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jueves, 19 de noviembre de 2020

Cultura Unellez VIPI 46. Literatura y Covid-19 en Venezuela: "Asfixia" cuento premiado de Lizandro Samuel

Literatura y Covid-19 en Venezuela. Imagen en el archivo e Cultura Unellez VIPI




Cuento ganador del concurso narrativo  “Viaje alrededor de la casa”. Organizado por El Diario (Caracas, 2020)

 

La primera vez que pensé en suicidarme tenía seis años. Quería acabar con la vergüenza de no estar a la altura de las expectativas de mi padre. Si un vaso se rompía, él me regañaba como si hubiese matado a un primo por error. Yo me encerraba a llorar. Fantaseaba con no tener emociones, con ser un personaje frío de anime, que cumple objetivos, tiene éxito y poder.

Me apretaba los testículos hasta sentir dolor. Me alaba los cabellos, me golpeaba a mí mismo. Una vez agarré una navaja suiza que me había regalado mi tía. La utilicé sobre mis muñecas, tratando de que saliera sangre. Solo alcancé a hacerme unos rasguños: me sentí todavía más inútil. “Los hombres no lloran”, dijo mi papá cuando me descubrió. Entendí que era hora de que mi corazón se secara.

Más de 20 años después, tenía rato sin fantasías suicidas. Desde mucho antes de salir de prisión. Cuando el régimen decretó la cuarentena, para prevenir el contagio de covid-19, mis compañeros de apartamento se alarmaron. ¿Cómo iban a pasar tanto tiempo encerrados? Yo recordé los seis meses que estuve en una celda de tres por tres metros con un retrete, sin bañarme. Permanecer en mi habitación no iba a ser problema.

 

Vivía con tres hombres. A los dos días, uno trotaba alrededor del comedor, el otro bailaba reguetón frente a la alacena, mientras que el más ermitaño bajó a la cancha a jugar básquet. Yo nunca lo había visto hacer el más mínimo ejercicio.

Henry me escribió que cómo me iba. “Creo que nos vamos a morir todos”, respondí.

El miedo se hizo tangible a las dos semanas, cuando comenzaron a hacer fiestas. Mujeres, alcohol, panas. Hasta un tatuador hizo de la sala su oficina. Les hablé de los peligros del virus. Hubo uno que me dijo que, si no me gustaba, que me mudase; otro me llamó exagerado; el tercero fue honesto: “Tienes razón. Pero prefiero enfermarme a morir de ansiedad”.

A mí no me mató ningún malandro ni ningún policía. ¿Me iba a morir de gripe? Henry me dijo que estaba solo en su casa, que podía acompañarlo. A las dos semanas de cuarentena, puse el morral sobre el suelo de su apartamento. Nos dimos el beso más tranquilizador de mi vida.

Tres habitaciones, dos baños, sala de estar y cocina: era un lugar precioso. A Henry le gustaba pasar las horas tocando el bajo. Tenía el temple de un Buda. Las tormentas, pensé, nos enseñan a encontrar la calma indistintamente del clima. Su única preocupación era su hermano: Egon Paul. Había superado una depresión a principios de año y ahora, en medio de la cuarentena en un pueblo que era una oda al aburrimiento, llevaba días paseando por diferentes niveles de tristeza. Vivía en Pariaguán, a varias horas de distancia. Solo lo visitaba una prima.

 Antes del confinamiento, yo necesitaba estar ocupado para calmar los susurros de las paredes. El grupo cristiano que me ayudó a reformarme durante mi última estadía en prisión colaboraba con una ONG que comenzó a llevarme a dar charlas. Por primera vez, pisé el aula de una universidad: decenas de alumnos me escuchaban como si yo hubiese pasado años estudiando. La calle enseña, dice el lugar común. Yo solo sé que los aplausos evitaban que, por las noches, las paredes comenzaran a deslizarse hacia mí.

En una de las giras con la ONG conocí a Henry. Trabajaba de bajista para diferentes bandas de rock pop. Era un ex adicto a la cocaína. “O un adicto en constante terapia: uno puede renunciar a la sustancia, pero no a la tentación”, me dijo. Lo entendí. Yo nunca abusé de las drogas, ni siquiera del alcohol: ese fue parte de mi éxito como malandro. Pero desde que salí de la cárcel mi teléfono no dejaba de sonar. Siempre había un “trabajo” por hacer. Mil dólares tan “fáciles” como estornudar. Y yo amasando pan para poder pagar un cuartito en un apartamento con problemas de luz y agua.

La cuarentena nos hizo libres. Henry y yo disfrutamos de besarnos, amanecer tomados de la mano, acariciarnos y hacer el amor sin miedo a ser descubiertos. La sala del apartamento daba frente a una ventana de un edificio vecino. Las mujeres que vivían ahí nos veían con una curiosidad mal disimulada. Al principio, a Henry le daba pena. A la tercera semana, después de habernos confesado amor, teníamos sexo al mediodía sobre el sofá de la sala. Una vez descubrí a una de las mujeres espiando. Jamás me había sentido tan a gusto conmigo.

Los fantasmas estaban ahí. Lloré en brazos de Henry: tenía pánico de contagiarme. No podía ser que hubiese sobrevivido a tanto y ahora mi vida estuviese en peligro por una pandemia. Hacía un año exactamente, el país se había quedado sin energía eléctrica por varios días. El mega apagón. Dos ex compañeros de prisión murieron en la cárcel. Uno quería ser rapero, el otro hacía fotos. Como yo, estaban reformando su vida. La falta de luz hizo que las balas viajaran sin destino definido dentro de la prisión. Fueron víctimas casuales. También me había enterado, días luego, de que un niño que había conocido un mes antes se murió de cáncer. Sin electricidad no pudieron dializarlo. Yo había ido a ese hospital a dar una charla. “Si yo pude cambiar mi vida, tú también puedes”, le había dicho al pelao.

Le conté esto a Henry, luego de hacer el amor. “Mi cielo, tranquilo. Estamos juntos, ¿sí? Eso es lo importante. Déjame ayudarte a sanar tus heridas, como tú me ayudas a sanar las mías”, me susurró. Quise que la cuarentena no terminara nunca.

Frutas, verduras, pescado. Vivíamos en un templo. Henry guardaba algo de dinero y no teníamos que preocuparnos, al menos por unos meses. Salíamos cada quince días a abastecernos. El país se quedaba sin gasolina, el virus se multiplicaba, la escasez de comida… el caos de siempre. Pero él y yo éramos plenos en nuestro amor. Henry solo se alteraba cuando hablaba con su hermano. Había días en los que el insomnio me recordaba cosas, tardes en las que sentía que la vida era pesada. Juntos lográbamos ensanchar las paredes que podían habernos asfixiado.

Mi mamá se suicidó cuando nací. Mezcló varios detergentes dentro de su boca. Mi tía me contó que era porque mi papá le pegaba. Él solo me dijo que mi mamá era “débil”. Crecí con mi papá. En el barrio me decían que era el hijo de la loca. A los 15 años, un malandrito se afincó en el chalequeo. Como estaba bien conectado, me trancaba el paso en las escaleras y gritaba “el hijo de la loca, el hijo de la loca”, mientras bailaba como mono de circo. Me cansé. Le pedí la pistola prestada a un amigo. Después de tres balazos y un charco de sangre, nadie me volvió a chalequear. Por supuesto, tuve que meterme en la pandilla del pana que me prestó el arma.

La primera vez que caí preso tenía 20 años. Había descubierto que la asfixia que me producía la ausencia de mi madre y el ardor que coseché con mi padre se aplacaban cuando presionaba el gatillo. Matar alivia el alma, se hubiese llamado mi autobiografía. En la cárcel, Pupi me adoptó: me enseñó lo que me faltaba. Salí un año después y tenía más conexiones que un wifi sin clave. Siempre preferí estar en las sombras, no ser el pran. Así no tenía que tratar con políticos y podía negociar entre bandas.

A Henry lo llamó su prima. Egon Paul había comenzado a pintar cuadros sobre ahorcados. Un día tomó demasiado alprazolam y pasó 48 horas grogui. “Mi amor, tengo que ir. Es mi hermano”, dijo Henry con lágrimas en los ojos. “Quisiera que vinieras, pero…”, “¿Pero… cuándo se ha visto malandro gay?”, lo interrumpí. Hizo un puchero y me abrazó.

Solo en el apartamento, comencé a leer más noticias sobre el avance del virus. Ya no se veían carros por la ventana. No por la cuarentena, que pocos la respetábamos, sino por la falta de gasolina. ¿Cómo iba a llegar la comida a Caracas? En el supermercado, los que podían compraban alimentos como si fuesen a abrir un abasto.

Comencé a dormir menos.

Cuando estuve preso por segunda vez, un grupo cristiano frecuentaba la prisión. Hacían actividades artísticas. Yo nunca creí en Dios, y los libros para mí eran cosas pesadas que solo entendían los universitarios. Hubo conciertos de rap, muestras de pintura, exposiciones de fotos y noches de lectura. Cuando llegó lo último, leyeron un cuento de Irvine Welsh. Gustó tanto que se animaron con uno de Lucas García París. Después, Raymond Carver, Hensli Rahn. ¿Eso era lo que la gente llamaba “literatura”? Fui el único que asistió al taller de narrativa.

Ahora solo las palabras escritas me calmaban. Hablaba con Henry todos los días. El resto del tiempo era hornear pan, escribir, leer y ejercicio. Una mañana, después de unos abdominales, me llamó. “Estamos en el hospital, Egon tomó un litro de cloro”, dijo. No pasó mucho antes de la segunda llamada: “Mi amor, mi hermano no aguantó”.

Pegué un grito tras colgar. Le di un golpe a la pared.

Uno se pregunta cuánto más tiene que soportar. El grupo cristiano siempre me habló de Dios. Me hubiese gustado creer, pero no lo sentía. Los días siguientes, ponía la voz lo más serena posible para servir de contención a Henry. Cuando colgaba, era como si mi piel se desgajara. Después de una semana, en la que nada más logré conciliar el sueño entre las cuatro y las seis de la mañana, sentía que caminaba con todos mis órganos fuera del cuerpo.

Quería salir corriendo, perderme en un bosque. No podía. La cuarentena estaba vigente. Por primera vez en años, volví a fantasear con cómo sería morir. Lástima que me había desecho de mi pistola.

Después de una semana de deambular por el apartamento como alma en pena, sentí mucho más que tristeza en la voz de Henry que salía por el auricular. Su papá había regresado al país. Llegaría a Caracas al día siguiente e iba a quedarse en la única propiedad que tenía en la ciudad: donde yo estaba. “Mi amor, lo siento, tienes que volver a tu casa”. Pensé en el miedo al contagio. “Sí”, respondí, lo más tranquilo que pude.

¿Quién mueve los hilos del mundo? Con Henry disfruté el mejor mes de mi historia. La felicidad más plena. Y me lo arrancaron del modo más inesperado. Es como que tuvieras años raptando, te den alas, te vean ascender y luego las baleen. Sentí que competía contra la vida. Todos decían que era imposible sumar 80 puntos. Yo batía el récord: hacía 90. Pero en la última jornada, la vida llegaba a 91. Y así, siempre así.

Le caí a golpes al sofá. Luego le di varios puñetazos a la pared. Me arrodillé frente a la poceta: vomité. Fui a la cama. Mi menté dibujó escenas suicidas. Recordé la cara del primer carajito que maté, la voz de mi papá diciéndome que si iba a ser malandro tenía que ser el mejor, mi tía contándome sobre mi madre. “¡El hijo de la loca, el hijo de la loca!”. ¿Por qué asesiné a tanta gente? ¿Cuántos fueron? Las únicas veces que lloré siendo malandro fue encerrado en una celda de tres por tres metros. Ya ahí mi vida tenía un propósito. Qué difícil fue empezar de cero, después. La cara del hermano de un chamo que maté cuando me vio en la calle. “Ya no estoy en eso”, me disculpé. Las paredes viniendo hacia mí. ¿A quién podía llamar?, ¿a quién le podía contar esto?

Acabé de nuevo frente a la poceta. No estaba vomitando. Solo veía, sin pestañear, la botella de cloro que estaba sobre el tanque. 

Cultura Unellez VIPI 45. Literatura y Covid-19 en Venezuela: "Presencia" cuento premiado de José Luis Palacios Leza


Literatura y Covid-19 en Venezuela. Imagen llanera en el archivo de Cultura Unellez VIPI



Primer lugar como finalista en el certamen narrativo “Viaje alrededor de la casa”, organizado por El Diario (Caracas, 2020)

Primero botamos los cambures, porque más nadie en la casa los come.  Después siguió el ramo de claveles en la cocina que ella nos había traído en uno de sus actos domésticos impulsivos.  Continuamos añadiéndole agua al florero cada tanto, pero al cabo de tres semanas se habían convertido en un mustio aquelarre de bailaoras de flamenco patas arriba. Luego vaciamos la nevera de sus rastros: la bolsa de arrúgula amarga, los arándanos fruncidos, la leche de almendras, el queso noventa y nueve por ciento libre de lactosa y la mantequilla vegetal orgánica.  De la despensa fuimos consumiendo sus chocolates favoritos: el oscuro en discos y las tabletas con sal marina y toffee.  Poco a poco nos comimos también los pistachos, las almendras fileteadas y las nueces,  hasta que todo se empezó a poner rancio.  Nos deshicimos de la quinoa blanca, del couscous de semolina orgánica, de su cereal en hojuelas favorito, flatulento y sin gluten, de los penne rigate hechos con arroz integral y de los macarrones a base de lentejas verdes.   Sus ingredientes para hacer galletas y tortas duraron un poco más, pero igual terminaron en la basura: las chispas de chocolate, el azúcar orgánico de palma de coco, las semillas de ajonjolí, la vainilla natural de Madagascar, algunos restos de canela en rama, un fondo de miel con lavanda y lo que quedaba de un paquete de polvos para hornear.

En el garage encontramos algunos recuerdos polvorientos: una bolsa de sus suéteres usados que nunca terminamos de llevar al Salvation Army;  la maletica con la  que se vino de Caracas, en nuestro viaje final de allá para acá; las botas de hacer montañismo, deporte en el cual no invirtió mucho tiempo; la casita para pájaros, la estantería con corazones escopleados y otras piezas  de madera salidas del taller de ebanistería, una de las materias que más rechazó durante la secundaria, a pesar de nuestras palabras de aliento.

A cada rato entramos en su cuarto para revivir su presencia por los rincones,  en el pequeño sendero de alfombra desgastada más allá del umbral, en el espejo guindado en la puerta donde creemos intuir su imagen de frente y de perfil mientras se prueba una ropa, en la guitarra muda, arrumada contra la pared dentro de su estuche,  en el rollo escueto de la alfombra para el yoga.

Las paredes exhiben sus ídolos y preferencias.  Un calendario de Misty Copland, atrapada en la mitad de una pirueta  musculosa, que ya no anunciará futuros sino recordará pasados.  Un afiche conmemorativo de la exposición de fotos de Irving Penn que fuimos a ver juntos.  (A veces no estábamos seguros de su reacción ante un hecho artístico. En esa ocasión acertamos. Se deleitó con los claroscuros retratos de famosos en poses similares, acuñados en un ángulo entre dos paredes, y con las imágenes glamorosas para revistas de moda.  A la salida nos pidió que le compráramos el afiche, una reproducción del anuncio comercial para l’Oreal,  un rostro maquillado de blanco del que escasamente se atisban las fosas nasales, medio mentón y los labios,  cruzados con varias rayas de lápices labiales multicolores). La foto en blanco y negro de su hermana, de espaldas y a contraluz,  con unos zapatos de tacón en la mano izquierda. El autorretrato desgarrador, intervenido con una página de un libro que se funde con su perfil y un texto autobiográfico escrito a mano. El grandísimo primer plano, gracias a un lente macro,  de un salero derramado sobre el piso.  El caleidoscopio hexagonal conformado por brazos y piernas de sus compañeros de baile.  Las instantáneas irreales de arquitectura española e italiana, con modificaciones audaces de color y de múltiples perspectivas.

Sobre la peinadora, la cámara con la que tomó esas y muchas otras fotos, algunas premiadas en concursos locales, instaladas después por la casa y en nuestras oficinas. Los cosméticos, las brochas, los cepillos.

En el closet un surtido de sandalias, shorts y camisas sin manga, ropas totalmente inadecuadas para trasplantar a la nueva universitaria, del cálido suroeste que la favorecía como a un cactus, al clima atroz de Quebec.

En el estante una profusión de velas aromáticas, algún libro, una regadera para las matas que nunca prosperaron en la sequedad del cuarto, una cesta con peluches sobrevivientes de la infancia, los cordones al mérito de las materias de secundaria pasadas con honores.

Arriba del escritorio el regalo de su mejor amiga en el cumpleaños dieciséis, un collage enmarcado donde ambas posan en sus mejores galas para la fiesta de graduación de los senior, manejan un carro por primera vez, gritan en algún juego de fútbol con las caras pintarrajeadas con los colores de su institución, posan con otras amigas, y donde todas estas viñetas son explicadas con las dieciséis garrapateadas razones por las cuales la cumpleañera es querida. En el escritorio,  una multitud de bolígrafos, notas autoadhesivas, el portarretratos de la primera comunión con trinitarias y uñas de danta en el trasfondo.  El tablero de corcho para ensartar, como mariposas de colección, decenas de momentos memorables:  la carta de aceptación de McGill;  la tarjeta con la vista del puente Samuel de Champlain; un par de tickets para el ballet del Cascanueces; las fotos con sus compañeras en el avión de regreso a casa durante el asueto de primavera, asueto que se prolongaría indefinidamente.

Sobre la mesita de noche las máscaras, mínimos abanicos azules con pespuntes blancos y dos liguitas para las orejas,  cuidadosamente envueltas en plástico. El frasco de desinfectante de manos.  El termómetro. Los antipiréticos, analgésicos, ansiolíticos y antidiarreicos.  El termo rosado para el agua fría con la base aporreada.   La cama tendida, con las almohadas, los cojines y el cobertor arreglados armoniosamente. Al pie de la cama, el nebulizador, las cajas de Kleenex, la ponchera para los espumarajos y los vómitos. Unas cholas de tela estampada con pequeñas llamas de coloridos jaeces.

Y en nuestras mentes, el implacable cuestionario sin respuestas razonables, la búsqueda de fuerzas para seguir viviendo otro día en el maelstrom de una realidad irreversible, la certidumbre de que nada llenará el vacío abominable de su partida, de que el dolor nos acechará con cada inventario de sus posesiones, de que alimentar ese dolor será la única manera de alargar su existencia y conservar su memoria.