hice la primer dormía.
Los peones en el caney
Ya se estaban convoyando;
Entre los peones había
Un blanquito muy nombrao;
Lo nombraban Hinojosa:
—Amigo, ¿é dónde es la mosa?
—Yo le dije: blanco viejo,
Eso es mucho preguntá,
Jale por una silleta
Y póngase una sotana
Y véngame a confesá.
El blanco era e pocas pulgas
Y allí me empezó a tirá,
Con asadores calientes
Me daban con carne asaa.

La otra muestra última, es glosa de una cuarteta que fi gura en el cancionero de La Fuente y Alcántara y dice:
Llorad, llorad, ojos míos,
Llorad, que tenéis porqué;
Que no es vergüenza en un hombre
Llorar por una mujer.

El bardo popular de Maracaibo la modificó y dijo:
Llorá, corazón, llorá,
Llorá si tenéis porqué;
Pues no es afrenta ninguna
Llorá por una mujer.

Y en seguida la glosó de esta manera:
¿No llora una flor constante
Si el viento sus hojas hiere?
¿No llora el sol cuando muere
En túmulo de diamante?
¿No llora el monte arrogante
Si el viento furioso da?
¿No llora el mar cuando está
De su centro dividido?
Pues si amor habéis perdido
“Llorá, corazón, llorá”.

¿No llora la fértil planta
Por muy frondosa que sea
Cuando el viento la estropea
Y el verano la quebranta?
Llora una fiera y se espanta
Cuando á su contraria ve;
Pues si los brutos sin fe
Lloran sin terminación,
Entonces con más razón
“Llora si tenéis porque”.

Una estrella refulgente
Llora al perder su arrebol,
Y entre las llamas, el sol
Cuando sale del Oriente.
Llora en menguante y creciente
Cuando está opaca, la luna,
Como también en la cuna,
Cuando no se satisface,
Llora el hombre cuando nace.
“Pues no es afrenta ninguna”.

¿No llora una simple ave
Cuando está sola en su nido
Y que cuenta haber perdido
Su dulce emético suave?
Pues si en los pájaros cabe
Llorar su destruido ser,
En el hombre es un deber
De más fuerte obligación,
Y puede, cuando hay razón,
“Llorá por una mujer”.

En estos cantos vemos reflejado en parte el estro español. La idea es culta y bien se ve que el poeta obedece a una inspiración más elevada. 
Por el estudio cotejado que hemos hecho de las dos porciones del cancionero popular de Venezuela, vemos que el llanero nos ha proporcionado más datos históricos en las producciones de la pampa, que el amatorio con sus cantos variados del occidente y oriente de Venezuela, desde Coquibacoa a Cumaná, Margarita y Araya, estas tierras donde los andaluces de la conquista celebraron la espléndida naturaleza de la Andalucía española y contemplaron el bello cielo austral coronado por la Cruz del Sur. Sabido es que ellos bautizaron las costas y tierras de Cumaná, de Cariaco, etc., con el nombre de Nueva Andalucía. El cantor llanero de todas las épocas, nos ha narrado siempre en diversos corridos la vida política o turbulenta de ciertos personajes, sobre todo desde los días de la revolución de 1810. Él cantó a Bolívar, a Páez, etc., etc., y también a Boves, Morillo, etc., etc. Y esto es tan cierto, que a los dos meses de haber triunfado la Revolución Legalista, llegaron a nuestra colección los cantos titulados El clarín del Totumo y La Guariconga, donde están fotografiados por el poeta popular los principales tipos de Caracas y otros lugares. Así, cada reyerta, desde la guerra entre españoles y patriotas, de 1810 a 1824, hasta las revoluciones llamadas Azul, Reivindicadora y Legalista, cada una ha dejado esbozos curiosos que sabrá apreciar el futuro examinador de las tradiciones populares de Venezuela. 
Pero no son el tipo llanero de la pampa, y el amatorio de las costas orientales y occidentales de la república, los únicos que constituyen el Cancionero popular de Venezuela; existe otro tipo, el africano, de los negros de los valles de Aragua, del Tuy, de una parte de los llanos y de otra de la costa venezolana, que tiene sus cantos especiales, característicos. Este cantor de origen africano que ostenta su gala en las fiestas dedicadas a San Juan Bautista, en los lugares mencionados, merece un estudio detenido, porque todos sus actos llevan la estampa de una civilización mixta: la africana mezclada con la venezolana.

Nota: este documento fue tomado de Orígenes venezolanos (historia, tradiciones, crónicas y leyendas) de Arístides Rojas, publicado por la Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2008Selección, prólogo y cronología de Gregory Zambrano. También disponible en: 
www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97...2&tt 
Arístides Rojas,  nació en Caracas el 5 de noviembre de 1826 y fallece, también en Caracas,  el 4 de marzo de 1894. Doctor en medicina, historiador, escritor ameno, cronista y sabio entendido de lo venezolano entrañable. Se le reconoce, históricamente,  como miembro fundador de la Sociedad de las Ciencias Físicas y Naturales, en 1867, miembro honorario de la Academia de Bellas Letras de Santiago de Chile y miembro de la Academia de las Ciencias Físicas y Naturales de Cuba.

jueves, 24 de enero de 2013

La Vaca Esocada y El Espanto de El Bajío (Tomado de: "Mitos y Leyendas predominantes del estado Portuguesa" de Carmen Pérez Montero)





LA VACA ESOCADA
Esta es la leyenda nació en ese pueblo antiguo, formado inicialmente por los negros y esclavos de los fundos y haciendas pertenecientes a la mayoría de las  familias  "acomodadas" de Guanare: Ospino, tierra de retiro y tranquilidad, Allí nos encontramos con el señor Tomas Villegas, quien después de aclararnos que él no es de ese pueblo, que él vive en Acarigua, nos relata lo siguiente: Cuando yo estudiaba en la Escuela Granja de Ospino, en el año 1987, se hizo costumbre, para un grupo de estudiantes, fugarnos casi todas las noches para salir a parrandear por el solitario pueblo y en la madrugada, ya con la claridad del día, regresábamos a dormir a la escuela.
Una noche, serian como las once, la luna estaba clarita y salimos del dormitorio Said Antonio Valdez, Antonio Cedeño, Freddy Colmenárez, Ildemaro García y yo,  atravesamos el puentecito donde estaba la quebrada, donde muchos estudiantes habían visto muchos espectros nocturnos como figuras de enfermeras, hombres vestidos de blanco, marranos y una vaca que era el espanto del que mas oía hablar en el ambiente y cuando ya íbamos llegando a la cerca por donde estaba el hueco por donde solíamos escapar, un ruido extraño y escalofriante nos detuvo, todos nos miramos y exclamamos al mismo tiempo ¡Dios mío!... ¿Qué es eso?. Nos quedamos petrificados y el ruido que se sentía por debajo de la tierra y que estremecía el suelo donde estábamos parados se hizo cada vez más fuerte, era como un animal pesado, lleno de huesos, que bufiaba a la vez que arrastraba una pata de palo. Sentimos que (la cosa) se acercaba cada vez más y, sin embargo, no lo vimos pasar. ¿Cuánto tiempo duro ese ruido desconocido? No lo sabemos pero fueron minutos interminables. Nosotros creemos que lo que nos salvó de un susto mayor fue el vigilante que en ese momento sonó el pito y nosotros recobramos el aliento y pudimos movernos. Yo fui el primero que salió corriendo y los demás me siguieron. De la cerca al dormitorio yo creo que tardamos un minuto. Esa fue mucha carrera. En la mañana siguiente le contamos a Luis Terán, el viejito de la bodega de la esquina, el nos dijo: Esa jue la vaca asocá que les salió, menos mal que no la vieron porque no jueran echao el cuento, la gente que la visto ha quedao privá y muchos, hace tiempo, se murieron del susto.
 Nosotros le preguntamos al señor, por qué la la llamaban la vaca esocada y el nos respondió: Bueno, poco antes cuando esa vaca salía bastante, muchos la vieron y decían que era una vaca escoyuntá. Bueno, ¿Cómo les digo?... una vaca con los huesos dislocaos, que caminaba tirando las patas pa’ los laos. La gente de antes decía que ella salía en el Barrio Abajo y caminaba por toa la calle Principal, pasaba por la plaza y se perdía por los laos de Barrio Nuevo. Ese espanto es muy viejo aquí en Ospino, más bien ya no sale casi porque esa vaca hoy en día se asusta cuando ve a los roba ganao.

 EL ESPANTO DE EL BAJÍO
          Esta historia es muy vieja en el pueblo de Turén. Siempre entre los músicos se acostumbraba después de las tertulias, las serenatas y los "palitos", encargarle a los que debían atravesar casi todo el pueblo para llegar a sus viviendas, que se cuidaran del Espanto del Bajío. El Bajío  es un sector de Turén llamado así porque en épocas de lluvia este terreno se inundaba y era casi imposible transitar por él.
      Es conveniente recordar que en esta época de guerra y guerrillas la gente que tenía dinero acostumbraba en colocarlo en tinajas de barro y enterrarlo, unos porque se incorporaban a los ejércitos convencidos de sus ideales liberales o conservadores y otros, para evitar que esos mismos ejércitos que tenían fama de revoltosos y abusadores pudieran robárselos.
       Wilman Rodríguez, habitante de La Colonia Agrícola de Turén y yerno de María Alibardi de Ruffato, narró que una noche, estando el joven, se fue con unos amigos a dar serenatas en Turén y ya pasada la una de la madrugada tuvo que regresar solo para La Colonia Agrícola de Turén. Como estaba ebrio y caminó mucho acompañando a los amigos, se perdió y de repente vio una luz fuerte que daba diferentes colores. A veces daba visos azules, verdes, morados y reflejos amarillos.  Wilman reflexionó y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba en el sitio llamado El Bajío y la luz que brillaba con diferentes colores estaba, precisamente, en el lugar donde, supuestamente,  existió la antigua ceiba donde, segun la leyenda, en tiempo de Cipriano Castro, un hombre seguidor del General Rafael Montilla, El Tigre de Guaitó, hizo enterrar su fortuna en el pie de esta frondosa ceiba. Este hombre utilizó los servicios de un peón para abrir el hueco y después, temiendo que este pudiera robar el dinero o divulgar su existencia, lo mandó a meter dentro del hueco con pretexto de que acomodara el cajón contentivo de las morocotas de oro e inmediatamente, le dio muerte con el pico y lo enterró junto con el tesoro.
            A Wilman se le paso la borrachera y rápidamente busco la salida hacia el centro del pueblo y de allí el camino para La Colonia, sumamente asustado por todo lo ocurrido. Después de ese incidente fueron muchas las personas que lo aconsejaron a Wilman Rodríguez que volviera al sitio, que ese dinero era para él, pero Wilman no quiere saber nada del Espanto de El Bajío y prefiere seguir siendo el humilde maestro de música que vive de su trabajo.



Otro enlace relacionado: Leyendas del Llano http://letrasllaneras.blogspot.com/p/leyendas-del-llano.html

** Otro enlace de esta autora: CARMEN PÉREZ MONTERO (poemas) http://letrasllaneras.blogspot.com/2011/04/mujeres-todas-mujeres-y-otros-poemas-de.html

El Salvaje (Tomado de "Mitos y Leyendas predominantes en el Estado Portuguesa" de Carmen Pérez Montero)


EL SALVAJE
            Esta leyenda está muy generalizada en el estado Lara hay quienes aseguran que de allí, por ser estado limítrofe de Portuguesa, ha penetrado sus llanuras. Otros ubican su origen en Ospino, durante el siglo XIX. Hay quienes sostienen que es originaria de la zona alta del estado Portuguesa, porque en sus montañas habita este legendario animal, aseveración que sustenta la muerte del Padre Chabas quien confundido con un salvaje por los indios Cambambas y por tal razón le dieron muerte. Sin embargo, lo importante es reseñar que en tiempos pasados era usual oír a los abuelos narrar estas historias que atemorizaban a la muchachada, quienes oían con mucha atención. Esta transmisión oral permitió su popularidad en todos los confines portugueseños. Raúl Humberto De Pascuali en su trabajo de investigación titulado (La leyenda del Salvaje) aporta lo siguiente:
Son osos frontinos (única especie de osos que habitan en Venezuela), viven en los lugares de más difícil acceso, oscuros y arbolados de las montañas; son de gran talla; parados alcanzan hasta dos metros de altura y su cuerpo puede tener hasta un metro de ancho.
Su pelaje es largo y espeso, de color negro. La especie más común tiene alrededor de los ojos unas manchas blancas, razón por la cual se denominan osos de anteojos. Su nombre científico es Tremactos Ornatos.

Acerca de estos animales se han tejido algunas historias inverosímiles. Se dice que los machos raptan a las mujeres y las hembras a los hombres y les hacen trojas en las copas de los árboles y allí los mantienen como frutos silvestres y le lamen todo el cuerpo, pero sobre todo la planta de los pies para ponerle la piel sensible y se les haga imposible caminar y así tenerlos cautivos por el resto de sus vidas. También se dice que estos animales tienen predilección por las parturientas o mujeres en periodo de lactancia.
            En Portuguesa se ha generalizado la creencia de que la carne de Salvaje es muy nutritiva y fortalece mucho el organismo. Así  mismo,  que la sangre tiene propiedades afrodisíacas y aquellos hombres que la ingieren jamás pierden su apetito sexual ni su virilidad. Entre otros comentarios relacionados con este animal, se pueden mencionar: Que grita similar a los hombres y el tigre le teme, que se enamora y es sumamente persistente en el logro de su objetivo, que (sus partes) son (igualitas) a las de las personas (mujer y hombre) y que cuando se siente perseguido camina hacia atrás y de esta manera confunde al enemigo quien lo busca en sentido contrario de donde él se encuentra.

Alejandro de Humboldt decía que esta leyenda estaba muy generalizada en la orilla del Alto Orinoco, el Valle de Upata, cerca del Lago de Maracaibo, las montañas de Santa Marta y Mérida, las provincias de Quijos y las riberas del Amazonas cerca de Tomependa, pues en estas regiones tan apartadas una de otras se habían encontrado huellas de pies que tenían los dedos vueltos hacia atrás, que hacían pensar en la presencia de este animal en esas zonas.

En el año 1960, una señora llamada Belarmina Pérez, quien vivía en La Lucía, me afirmó que su abuelo Nicolás Pérez, natural de un caserío cercano a Sanare, estado Lara, llamado Yai, pero residenciado durante muchos años en La Lucía, le contó que en este pueblo hace mucho tiempo ocurrió un caso que conmovió a todo el poblado, pues una muchacha fue raptada la noche antes de su matrimonio. Todos, hasta los padres, creían que era el novio quien se la había llevado, porque en ese tiempo era muy común que los hombres pidieran a las muchachas y después se las robaran, pero resulta que no fue así. El novio fue interrogado y se comprobó que no tenía nada que ver con el rapto. La gente del caserío imaginó que se la había llevado El Salvaje. Cuentan que dedicaron a buscarla y unos cazadores, después de varios años de estar esta muchacha perdida, la encontraron en una troja hecha de caña brava, en la copa de un flor amarillo. Los cazadores la bajaron del árbol con unos mecates. Ella y que tenía un muchachito de El Salvaje y la pobre no podía ni hablar porque se había vuelto casi muda y se la llevaron para la casa de sus padres y el hijo, que era similar a un salvaje pequeño se le murió y la gente tuvo que matar a El Salvaje porque la proseguía a la muchacha por todas partes.
La señora Martina Moreno de Ramírez, narra que una noche como a las doce de un Miércoles Santo, para amanecer un Jueves Santo,  estando ella pasando la Semana Mayor en la Granja Villa Ilusión, ubicada en la vía de Los Tanques, Araure, su esposo Rafael Ramírez la invitó para ir hacia la montañita que está detrás de la granja, a menos de un kilómetro de la casa, con la intención de cazar algún animal silvestre. Cuando habían recorrido como cincuenta metros y estando frente al camino por donde debían entrar por la quebrada, oyeron un estruendoso ruido como si un animal muy grande y corpulento hubiera saltado de un árbol a otro, golpeando con su cuerpo las ramas de los árboles. Se oyó claramente el rasgar de las ramas al abrir para dar paso al cuerpo y el ruido al caer. Después el silencio reino en la oscuridad. Martina que ella le dijo a Rafael que fueran a ver qué había pasado y éste le argumentó: No ve que esa es cosa mala… usted no  ve  que se sintió caer, pero si fuera animal de verdad se la hubiese sentido la pisada… como cree usted que va a caer y no se va a mover. Ese o es un espanto o es El Salvaje.


Otro enlace relacionado: Leyendas del Llano http://letrasllaneras.blogspot.com/p/leyendas-del-llano.html

** Otro enlace de esta autora: CARMEN PÉREZ MONTERO (poemas) http://letrasllaneras.blogspot.com/2011/04/mujeres-todas-mujeres-y-otros-poemas-de.html

miércoles, 23 de enero de 2013

El Espíritu de Eugenio Báez y El Ánima de Ño Silvestre (Tomado de "Mitos y Leyendas predominates en el Estado Portuguesa" de Carmen Pérez Montero)


EL ESPÍRITU DE JOSÉ EUGENIO BÁEZ:
            En 1724, el capuchino fray Francisco de Campanillas, en el sitio primitivo que hoy se conoce como Pueblo Viejo, al Este de Villa Bruzual, con indios guamos y atatures fundó la población de Yajure. En 1754 se unieron a estos indígenas un nutrido grupo de yaruros. Yajure es conocida después con el nombre de Turén, cuya capital era Sabaneta. En 1864 le dieron a este pueblo el nombre de Villa Bruzual, para honrar al valiente caudillo Manuel Ezequiel Bruzual, apodado “el soldado sin miedo”,  quien había hecho de Sabaneta, antigua Capital del Distrito Turen, su lugar de recreo y descanso durante la Guerra de la Federación o Guerra de los Cinco Años.
            En este lugar, en 1808, según cuenta los creyentes bajó un espíritu especial, ungido de un gran poder y encarnó en Eugenio Báez, quien se convirtió en unos de los agricultores más destacados del caserío  y de sus alrededores, no sólo por su dedicación al trabajo de campo sino por sus conocimientos naturales sobre magias, curaciones, tratos con naturaleza para llamar la lluvia y la protección de los animales del monte. Además, este hombre que vivió 102 años sobre esta tierra de gracia, tenía un alto sentido de solidaridad para con los vecinos y admiración y amor por todos los recursos naturales renovables. Eugenio Báez, aún en este tiempo de luces cibernéticas sigue trotando con su caballo zaino por las tierras turenenses y muchos le conocen como el Duende de la Carama por sus continuas apariciones todavía por esa zona montañosa. El señor Juan de los Santos Rodríguez, conocido guitarrista y cantautor portugueseño, con mucha seguridad de los hechos narró lo siguiente: En el año 1970, cuando yo trabajaba como alfarero haciendo materos y bateas en El Samán de Turén, mucha la gente hablaba de que habían visto a Eugenio Báez. Ellos decían que era un jinete que se atravesaba en la carretera y a veces los perseguía. Más o menos en 1975, una noche como a las ocho, se le apareció a un señor llamado Lorenzo Pineda (q.e.p.d.), conductor de la línea cooperativa de Transporte de Pasajeros Portuguesa, se le atravesó inesperadamente delante del carro y tuvo que salirse de la carretera para no atropellarlo. Casi se mata ese hombre.
         Entre los trabajadores del volante adscritos a esta línea era común oír narraciones diferentes relacionadas con Don Eugenio Báez. Yo simplemente la oía, pero nunca las creí hasta que una noche se me hizo tarde en Piritu y me fui para Turén como a las once, cuando llegue a Las Vegas, es decir, a la entrada de Turén, de repente se me atravesó un jinete.
            Al hombre lo vi bien, era blanco, alto, delgado y vestía de blanco. Se me puso frente al carro y yo lo trate de frenar, recorte, pero no pude parar y sin poderlo evitar me llevé por delante el caballo con todo y hombre, pero el carro no se detuvo y seguí. Mire… eso fue horroroso, a mí se me aflojaron las piernas que casi no podía acelerar, el estómago se me revolvió y me dieron ganas de vomitar. En El Samán me paré a respirar y a pasar el susto. Ese otro día a las seis de la mañana salí para Acarigua y pase por el sitio no había nada, ningún muerto ni rastro de accidente. Además, nadie comentó absolutamente nada del asunto. Desde ese momento yo comencé a creer, a pedirle al Ánima de Eugenio Báez y a llevarle velones a su tumba.

EL ÁNIMA DE ÑO SILVESTRE:
            En mis andanzas por Guanarito, tras la huella del El Silbón, el poeta Wilmer Vizcaya me narró una historia que incluyo en este trabajo por consideraría bastante interesante para ilustrar la disponibilidad de la gente que habita nuestros llanos para crear y creer en aquellos casos que aun ignoramos si non producto de la imaginación o del mágico pincel de la llanura.
            Wilmer aportó lo siguiente: El caserío Los Botalones, cerca de Sabana Seca, aquí mismo en Guanarito, dicen que vivió un señor llamado Silvestre, que tenía un rancho en mitad de la sabana. Este señor era tullido, es decir no podía caminar y una vez, manos criminales, prendieron fuego a la sabana y el rancho de Ño Silvestre, como todos vecinos le decían cariñosamente, se quemó con él adentro.
            Este acontecimiento, como decía la gente de antes, causó mucha tristeza, pues toda la comunidad quería mucho a Ño Silvestre. Como ese señor fue un mártir y por la forma tan horrible como fue sacrificado, el comenzó a hacer milagros, pero la gente no le ofrecía velas, sino viajes de agua para regarle su sepultura y dicen que muchas personas iban con taparas, ollas, chirguas, totumas, tobos y cualquier tipo de vasija llena de agua para humedecer su tumba así calmarle el dolor de su quemada. Dicen que la gente optó por llevarle agua a la tumba debido a que una vez un devoto le estaba ofreciendo velas a cambio de un favor que le pedía y Ño Silvestre se le apareció y le dijo: No me traigas velas, hijo, que yo estoy quemao, écheme agua por encima allá en el cementerio pa’ que me calme esta calentura. De allí surgió ese acto inexplicable de no prenderle velas en su tumba, sino regarla con agua fresca.


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