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jueves, 19 de noviembre de 2020

Cultura Unellez VIPI 45. Literatura y Covid-19 en Venezuela: "Presencia" cuento premiado de José Luis Palacios Leza


Literatura y Covid-19 en Venezuela. Imagen llanera en el archivo de Cultura Unellez VIPI



Primer lugar como finalista en el certamen narrativo “Viaje alrededor de la casa”, organizado por El Diario (Caracas, 2020)

Primero botamos los cambures, porque más nadie en la casa los come.  Después siguió el ramo de claveles en la cocina que ella nos había traído en uno de sus actos domésticos impulsivos.  Continuamos añadiéndole agua al florero cada tanto, pero al cabo de tres semanas se habían convertido en un mustio aquelarre de bailaoras de flamenco patas arriba. Luego vaciamos la nevera de sus rastros: la bolsa de arrúgula amarga, los arándanos fruncidos, la leche de almendras, el queso noventa y nueve por ciento libre de lactosa y la mantequilla vegetal orgánica.  De la despensa fuimos consumiendo sus chocolates favoritos: el oscuro en discos y las tabletas con sal marina y toffee.  Poco a poco nos comimos también los pistachos, las almendras fileteadas y las nueces,  hasta que todo se empezó a poner rancio.  Nos deshicimos de la quinoa blanca, del couscous de semolina orgánica, de su cereal en hojuelas favorito, flatulento y sin gluten, de los penne rigate hechos con arroz integral y de los macarrones a base de lentejas verdes.   Sus ingredientes para hacer galletas y tortas duraron un poco más, pero igual terminaron en la basura: las chispas de chocolate, el azúcar orgánico de palma de coco, las semillas de ajonjolí, la vainilla natural de Madagascar, algunos restos de canela en rama, un fondo de miel con lavanda y lo que quedaba de un paquete de polvos para hornear.

En el garage encontramos algunos recuerdos polvorientos: una bolsa de sus suéteres usados que nunca terminamos de llevar al Salvation Army;  la maletica con la  que se vino de Caracas, en nuestro viaje final de allá para acá; las botas de hacer montañismo, deporte en el cual no invirtió mucho tiempo; la casita para pájaros, la estantería con corazones escopleados y otras piezas  de madera salidas del taller de ebanistería, una de las materias que más rechazó durante la secundaria, a pesar de nuestras palabras de aliento.

A cada rato entramos en su cuarto para revivir su presencia por los rincones,  en el pequeño sendero de alfombra desgastada más allá del umbral, en el espejo guindado en la puerta donde creemos intuir su imagen de frente y de perfil mientras se prueba una ropa, en la guitarra muda, arrumada contra la pared dentro de su estuche,  en el rollo escueto de la alfombra para el yoga.

Las paredes exhiben sus ídolos y preferencias.  Un calendario de Misty Copland, atrapada en la mitad de una pirueta  musculosa, que ya no anunciará futuros sino recordará pasados.  Un afiche conmemorativo de la exposición de fotos de Irving Penn que fuimos a ver juntos.  (A veces no estábamos seguros de su reacción ante un hecho artístico. En esa ocasión acertamos. Se deleitó con los claroscuros retratos de famosos en poses similares, acuñados en un ángulo entre dos paredes, y con las imágenes glamorosas para revistas de moda.  A la salida nos pidió que le compráramos el afiche, una reproducción del anuncio comercial para l’Oreal,  un rostro maquillado de blanco del que escasamente se atisban las fosas nasales, medio mentón y los labios,  cruzados con varias rayas de lápices labiales multicolores). La foto en blanco y negro de su hermana, de espaldas y a contraluz,  con unos zapatos de tacón en la mano izquierda. El autorretrato desgarrador, intervenido con una página de un libro que se funde con su perfil y un texto autobiográfico escrito a mano. El grandísimo primer plano, gracias a un lente macro,  de un salero derramado sobre el piso.  El caleidoscopio hexagonal conformado por brazos y piernas de sus compañeros de baile.  Las instantáneas irreales de arquitectura española e italiana, con modificaciones audaces de color y de múltiples perspectivas.

Sobre la peinadora, la cámara con la que tomó esas y muchas otras fotos, algunas premiadas en concursos locales, instaladas después por la casa y en nuestras oficinas. Los cosméticos, las brochas, los cepillos.

En el closet un surtido de sandalias, shorts y camisas sin manga, ropas totalmente inadecuadas para trasplantar a la nueva universitaria, del cálido suroeste que la favorecía como a un cactus, al clima atroz de Quebec.

En el estante una profusión de velas aromáticas, algún libro, una regadera para las matas que nunca prosperaron en la sequedad del cuarto, una cesta con peluches sobrevivientes de la infancia, los cordones al mérito de las materias de secundaria pasadas con honores.

Arriba del escritorio el regalo de su mejor amiga en el cumpleaños dieciséis, un collage enmarcado donde ambas posan en sus mejores galas para la fiesta de graduación de los senior, manejan un carro por primera vez, gritan en algún juego de fútbol con las caras pintarrajeadas con los colores de su institución, posan con otras amigas, y donde todas estas viñetas son explicadas con las dieciséis garrapateadas razones por las cuales la cumpleañera es querida. En el escritorio,  una multitud de bolígrafos, notas autoadhesivas, el portarretratos de la primera comunión con trinitarias y uñas de danta en el trasfondo.  El tablero de corcho para ensartar, como mariposas de colección, decenas de momentos memorables:  la carta de aceptación de McGill;  la tarjeta con la vista del puente Samuel de Champlain; un par de tickets para el ballet del Cascanueces; las fotos con sus compañeras en el avión de regreso a casa durante el asueto de primavera, asueto que se prolongaría indefinidamente.

Sobre la mesita de noche las máscaras, mínimos abanicos azules con pespuntes blancos y dos liguitas para las orejas,  cuidadosamente envueltas en plástico. El frasco de desinfectante de manos.  El termómetro. Los antipiréticos, analgésicos, ansiolíticos y antidiarreicos.  El termo rosado para el agua fría con la base aporreada.   La cama tendida, con las almohadas, los cojines y el cobertor arreglados armoniosamente. Al pie de la cama, el nebulizador, las cajas de Kleenex, la ponchera para los espumarajos y los vómitos. Unas cholas de tela estampada con pequeñas llamas de coloridos jaeces.

Y en nuestras mentes, el implacable cuestionario sin respuestas razonables, la búsqueda de fuerzas para seguir viviendo otro día en el maelstrom de una realidad irreversible, la certidumbre de que nada llenará el vacío abominable de su partida, de que el dolor nos acechará con cada inventario de sus posesiones, de que alimentar ese dolor será la única manera de alargar su existencia y conservar su memoria. 

Cultura Unellez VIPI 43. Literatura y Covid-19 en Venezuela: "Testigo familiar" cuento premiado de Keyla Brando

 

Literatura y Covid-19 en Venezuela. Imagen de Barbuquejo en el archivo de Cultura Unellez VIPI






Tercer cuento finalista del certamen “Viaje alrededor de la casa”, organizado por El Diario (Caracas, 2020)



Cinco años sin salir de Venezuela. La última vez fue precisamente por los mismos motivos de este viaje: conocer a mis sobrinos. El primero fue en el 2015 cuando nació Samuel, el primogénito. Solo pasé un par de días en Miami cuando él estaba recién nacido. Para siquiera acercarse había que tomar un número y esperar que te dieran esos minutos preciados, llenos de “cuidado con la cabecita, no lo agarres por allí, está llorando, quiere a su mamá”.

Para el 2018, llega André, de este me eligieron madrina. No cabía en mi mente este honor, sobre todo porque vivo lejos y las probabilidades de ir a Estados Unidos son casi nulas con un salario de 40 dólares mensuales. En el 2019, Alessandro. En este punto no entendía qué pasaba por la mente de mi hermano y mi cuñada. ¡Tres muchachos! Hay que verle la cara. Yo lo único que cuido es una matica que me compré en La Candelaria, y a veces incluso se me olvida regarla. En septiembre llega un mensaje de mi cuñada: “¿Puedes venir en diciembre para el bautizo? Avísame para comprarte el pasaje”. 

A mi hermano lo he visto menos de diez veces en toda mi vida. Se fue a Estados Unidos cuando yo tenía apenas 5 años y desde allí los encuentros han sido puntuales. No sé si es alérgico a algo, cómo era su primera novia, qué talla de zapato calza… Hay un nexo, pero más de consanguineidad que de trato. Heme aquí, en su casa, seis meses después de mi llegada, con una olla montada con el arroz para el almuerzo de mañana.

Me agarró la cuarentena en Venezuela, perdón, quise decir en Doral, que es casi lo mismo. Solo basta con ir a cualquier centro comercial para ver un local de comida criolla con el tricolor inmenso guindado en la entrada.

Estamos encerrados más por decisión propia que por medidas gubernamentales. Velamos por que los niños no se infecten y salir significaría entrar en contacto con personas que no usan ni tapabocas ni guantes, estornudan sin cubrirse la cara en la cola del supermercado, te tropiezan en la gasolinera y solo dicen “sorry”. Mientras modulan, lo único que veo son sus bocas, sus dientes y su saliva. Nunca antes había logrado captar tan bien los detalles de una boca ajena, de esas que no quieres besar ni mucho menos que se te acerquen. Empiezas a ver cómo algunos dientes se montan sobre otros, las calcificaciones, las encías rojas, la lengua manchada… Esa imagen se imprime en mi mente en cuestión de segundos. Me pregunto si después de esos encuentros saldré infectada. “Son gringos. Seguro creen que con una pistola pueden matar el virus”, me digo precisamente porque hace unos días leí una nota sobre el incremento en las ventas de armas y municiones. Lo más asombroso es que gran parte de esos compradores nerviosos son asiáticos. Temen por su integridad física en caso de que haya alguna retaliación por el “virus chino”. Imagínense ahora que el virus se hubiera desatado en el mercado de Ciudad Bolívar por una lapa infectada. El mundo odiaría a los venezolanos y habría que guardar esas banderas de la entrada de los negocios de comida criolla.

En la casa no hay televisión satelital, solo un dispositivo que convierte un televisor plasma en inteligente. Te permite ver varias plataformas, pero la más sintonizada es YouTube Kids. Samuel puede pasar horas frente a la pantalla. Consume decenas de videos. Obviamente sus padres tratan de distraerlo con algo más. Pero cuando tienes tres niños encerrados en una casa todo el día… El uno llora, el otro tiene hambre y el de más allá se cayó. La atención debe concentrarse en los casos de mayor urgencia y dejar que los otros se mantengan distraídos.

Gracias a la globalización puedes ver videos de todo el mundo, y por supuesto chinos. Cada vez que los algoritmos arrojan un material asiático, la casa se enfurece. “Cambia eso. Suficiente tenemos ya de los chinos”. Mi sobrino busca otro video. No ha pasado nada. Si fuera por la lapa, los chinos dirían que ya tienen suficiente de los venezolanos.

*

Tomo una foto al cartel de la venta regulada de papel toalé para mandársela a mis contactos en Venezuela con el pie: “Vieron, el coronavirus es comunista jejeje”. El “gran Estados Unidos” está viviendo una situación similar a la que pasé en mi país cuando explotó la crisis en el 2017. En ese pedazo de tierra que se ha quedado acéfalo institucionalmente, al que nadie se explica por qué quiero volver, por qué no pido asilo y me quedo aquí. “América está llena de oportunidades, niña. Salí de Cali huyendo de los paracos. Aquí trabajo limpiando casas y me va bien. Estoy tan agradecida”, me comenta la señora Caro. Ella viene cada 15 días para limpiar la casa. Cuando tuvimos esa conversación acababa de llegar de un crucero a Las Bahamas. “No te puedes ir de Miami sin montarte en un crucero”. ¡Qué risa! Ahora ni siquiera sé si me pueda ir de Miami y creo que lo del crucero está descartado por completo.

Ese “lujo obsceno” no es viable. Antes del lockdown pasé por el puerto de Miami y por primera vez vi una larga fila de cruceros anclados. Siempre hay uno o dos, pero no siete u ocho. Parecía más un museo, el Museo AC lo llamo, que un muelle destinado al entretenimiento puro.

La señora Caro no ha vuelto. Ni mi hermano la llamó ni ella se reportó. Ambas partes dieron por sentado que deben prescindir de sus servicios.

**

Mi lugar es un puesto del comedor, que lo he acomodado como mi despacho desmontable. Desde allí soy testigo de una vida que no es mía. Veo a los niños correr de un punto a otro, a mi hermano subiendo y bajando las escaleras, a mi cuñada ir al garaje para buscar más comida. He escuchado sus peleas y he querido agarrar un vuelo y devolverme cuanto antes. No puedo, las fronteras están cerradas hasta nuevo aviso.

El coronavirus me dejó como una migrante por accidente en un país ajeno con una familia que estoy apenas conociendo, con tres sobrinos que no se sabían ni mi nombre, con obligaciones hogareñas que eludía y reflexiones constantes sobre la naturaleza de este sistema.

Faltan cinco minutos para que esté el arroz. Son cerca de las ocho de la noche. Le toca el tetero a Alessandro. Tetina número 1 para él y la número 2 para André. Una es más grande que otra, explicación bastante obvia, ¿no? Pero saberlo me costó varias búsquedas en Google y el llamado de atención de mi cuñada porque en una de esas el bebé casi se ahoga por tomar de la tetina equivocada. Ya no me pasa. He aprendido a diferenciar entre el llanto por hambre, sueño, enfermedad o aburrimiento. Para mí esos conocimientos eran tan lejanos como la física cuántica, pero ahora son tan cercanos como este papel.

Ya me cayó buche, ya me vomitaron encima, ya me hicieron pipí en la mano, ya me pegaron los mocos, ya me tiraron el plato de comida, ya me han tumbado los lentes de la cara miles de veces, ya me han pegado, ya me han mordido. Pero, pero, pero, me han dado una experiencia de vida que nunca había tenido: la maternidad. Esta no es una idea que ronde por mi cabeza. Me criaron como una mujer profesional. Lo que importa son los estudios y los logros laborales. Cuando tenía 10 años, una tía política me dijo antes de bajarme de su carro: “Tu mamá era una mujer exitosa. Hasta que te tuvo a ti y se jodió”. Por supuesto, mi mamá se ofendió y le quería formar un peo por haber dicho “semejante barbaridad”. Es una frase que no olvido y que pongo en práctica cada vez que veo a una madre: empiezo a observar detenidamente para ver si hay alguna pista de que se le haya jodido la vida. Las hay, y muchas. Lo que me sorprende es cómo miran a sus hijos. Los ojos fijamente en ellos, la pupila se agranda, y se ponen brillosos. Sé que por segundos no importa nada más en el mundo que sus hijos. Y esa expresión no la he encontrado en otro tipo de relaciones. Solo en esa: madres e hijos. Son imágenes opuestas a las bocas desnudas en el supermercado, pero con el mismo potencial de anclarse en mi mente.

Voy al cuarto de Samuel, donde duermo, en una cama en forma de carro bastante curiosa. Las patas son unas ruedas. No hay mañana que me levante y no me tropiece con los fulanos rines. Esta noche fue diferente. Antes de entrar veo que las luces están prendidas, algo que nunca pasa. Me acerco. La alfombra está llena de hileras con todos sus juguetes. No hay manera de que llegue a la cama sin tropezarlos. Busco a Samuel en el cuarto de sus padres y veo que no está dormido. Había esperado todo este tiempo para ver mi reacción. Nuestra relación no es la más cariñosa. Es un niño grande que no me conocía sino hasta hace unos meses. Le quité su cuarto, le digo qué debe comer y le cambio los videos cuando no son apropiados para su edad. Tenía una guitarra y por querer afinarla lo que hice fue dañarla. Sin hablar de la vez que trajo pasta casera que hizo en el colegio. Yo pensaba que era plastilina y la uní toda en una bola. Podrán imaginar la cara de decepción del niño. Me ve como un fastidio enorme. Yo también hubiese pensado eso de mí a esa edad. Sin embargo, esta sorpresa me descolocó. “Oye, sí me quiere. Quizás este preparativo es una muestra de amor, o quizás no”.

***

Cada día empieza sin memoria para los pequeños: se despiertan sin pista alguna de lo que pasó el día anterior. De ellos he aprendido tanto y conocido tanto de mí que solo me queda estar agradecida por la pandemia. Si no hubiese sido por ella, la cocina aún sería un territorio desconocido, mi lado maternal seguiría oculto (eclipsado por el lado profesional), no conocería en carne propia la responsabilidad de traer un hijo al mundo (más allá de lo que me dijo mi mamá para evitar a toda costa quedara embarazada sin planificación) y el extrañamiento hacia mis sobrinos y mi hermano seguiría intacto.

Perdón, lector, si llegaste al final esperando el punch final del cuento y te das cuenta de que no pasa nada. Mañana me levanto con el llanto de Alessandro pidiendo el primer tetero del día, luego sale André y grita “mamáááááááá, papáááááááá”. Vamos corriendo para calmarlo y evitar que despierte a Samuel. Para el desayuno preparo tostadas francesas y corto el pan en cuadritos. Mi hermano sale a trabajar y yo me quedo con mi cuñada para cuidar a los niños. Ella enciende su computadora y se sienta a responder los correos. Yo subo con los dos más pequeños hasta el mediodía. A continuación el almuerzo y las respectivas siestas. No logro sincronizarlos, cada uno se duerme a su hora. Cuando el bebé se despierta, mi ahijado quiere dormir y Samuel pelea para que le ponga los videos chinos. Llega mi hermano, sigue la cena. Monto el arroz. Subimos a bañar a los pequeños. Llevo la tetina número uno. Listo, son las ocho de la noche. Aprecio el silencio. Me despido y entro al cuarto. Hoy no hay juguetes en la alfombra.


Cultura Unellez VIPI 44. Literatura y Covid-19 en Venezuela: "Viaje a Lescaies" cuento premiado de José Javier Malaguera

 

Literatura y Covid-19 en Venezuela: Mujer llanera en el archivo de Cultura Unellez VIPI. 



Segundo cuento finalista del certamen “Viaje alrededor de la casa”, organizado por El Diario (Caracas, 2020).



8 de Marzo.

Hoy sale nuestro vuelo a Lescaies. Robinsón cuidará a los perros. Todo pasó muy rápido. Cuando me ascendieron en el banco y finalmente me hice accionista, Mayra y yo decidimos tomar unas vacaciones. Pensamos en una fecha para sacudirnos el invierno del cuerpo, pero faltaba el país. Preferiblemente con playas paradisíacas y tranquilas, sin el bullicio de las de este lado del Mediterráneo. Pensamos destinos: Polinesia, Mauricio, Bali, Seychelles, Maldivas… Finalmente Mayra propuso:

—¿Por qué no vamos a Lescaies?

—¿Lescaies? ¿Dónde queda?

—En el Caribe, gordo. Cerca de mi país.

He decidido complacerla: antes de mi ascenso, ella tuvo una crisis nerviosa. Yo me consideraba un experto en geografía, pero estaba indeciso y revisé la vieja enciclopedia que durante la infancia me enamoró de los países:

Lescaies., estado insular del Mar Caribe, constituido por el atolón del mismo nombre. Está ubicado a una distancia equidistante de Puerto Rico y Venezuela. 48km2; 65.000 habitantes. Cap. Northkey. El archipiélago está compuesto por un total de 60 islas que dan forma a la laguna interior del atolón. ECONOMÍA: famoso por sus playas cristalinas, atraen principalmente a turistas de altos ingresos. En el sur se puede bucear y surfear. Industria pesquera incipiente. Molinos eólicos en altamar proveen de electricidad al país. HISTORIA: cambió de manos constantemente; españoles, franceses, holandeses y piratas ingleses pelearon por sus tierras, hasta que el auge del imperio británico la convirtió en un nodo marítimo. Se independiza en 1960, convirtiéndose en la república más pequeña del continente americano.

El costo de un viajecito de dos semanas en temporada baja: quince mil euros. Lo que llaman turismo de lujo. Pienso en los días que vendrán: buceo submarino, bronceado tropical y daiquirís. Si somos valientes, algo de surf.

 

9 de Marzo.

La estadía en la cabaña comienza el jueves, pero decidimos tomarnos dos días para conocer Northkey, la capital. El taxi ha recorrido la única carretera que conecta las cinco islas permanentemente habitadas: divertido pensar que exista un país con apenas una carretera. Antes de llegar a la capital el taxi bordea Newkey: la isla artificial está saturada de edificios residenciales y hoteles de diez y quince plantas. Como me senté del lado derecho del auto, he tenido que alzar la vista y moverme constantemente para ver la laguna interior del atolón: su tono azul claro, más pacífico que caribe, es lo que necesitábamos.

Más allá de la arquitectura del Historic Town, casi holandesa, con extrañas casas de cinco plantas y techos a dos aguas, no he encontrado emocionante el resto de la ciudad. Es un pueblo pequeño y superpoblado: los edificios son pequeños y de varias plantas. En las afueras se forman barrios de callejones oscuros en los cuales nunca entra el sol; sus habitantes buscan ganar unos cuantos centímetros cuadrados y de alguna forma construyen casas de plantas superiores más grandes que la planta baja.

 

10 de marzo

Hemos ido a otro arrabal para desayunar pastelitos en Gallegos Alley, apodada Little Venezuela, por todos los restaurantes y negocios de la comunidad venezolana en el país. Los pastelitos, acompañados de salsas con base de mayonesa eran grasosos pero nos encantaron. Hala, que me ha alegrado verla tan feliz y recordando su país. La Sra. Tania, dueña del local, estaba contenta de ver a una venezolana como turista, algo poco frecuente en esta minúscula república. Hablaron durante media hora hasta que Mayra notó mi desasosiego y nos fuimos.

 

15 de Marzo.

Cuarto día en la cabaña. El viernes hemos buceado por los arrecifes de coral y vimos peces payaso, pulpos, e incluso tiburones. Bueno, fue Mayra quien lo vio, y de lejos. Como es temporada baja nuestra cabaña es la única ocupada en el resort. Hoy Anwar, el encargado, nos ha tratado con recelo y condescendencia. Cuando salí al vestíbulo a por agua mineral, hablaba por teléfono. Ha colgado al instante, para verme con los ojos bien abiertos. Sabe que España tiene problemas con el coronavirus, pero a mí qué me cuentas, fantasma. Corre una brisa desde la laguna interior y refresca la hamaca. Esto es un paraíso. Hemos encargado las medicinas de Mayra porque se han quedado en España y en Newkey no se encuentran.

 

16 de Marzo.

No nos han dejado salir a bucear. Hoy en la mañana, mientras Anwar rezaba, ha venido la policía con personal médico. Nos hicieron la prueba. No sabía que era tan incómoda y dolorosa. Por un momento pensé que el bastoncillo me rascaba el cerebro.

    —You’re in quarantine now—dijo Dawud, jefe de la policía. Mayra encontró un trozo de madera y le hace muescas con un cuchillo.

 

17 de Marzo.

Lescaies ha cancelado todos los vuelos con España. Tenemos billetes de regreso para dentro de cinco días. Todo el día he dado vueltas por la cabaña sin encontrar la señal suficiente para comunicarme con la aerolínea. El roaming no sirve. Gritaré a la laguna vacía.

 

19 de Marzo.

—I have good and bad news for you —dijo Dawud ayer. Mayra y yo tenemos coronavirus. La buena noticia, al menos, es que somos asintomáticos. A continuación, un interrogatorio de dos horas sobre los sitios a los que fuimos. Cuando mencionamos Gallegos Alley, los policías se asustaron. Uno se apartó y llamó por teléfono. Estaremos atrapados en la isla, pero no pagaremos alquiler después de los días que reservamos. Mayra no ha podido dormir; ya casi es medianoche y no ha corrido la brisa en todo el día.

 

20 de Marzo.

Hoy han relevado a Anwar. Está infectado y algo grave, en el hospital de South West Key. Nos han impuesto un aislamiento draconiano. No podemos comer en el comedor del pequeño resort. Nos dejan los platos en la puerta, como reclusos. Entre comidas llega alguien con mascarilla y guantes a llevarse la vajilla. Sólo podemos permanecer en la cabaña y en el pedazo de playa inmediatamente cercano a ella. Le pregunté a Mayra por las muescas profundas que hace en el leño y me dijo que es su forma de contar los días. Ayer han cremado quinientos muertos en Italia, dice el diario local que nos dejaron con el desayuno.

 

23 de Marzo.

Al fin he podido comunicarme con la aerolínea. Me conecté a internet y he enviado correos durante toda la tarde. Luego, leí las noticias locales y me enteré de muchas cosas. No fuimos los primeros casos: al menos diez turistas llegaron infectados antes que nosotros. Northkey está en cuarentena total. Hay 300 infectados en el país. En Nostromo, el distrito donde se encuentra Little Venezuela, hay un tercio de los casos.  No sé cómo ocultarle esto a Mayra. En España los muertos se acumulan. Nunca pensamos que esto saliera tan rápido de China. Tratamos de recordar dónde cogimos el virus, pero solo nos torturamos con hipótesis sin sentido. Después de pensarlo mucho, todas suenan reales y eso nos tortura más. Mayra canta alguna canción feliz de su país. Pastelero pasame un pastelito/pastelero pero bien calentico.

 

26 de Marzo.

Pasamos los días en un tedio culposo. Finalmente Mayra se ha enterado de los casos de COVID en Nostromo. Sus ojeras purpúreas me recuerdan ese experimento de secundaria en que se tintaban rosas blancas con agua, azúcar y colorante azul. Hoy no ha querido dirigirme la palabra. Mi cuarentena ha consistido en mirar, desde la hamaca, un punto en el horizonte durante el mayor tiempo posible.

 

29 de Marzo.

Nos han hecho la prueba de nuevo. No sólo ha llegado el equipo médico. También hay una plaga de mosquitos que quien sabe de dónde vendrán. He comprado tres ebooks en el reader: Doña Bárbara de Rómulo Gallegos (para tratar de sacarle de algún modo conversación a Mayra), Diario del año de la peste de Daniel Defoe y Tiempos recios de Vargas Llosa. Van catorce muescas en el leño.

 

2 de Abril.

El mundo está paralizado. Macron le entrega a los franceses una metáfora de guerra. Las pruebas han dado negativo, nos curamos. Estamos ahora en un albergue temporal, cerrado a cal y canto: un edificio sin terminar en Newkey. Todos en nuestra planta son españoles: distingo el acento en el silencio que pactamos tácitamente Mayra y yo. No podemos salir. Ha encontrado sus medicinas en una maleta.

 

6 de Abril

Hemos peleado. Llevaba una hora llorando cuando pasó. Leyó un artículo en algún medio digital venezolano que acá sus paisanos mueren como si de la peste negra se tratase. El artículo hablaba del hacinamiento, que si es frecuente para los habitantes de Lescaies, para los venezolanos es peor. En un cuarto del callejón todos resultaron infectados y murieron tres adultos. En esa buhardilla de 16 metros cuadrados vivían seis personas. He tirado su móvil. Desde la cuarta planta debe ser una caída monumental. Hemos peleado. Ha vuelto a cantar la canción del pastelito, pero con una tristeza profunda y voz ronca. A mi me han dado ganas de llorar.

 

7 de Abril

Nada de lo que yo diga la consuela. Que tal vez no ha sido su culpa, que otros extranjeros pudieron frecuentar el callejón. Sus excusas: ese barrio está apartado, el callejón no es tan popular entre turistas, ningún europeo va de turista a la más paradisíaca república del Caribe a probar comida venezolana. He visto casi toda la filmografía de Buñuel, me faltan El ángel exterminador y Robinson Crusoe. No creo que este sea el mejor momento para historias de naufragios.

 

8 de Abril

Han traído el móvil. La pantalla tiene un arañazo pero funciona. La última vez que se me cayó un Smartphone, del bolsillo al suelo, quedó inutilizable. No sé si Mayra tiene suerte o no. De todos modos, hemos acordado que no lo use. Cualquier cosa va a hacer que vea las noticias. Lescaies tiene mil casos y la tasa más alta de contagio y muertes está en la comunidad venezolana. Mayra no lo sabe de momento. Tal vez lo intuya. Apenas hablamos.

 

10 de Abril

Hemos hecho las paces. No tenemos agua desde ayer y eso la animó a decirme: me siento como en Venezuela, a partir de ahí empezamos a conversar. Me dice que en Nostromo viven unos vecinos de Porlamar. Cree que están enfermos y que es culpable de su muerte. Las ojeras de Mayra son rosas negras.

 

12 de Abril

Al fin nos hemos podido bañar y hacer la colada. Los contras: tenemos que compartir con los demás vecinos del albergue los baños de unas piscinas cercanas. El agua no llega a este lado de la isla artificial y me pregunto cómo podemos estar rodeados de agua y a la vez sentirnos en el desierto del Sahara. Los turnos de los baños son separados: en la mañana las mujeres, en la tarde los hombres. Es raro, pero todos parecen alegres: cuando se quitan la mascarilla antes de entrar en la ducha, suspiran y mientras exhalan, dejan escapar una sonrisa.

 

17 de Abril

Estoy en el Hospital: espero que escribir las notas de hoy me calme un poco. Es lo que necesito. Cuando subí del baño diario, Mayra había ingerido toda la risperidona que quedaba. Estaba desmayada, en el suelo. En el móvil estaba cargada la noticia. Quince venezolanos han muerto por coronavirus en Lescaies La ambulancia tardó en llegar. Le hacen un lavado gástrico y me dicen que pronto estará bien. Estoy pensando en qué decirle cuando despierte, me vea y me diga con los ojos lo que ya sé: huí para no morir y ahora maté a quienes hicieron lo mismo que yo, pero que tuvieron menos suerte. Pienso que en España también muere mogollón de gente, pero que al menos mueren en su país. El doctor camina hacia mí: y el aire acondicionado no es suficiente para mitigar el calor. Me ha llegado una notificación: your medication has arrived in Keyport. Tal vez hoy comience a leer el libro de Defoe.


Cultura Unellez VIPI 42. Leyendas venezolanas. Mercedes Franco (entrega 3)

 

Mujer llanera. Imagen de Santos Kiroga en el archivo e Cultura Unellez Vipi



Todos los textos de esta entrega pertenecen a Mercedes Franco, escritora venezolana de prestigio internacional,  ganadora del Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura "Ramón Villegas Izquiel", organizado por la UNELLEZ-San Carlos, en 1999.

Gracias por su visita

Isaías Medina López

Coordinador.




LA MONJA DE LA BUENA SUERTE (Mercedes Franco)

Hay un fantasma que la gente en Falcón ansía ver. Se trata de Sor Lérida, la Monja de la Buena Suerte. Según la tradición, esta monjita vivió en Coro en el siglo diecinueve. Amaba a los animales y al ver a un capataz golpeando a un pobre burro con un enorme garrote, Sor Lérida intervino.

No se sabe si fue adrede o por accidente, pero la buena mujer recibió sobre su cabeza el golpe dirigido al asno y falleció en el acto. Poco tiempo después un hacendado la vio, y desde ese día, su hacienda prosperó. Contaban que todo aquel que la veía obtenía instantáneamente una increíble buena suerte. Desde entonces los coreanos anhelan poder ver algún día a Sor Lérida, la Monja de la Buena Suerte.

 

 

MAYO (Mercedes Franco)

Mes de los fantasmas en el Llano. Las lluvias comienzan, los largos chubascos sabaneros comienzan a hacerse reverdecer el paisaje. Sin embargo, en todo el llano comienzan a oírse anécdotas: “A Juan García le salió el Maute embrujado”, “Pedrito Silva vio como un celaje, cerca de la laguna”. Y es que mayo es en el llano el mes de los fantasmas y las apariciones sobrenaturales.

En el llano venezolano, mayo es el mes de los pasos invisibles. La cruz de mayo relumbra en el cielo, en las noches más claras, mientras entre las hierbas altas deambulan sombras espectrales. El Silbón deja oír en Portuguesa su llamado, confundido con el canto de la “pavita”. Y cerca del Arauca, el Fin-fin lanza en la brisa sus golpes invisibles.

En Cojedes el Jinete sin Cabeza galopa en las noches de mayo. Y también el bravo Ezequiel Zamora, que por oscura traición perdió su vida. En el Guárico un becerro espectral persigue a los trasnochadores, con un bramido demoníaco. Y ¿qué decir de nuestros Llanos Orientales, donde el oscuro caballo de Piar galopa por los caminos sabaneros?

“Las lunas llaneras perturban el juicio”. Lo decía el maestro Don Rómulo Gallegos. Quien allá contemplado la luna de Barinas lo sabe bien. Esa luna de oro, alta y agorera, parece un sol nocturno entre los chaparrales. Esa luna de mayo alborota a la gente y a los animales, que empiezan a salir de sus madrigueras. Y alborota también a los fantasmas.

 

MÉDANO BLANCO (Mercedes Franco)

En la península de Paraguanà hay un extraño lugar llamado Médano Blanco. Refiere la tradición que quien pasa la noche en ese lugar, se quita la vida. Pareciera que existen allí fuerzas malignas, que perturban a la persona y lo llevan a atentar contra sí mismo. Los numerosos casos de suicidio en ese lugar parecieran confirmar tan curiosa creencia.

 

MOMOYES (Mercedes Franco)

Son los inquietos duendes de los Andes, que habitaban nuestras montañas mucho antes de la llegada de los conquistadores. Quienes han logrado verlos los describen como pequeños hombrecitos, de no más de 40 centímetros. Visten hermosos trajes a la usanza india, hechos con hojas y flores del monte. Usan penachos de coloridas plumas y en la mano llevan una rama verde, a manera de bastón.

Los Momoyes pueblan las lagunas y ríos de Mérida y Trujillo. Se les ha visto en la Laguna Negra del Páramo de Niquitao y en la laguna del Páramo de Guaramacal. Hacen sentir su presencia de mil maneras. Cantan bellas canciones, silban y hacen travesuras a viajeros y excursionistas: esconden los fósforos, botan los alimentos y extravían las cosas. Pero son duendes ecologistas y cuidan las lagunas andinas, así como la flora y la fauna de los páramos.

En Mérida se hablaba de un furioso Momoy que azotaba con su bastón a los que acampaban en el Páramo de La Culata, sobre todo si dejaban basura en el lugar. Incluso se cuenta que un excursionista descuidado lanzó una lata de refresco a una laguna y vio con asombro cómo aquel objeto contaminante del ambiente le fue devuelto violentamente por un Momoy.

Estos incansables duendes indios son alegres y benévolos, pero si te fastidian sus travesuras y quieres ahuyentarlos definitivamente, bastará con ignorarlos. Es algo que no pueden soportar.

 

MONO (Mercedes Franco)

Animal que puede personificar al Diablo. Generalmente se atribuye al mono facultades de imitador. Y se dice que el demonio es el gran imitador de Dios, que se presenta al hombre pretendiendo semejarse en poder y rango a su Creador. Cuentan que hubo en Valencia un hombre que se burlaba cruelmente de su madre cuando ésta le oraba al Sagrada Corazón de Jesús. Las burlas del hombre aumentaban cuando se embriagaba, lo cual era frecuente.

Un día, después de insultar a su madre y al Corazón de Jesús, se fue a dormir en su hamaca. Entonces vio frente a sí la imagen del Sagrado Corazón, en tamaño natural. El hombre enmudeció, y casi se desmaya de miedo cuando vio aquella imagen transformarse en un mono grande que le hacía horrendas muecas. Entonces corrió y se refugió en el regazo de su madre. Rezó a Dios junto a ella y se arrepintió de sus burlas.

Pero desde entonces debió dormir abrazado a un crucifijo, porque cada vez que se acostaba en la hamaca, por las cabuyeras de su hamaca comenzaba a bajar un mono pequeñito que sólo desaparecía al mostrarle la cruz.

 

 

MONSTRUO DEL ÁVILA (Mercedes Franco)

Muchos campesinos aseguran que en el Ávila existe un monstruo y que sus rugidos pueden escucharse algunas noches. La causa de esta leyenda es un misterio total. Sin embargo, los temores de los campesinos pudieran estar relacionados con un médico alemán que vivió en Galipán durante el pasado siglo y que según cuentan, conservaba momificadas a toda su familia a medida que morían, pues era un experto embalsamador. Desarrollaba experimentos que apuntaban a prolongar la vida después de la muerte.

Al morir el doctor su ayudante lo momificó y le inyectó el  suero experimental sobre el cual el alemán trabajaba. Dicen que el viejo doctor volvió a la vida en una especie de estado catatónico. No puede morir y recorre la montaña en las noches lamentando su destino.

 

MULA MANEADA (Mercedes Franco)

Esta extraña aparición data del siglo diecinueve. Es una mula espectral, con las patas amarradas. Resopla furiosa, lanzando llamaradas por el hocico. Cuenta la tradición que una mujer perversa llamada doña Ramona Esqueda, tenía una mula entrenada para dar mortales coces. La usaba para castigar a sus esclavos. La mula se fue volviendo cada vez más peligrosa. Fue preciso “manearla”, es decir amarrar sus patas para evitar las terribles patadas.

Comenzó la guerra de Independencia y la hacienda fue quemada. Los animales huyeron, menos aquella mula, que por estar maneada no pudo escapar. Concluida la guerra, comenzó a aparecer en los bloques la mula infernal, aterrorizando a los pacíficos campesinos que reiniciaban sus siembras devastadas por la larga lucha.

 

ENCANTADOS (Mercedes Franco)

Los encantados o encantadas del agua son espíritus fluviales de los ríos y pozos de montañas. Se habla de ellos en la Cordillera de la Costa, en los Andes y en todas las regiones montañosas de Venezuela. Se supone que cautiva a las jóvenes incautas y a los viajeros para llevarlos al fondo del agua, a vivir con ellos en sus palacios de cristal y espuma. Se presentan en forma de hermosas doncellas que se bañan y juegan alegremente en nuestras aguas dulces, al igual que las ninfas del agua en la mitología grecolatina. Si se les encuentra por casualidad, nunca debe dárseles algún regalo. Y si preguntan el nombre, hay que decirlo al revés, sólo así logrará escapar.

 

AVES DE MALA SUERTE (Mercedes Franco)

Hay, multitud de aves considerabas de mal agüero en Venezuela, como la Pavita, la Piscua o Pezgua, el Chaure, el Ches y el Guineo. Su canto se supone que anuncia la muerte de alguien cercano o la desgracia. Algunas personas extienden estas propiedades hasta el Cristofué.

Este tipo de pájaros son generalmente ahuyentados rápidamente cuando cantan cerca de alguna casa. Estas creencias parecieran venir directamente de la España medieval, en la cual había pájaros de canto agorero. En el Poema del Cid las huestes “oyeron la corneja siniestra”, significa que el ave cantaba a la izquierda, claro indicio de desgracia.

 

QUEBRADA DEL JASPE (Mercedes Franco)

En nuestro estado Amazonas, cerca del kilómetro 273, se revela una de las maravillas de nuestro país: La Quebrada del Jaspe, un lugar mágico donde la piedra roja, semipreciosa, colorea las aguas y las hace parecer de sangre. El sol golpea de lleno la impetuosa cascada. Un gran arcoíris se derrama sobre las rocas.

Esta quebrada tiene una rara leyenda: mucha gente en el lugar asegura que desde aquí comenzara el Apocalipsis.

 

RAPTOS MÁGICOS (Mercedes Franco)

Muchas personas aseguran haber sido raptadas por duendes y fantasmas. Una jovencita en Falcón afirmaba haber sido secuestrada por un Cereton que intentaba seducirla. Ella logro escapar y lo alejo embadurnando su cuerpo con  sangre de pescado, animal que parecen detestar los duendes. Otra muchacha de Barcelona, en el estado Anzoátegui, afirmaba haber sido sacada de su habitación durante la noche por una fuerza invisible, que la llevó a una montaña. Allí se encontró sola, en la oscuridad, pero una voz amable la tranquilizaba. Se durmió en brazos del desconocido. Al amanecer pensó que vería al fin el rostro de su gentil raptor, pero solo encontró miles de flores a su alrededor.


REBULLONES (Mercedes Franco)

En la novela Doña Bárbara, nuestro gran escritor Rómulo Gallegos habla de los Rebullones. Eran extraños pájaros portadores de la desgracia y la muerte, sedientos de sangre de vaca en el techo de la casa, para que bebieran.


lunes, 9 de noviembre de 2020

Cultura Unellez VIPI 41. Leyendas venezolanas (entrega 2). Mercedes Franco

 

Llaneras. Imagen de Monofot en el archivo de Cultura Unellez VIPI



Todos los textos de esta entrega pertenecen a Mercedes Franco, escritora venezolana de prestigio internacional,  ganadora del Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura "Ramón Villegas Izquiel", organizado por la UNELLEZ-San Carlos, en 1999.

Gracias por su visita

Isaías Medina López Coordinador.

 

MARÍA LIONZA 

Diosa de la montaña de Sorte, en Yaracuy. Es conocida también como “la Reina”, y tiene su morada en la mágica montaña de Sorte, en el estado Yaracuy. Hay muchas versiones de su origen, pero la que más nos gusta la supone caquetía, hija de un cacique. Nació con ojos claros, lo que se consideraba mal presagio, y el padre, para evitar su muerte, la escondió en una cueva de la montaña. Todos los días iba a visitarla.

Un día, vio que una hermosa danta de poco tiempo estaba junto a la niña. Parecían entenderse muy bien, jugaban y comían juntas. La danta le traía frutos silvestres y la llevaba en su lomo.

Con el correr del tiempo, la muchacha bautizada con el nombre de María, siguió viviendo en el bosque donde era visitaba por muchos, porque conocía la ciencia de curar con plantas. El nombre de María Lionza según algunos se debe a que andaba con una “onza” o puma. Según otros proviene de que María pedía como pago, por sanar a los enfermos, una onza de oro.

María curaba también a los animales con hierbas y flores del monte. La gente le atribuía extraños poderes. A su muerte, muchos creían verla por la montaña, cabalgando sobre su danta. Se convirtió por el fervor popular en una deidad protectora y su culto crece cada día más. Hoy en día tiene su reino en Sorte, una montaña de Yaracuy y junto a ese rio, cuyas aguas se consideran curativas, tiene su corte, donde figura el Negro Primero y el indio Guaicaipuro, sus espíritus acompañantes. Los tres forman lo que se conoce como “Las Tres Potencias”. Muchas personas van hasta allá para ser orientadas y sanadas por los numerosos “brujos” y curanderos del lugar devotos de María Lionza.

 

EL CAZADOR 

Fantasma muy conocido en las montañas de Lara. Se oyen sus voces de mando, azuzando a sus perros de caza y el ladrido de los animales.

Refiere la leyenda que se trata del espíritu de un hacendado de la región que se extravió en una montaña, y por no conseguir la presa que buscaba, blasfemó, maldijo a Dios y fue castigado. Dicen que murió picado por una cascabel, y que su espíritu errante sigue vagando por los montes, tratando de conseguir buena caza. En España existe una leyenda muy similar, en la cual el cazador era un sacerdote, quien al ver pasar una liebre, interrumpió la misa que oficiaba y salió tras ella, con sus perros. Por esto fue castigado y vaga eternamente tras aquella liebre misteriosa, que se supone demoníaca.

 

LA SAYONA 

Es una mujer hermosa, de cuerpo escultural y larga cabellera. Le dicen la Sayona por su túnica o saya larga. Esta mujer viene asustando a los trasnochadores desde el siglo diecinueve. Se acercaba a los borrachitos y serenateros, si se encontraban solos. Cuando miraban su hermoso cuerpo comenzaban a cortejarla. Ella entonces sonreía, mostrando unos colmillos largos y puntiagudos. Dicen que durante la Colonia, algunas mujeres se "disfrazaban" de La Sayona, para poder encontrarse a escondidas con sus enamorados, sin despertar comentarios y chismes.

 

SIETE PIEDRAS 

En el estado Monagas las muchachas recogen siete piedras pequeñas la noche del sábado, antes del Domingo de Ramos. Las pasan por su rostro, pidiendo ayuda y protección a Dios para alejar el mal. Luego las colocan bajo su almohada y deben dormir con ellas allí. Al amanecer se tiran lejos. Con ellas se irá la mala suerte y todas las malas influencias.

 

EL SILBÓN 

El Silbón es un personaje muy popular en los Llanos de Portuguesa. Se dice que era un muchacho indómito, hostil y de mal proceder, que en arrebato de ira se enfrentó a su padre y lo mató. Por eso fue condenado a vagar por siempre, con los huesos de su padre en un saco. Sus tétricos silbidos se escuchan en la sabana. Si se oyen cerca es porque está muy lejos. Pero si escuchan lejos hay que prepararse para correr.

 

SIRENA 

Ser mitológico de la antigüedad, mujer con cola de pescado. Algunos han creído verlas en las playas venezolanas y los ancianos margariteños aseguran que existen y que cuando se dejan ver de los humanos les traen mala suerte.

 

SORTE 

Montaña de Yaracuy donde tiene su morada María Lionza, la reina de los bosques y de los animales. Las aguas del río al pie de la montaña se dice que tiene propiedades curativas. Sorte es un reino mágico, donde habitaban grandes mariposas azules que indican al devoto la ruta a seguir para acercarse a la diosa. Es una especie de centro místico y espiritual, donde se está en pleno contacto con las fuerzas de la naturaleza y con lo maravilloso.

 

FANTASMA DE SUCRE 

En la Plaza Sucre de Cumaná muchos han creído divisar a lo lejos la sombra doliente del Gran Mariscal. Es fácil reconocerlo por su largo capote negro, sus brazos cruzados y la tristeza con que se pasea, custodiando la ciudad que lo vio nacer, a la que jamás pudo volver.

 

EL SALVAJE 

Es un ser misterioso, mitad hombre, mitad animal. Tiene aspecto de gorila grande, o de oso. Según una vieja creencia se roba a las muchachas y se las lleva a vivir con él, a su casa, en lo más alto de los árboles. Y con su lengua áspera y corrosiva, les lame la planta del pie para que no puedan escapar. Pareciera estar emparentado con el Pie Grande de Norteamérica y con el Yeti del Himalaya, ambas criaturas monstruosas, a medio camino entre el mono y el hombre, que habitan los bosques y montañas.

Aquí en Venezuela lo han visto en el occidente, cerca de Los Andes. Pero muchas etnias indígenas, como los baré, aseguran haber visto también al Salvaje en lo más profundo de la selva amazónica. Incluso afirman que hay dos: El Salvaje Grande, de casi dos metros es tímido, y uno más pequeño, de poca estatura, de naturaleza malévola.

 

SANTERÍA 

Aunque cada vez está más difundida entre los venezolanos, para muchos la santería sigue siendo un gran misterio. Se trata de una religión afrocaribeña cuyas raíces se encuentran en la cultura del pueblo yoruba de África occidental, y que cuenta con muchos practicantes en Estados Unidos. La santería surgió en el siglo XIX entre los miembros de la comunidad yoruba que, pese a ser enviados a Cuba como esclavos, se mantuvieron fieles a sus creencias y tradiciones ancestrales. La palabra española " santos" se aplicó a los orichas (espíritus) yoruba, y fue este uso el que dio origen al término cubano empleado para referirse a la religión yoruba: santería (camino de los santos). Es básicamente una religión africana, pero refleja la influencia de la tradición católica.

Aunque este credo reconoce a un dios supremo, denominado Olodumare, la interacción humana con el plano divino se centra generalmente en los numerosos orichas. El creyente suele desarrollar una relación especial con una orichá, que puede poseer el cuerpo de aquel durante el culto. Las ceremonias religiosas suelen ser prolongadas y elaboradas; las más importantes incluyen un banquete en el que participan orichas y creyentes.

 

SAPAROS 

Extraños personajes fluviales, mitad humano y mitad peces. Son un pueblo numeroso, con un gran corte, donde impera el Rey Saparo y la Reina Sapara. Hay princesa, duques y pajes y hasta carruajes, tirados por diligentes camarones de río. Los saparos viajan grandes distancias y en ocasiones han sido vistos por algunos navegantes de nuestros grandes ríos.

 

SIETE PIEDRAS 

En el estado Monagas las muchachas recogen siete piedras pequeñas la noche del sábado, antes del Domingo de Ramos. Las pasan por su rostro, pidiendo ayuda y protección a Dios para alejar el mal. Luego las colocan bajo su almohada y deben dormir con ellas allí. Al amanecer se tiran lejos. Con ellas se irá la mala suerte y todas las malas influencias.


REGALOS 

En nuestro país se considera de mala suerte regalar flores a niños, pues se supone que las flores se regalan a los muertos. Regalar pañuelos es considerado pavoso, porque es una implícita invitación a llorar, no se deben regalar cuchillos ni navajas, porque se " corta" la amistad. Y al regalar flores hay que pensar que si se quiere demostrar amor las rosas rojas son lo mejor. Las amarillas denotan traición y, las blancas, duelo.

 

REZADORES DE CULEBRAS 

En el Oriente de Venezuela se habla de los " rezadores de culebras". Son personas dotadas de un poder especial sobre estos reptiles. La fuerza de los  rezadores es tal que puede hacer salir a las culebras de sus escondrijos, ahuyentarlas o matarlas. Una niña de la región había oído decir que su abuelo era un excelente rezador de culebras, muy solicitado en la región. Ella, íntimamente, no creía en esas cosas. Un día iba con su abuelo de un pueblo a otro y por el camino se encontraron con un cascabel. El animal se preparó para atacar y la niña se quedó inmóvil. Entonces observo a su abuelo. Los labios del anciano apenas se movían, musitando sus rezos mientras su mano derecha trazaba cruces en el aire. Lo que pasó a continuación fue asombroso: la víbora se estiró, recta como si fuese una línea trazada en polvo. Luego hubo un crujido, como si algo en ella se quebrara por dentro. Y allí se quedó la culebra, inmóvil para siempre, detenida en el tiempo, mientras la niña y su abuelo proseguían su camino.

 

REZANDEROS DE GUSANOS 

En el estado Táchira hay personas que " rezan" los gusanos, es decir, conocen oraciones para exterminarlos. Esto es particularmente en el caso de los animales de corral, cuyas heridas a veces se infectan. Los rezanderos de gusanos los curan y sacan cualquier larva o gusano que puedan tener.

 

ROCA VIVA 

En las últimas estribaciones de Los Andes, hacia el piedemonte barinés, existe una montaña misteriosa. Los naturales la conocen como "Roca Viva", porque desde tiempos inmemoriales parece moverse lentamente. Además, a veces se escuchan extraños ruidos que provienen de su interior. Al pie de esta escarpada montaña conocida como " Roca Viva" hay rocas pintadas con hermosos petroglifos.

Se dice que un guía de la región subió hasta la cumbre y después de un difícil acceso, logró llegar a un lugar abierto. Allí vio escalinatas de piedra y enigmáticas estatuas. Todo parecía formar parte de los restos de una antigüedad ciudad india. Fascinados por el relato del guía que escalo la " Roca Viva", muchos exploradores intentaron encontrar la mítica ciudad. Ante la promesa de un fabuloso descubrimiento, investigadores y arqueólogos armaron también sus expediciones. Sin embargo, nadie encontró ningún vestigio y la leyenda de la ciudad pérdida cayo en el olvido.

Muchos campesinos, sin embargo, afirman haber visto las ruinas. Aseguran que la ciudad perdida en la montaña está allí, invisible para los extraños. Y la " Roca Viva" continua moviéndose, produciendo asombrosos ruidos, en misterioso coloquio con la tierra andina, llenan de sorprendentes tradiciones.


QUEBRADA DE LAS ÁNIMAS 

Entre El Tocuyo y El Molino, dos pueblos del estado Lara, se encuentra “La Quebrada de las Animas". En este pequeño arroyito se bañan a veces los niños campesinos, pero solo durante el día. Porque según una antigua leyenda del lugar, al anochecer se ven allí blancas apariciones, extrañas sombras fugitivas.

Afirma una creencia popular que en este arroyo larense ocurrió un hecho terrible. Un capitán español había abandonado a su mujer con un niño pequeño, por una bella cortesana recién llegada. Se dedicó a su nuevo amor, sin pensar que pronto pagaría las consecuencias de su villanía, pues la dama en cuestión aceptaba el amor de otros hombres.

Alguien le advirtió al capitán que estaba siendo víctima de una engañifa. No tuvo más que seguir a su nuevo amor hasta el arroyo. Ciego de ira, el hombre mató a la infiel y a su amante. Estuvo solo unos días preso, pues en la época, el hecho tenía grandes atenuantes. El capitán fue al mismo río y allí se dejó morir de hambre: Dicen que desde lejos se le veía vagar llorando por el lugar. Con el tiempo el río se hizo mínimo. Y en las noches más oscuras, se ven allí tres sombras dolientes, entre las aguas de la "Quebrada de las Ánimas".