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domingo, 1 de noviembre de 2020

Cultura Unellez VIPI 38. Los ataques de los piratas contra Venezuela (Arístides Rojas y Aquiles Nazoa)

Una gran desolación y terror sembró el devenir de los piratas en Venezuela.
Imagen de Yajaira Espinoza en los archivos de Cultura-Unellez VIPI 




Pese  a que existen distintos relatos fantásticos sobre los ataques de los piratas contra Venezuela, las crónicas más precisas, coinciden en señalar las osadas incursiones del capitán Amyas Preston entre las más devastadoras. Este filibustero inglés, fallecido en 1609, figura al lado de otros corsarios como Francis Drake, Walter Raleigh  y John Hawkins, por su conducta temeraria y avaricia, la cual abarcó, además de nuestra tierra,  a los actuales territorios de Brasil, Haití, Cuba y Canadá. Dos respetados autores nacionales, Arístides Rojas y Aquiles Nazoa,  dan cuenta de sus incursiones aquí.

De antemano, gracias por su visita. 

Isaías Medina López

Compilador.
  
 
Arístides Rojas

“El día 8 de mayo de (1595) llegaron a Martinica el capitán Amyas Preston en la ‘Ascensión’, en compañía de la ‘Gift’, capitán George Sommers, y una pinaza, y tres buques de Hampton, uno mandado por el capitán Wallace y el ‘Darling’ y ‘Angel’, mandados por los capitanes Jones y Prowse. A su salida de Martinica el capitán Preston destruyó la principal población en Puerto Santo y varias aldeas,  como castigo de la crueldad y traición con que habían tratado al capitán Harvey y a su gente. Después de descansar las tripulaciones en Dominica, se hicieron a la vela el 14, pasaron frente a Granada, tocaron en Los Testigos, y fondearon a alguna distancia de la Tierra firme española. El 19 en la noche, enviaron los botes a la isla de Coche, donde capturaron algunos españoles con sus esclavos y pocas perlas. Allí permanecieron hasta el 21 en que siguieron rumbo hacia las costas de Cumaná donde tropezaron con dos botes volantes de Middlebourgh, que había prevenido de la aproximación de la escuadra a los españoles.

Estos enviaron a Cumaná un parlamentario con bandera blanca, para decirles que habían trasladado todas sus riquezas a los montes, y que los ingleses podían destruir la ciudad si querían, sin que los habitantes les hiciesen ninguna oposición; pero que si optaban por no desembarcar ni quemar la ciudad, les darían un rescate razonable y les proveerían de cuanto necesitasen. El capitán Preston convino en ello y después de recibir el rescate el 23 de mayo, se hizo a la vela para Caracas, en cuyas costas desembarcó sin ninguna oposición, cerca de una legua de distancia, al Oeste de la ciudad, tomando posesión de la fortaleza. Entonces subió la montaña con gran trabajo, teniendo que abrirse camino con sus cuchillos, en muchos lugares.

Por la noche, hicieron alto cerca de una aguada y a las 12 del día siguiente, 29 de mayo, llegaron a la cumbre del cerro.

“Habiéndose desmayado algunos hombres en el camino quiso el capitán Preston detenerse, para dejar que se repusiera su gente; pero la niebla acompañada de lluvia le obligó a bajar hacia la población de Santiago de León, la cual ocuparon a las tres de la tarde, después de un pequeño tiroteo. En Santiago de León estuvieron hasta el 3 de junio; pero no pudiendo acordarse con los españoles en el rescate, quemaron la población y las aldeas vecinas y retirándose por el camino real, llegaron a sus buques en la mañana del 4, habiendo pasado cerca de una fortaleza del camino, que les hubiera impedido la subida si hubieran intentado hacerla por este lado.

“El capitán Preston preguntó a un español que vino a tratar con él, en León, sobre las condiciones del rescate ¿cómo era que sus compatriotas dejaban una población tan bella sin rodearla de una fuerte muralla?, a lo que contestó el español, que ellos creían que su ciudad estaba guardada por murallas más fuertes que cualesquiera otras del mundo, aludiendo a las altas montañas.

“El día 5 el capitán Preston se dio a la vela siguiendo el rumbo de las costas de Coro, en las cuales incendió algunas chozas y tres buques españoles y el 9 desembarcó a dos leguas al Este de Coro, donde murió el capitán Prowse. El 10 entró la flota en la bahía y desembarcando de noche los hombres, marcharon éstos sobre la ciudad. El 11 tomaron por asalto una barricada y al siguiente día entraron en la ciudad; pero no encontrando qué saquear, la quemaron y regresaron a sus bajeles. El 16 se dirigieron a La Española y fondearon el 21 bajo el cabo Tiburón, donde tomaron agua. Para esta fecha habían sucumbido, víctimas de la disentería, 80 hombres y otros más estaban enfermos. El 28 dejaron la isla y el 2 de julio arribaron a Jamaica: antes de la llegada a esta isla se habían separado del convoy los tres buques de Hampton y el ‘Darling’ del capitán Jones. El 6 pasaron por los Caimanes; el 12 por Cabo Corrientes, donde tomaron agua; dieron en seguida vuelta al Cabo Antonio y el 13 tropezaron con sir Walter Raleigh de regreso de su expedición a la Guayana, en cuya compañía estuvieron hasta el 20 en que siguieron al banco Terranova, para continuar a Inglaterra donde llegaron al puerto de Milford Haven, el 10 de setiembre”.

Queda fijado en vista de esta relación que el verdadero filibustero que saqueó a Caracas en 1595, no fue Drake, como aseguran Oviedo y Baños y todos los historiadores y cronologistas modernos, sino el capitán Amyas Preston, uno de los aventureros de aquella época de fechorías.

Como un apoyo más a cuanto hemos dicho, léase lo que dice Kingsley al hablar de Amyas Leigh, durante la estada de este marino en las aguas de La Guaira en 1583. “Los capitanes Amyas Preston y Sommers, con una fuerza muy reducida, pero mayor que la de Leigh, desembarcaron donde no se atrevió éste a hacerlo; y al atacar la fortaleza del puerto, supieron como Leigh, que se esperaba su llegada y que el paso de la Venta, a 3.000 pies de altura, en el camino de la Cordillera había sido fortificado con barricadas y cañones. A pesar de esto, los aventureros de Preston ascienden a aquella altura, paso a paso, en medio de la lluvia y de la niebla. Llega un momento en que los soldados caen y piden la muerte de manos de sus oficiales, pues era ya imposible continuar. Pero así desmayados siguen, se abren camino por entre los bosques de bijaos silvestres y matorrales de rododendros, hasta que pasan por las faldas de la Silla y se presentan delante de los mantuanos de Caracas, quienes al verlos, quedan atónitos.

Después incendian la ciudad por falta de rescate, y regresan triunfantes por el camino real”.

“No sé si viven algunos descendientes de aquellos valientes capitanes, agrega Kinsley; pero si existieren, pueden estar seguros de que la historia naval de Inglaterra no relata hecho más titánico, efectuado contra la naturaleza y contra el hombre, que aquel ya olvidado, de Amyas Preston y su compañero Sommers, el año de gracia de 1595”.


Aquiles Nazoa 

Fue también el tiempo de Osorio aquel en que Caracas fue saqueada por el corsario inglés Amyas Preston. Los constantes asaltos con que el bandolerismo marino inglés de aquella época asediaba las posesiones españolas en América,  ran un lejano reflejo de la guerra encarnizada que en aquellos tiempos tenía lugar en Europa entre la Inglaterra isabelina y la España de Felipe II; guerra que tras la apariencia de una discrepancia religiosa entre protestantismo y catolicismo encubría en realidad una enconada pugna entre los dos imperios por el dominio del mundo, y en la cual terminó España por perder su armada, llamada hasta entonces La Invencible. A la cabeza de quinientos hombres de su flotilla desembarcó Preston en La Guaira en marzo de 1595, y después de someter el puerto a un saqueo del que no obtuvo sino algunos cueros y una carga de zarzaparrilla, siguió para Caracas. Desde el primero de enero, el gobernador Osorio había salido hacia Maracaibo y Trujillo, dejando encargados del Gobierno a los alcaldes de turno, que lo eran Francisco Rebolledo y Garci González de Silva. Las novedades del puerto se trasmitían entonces por medio de mensajes de humo, fogatas que distanciadas unas de otras venían encendiéndose en orden sucesivo a todo lo largo del cerro, hasta que la última era avistada por los centinelas de la ciudad.

Alertados los alcaldes en aquella ocasión del avance de los filibusteros, reunieron todas las fuerzas disponibles en la capital y tomaron el camino real hacia La Guaira resueltos a interceptarles el paso. Pero el previsor Preston tenía en su favor la cobardía de un español traidor llamado Villalpando al que había hecho preso en Cumaná, y quien a cambio de que le perdonara la vida, se había prestado a servirle como baquiano, trayendo a los filibusteros por un camino distinto de aquel por el que les esperaban las fuerzas de la ciudad. Utilizando así la pica de Galipán que desemboca en el río Anauco al este de la ciudad, mientras los españoles lo esperaban por el norte, pudo entrar cómodamente Preston a Caracas, encontrando las defensas de la capital en completo desamparo. La sorprendida población tomó lo que pudo de sus bienes y corrió a refugiarse masivamente con sus esclavos (pues los piratas también acostumbraban robárselos) en un sitio al sur de la ciudad, que por esa circunstancia se llama desde entonces la esquina de el Reducto. La jornada resultó victoriosa para los hombres de Preston, aunque no tan productiva en proventos de saqueo como ellos acaso esperarían, porque Caracas apenas se reponía en aquellos días de una voracísima plaga de gusanos que recientemente había abatido su economía. Pero sirvió también aquel duro trance para que la ciudad diera su primer ejemplo de heroicidad y patriotismo, en la figura de Alonso Andrea de Ledesma, viejo compañero de Diego de Losada, caballero de quijotesca estirpe, que al ver a su ciudad invadida por el extranjero montó su caballo, tomó su lanza y su adarga, y arremetió él solo contra los invasores. Admirado de su noble gesto el propio Preston dio orden de que se respetase la vida del hidalgo, pero fue tal la acometividad de aquel nuevo Quijote y tales los daños de su lanza, que los hombres para defenderse se vieron forzados a dispararle, derribándolo de un tiro de arcabuz. En homenaje de reconocimiento a la hidalguía de tan hermoso gesto, el cadáver de don Alonso fue traído a la ciudad en procesión por los invasores y enterrado –dice Baralt– “con grandes muestras de honor y respeto”. Del cobarde Villalpando, en cambio, recibió la ciudad su primera lección acerca del destino que espera a los traidores. Una vez utilizados sus servicios, completando su triste papel de Judas de la jornada fue colgado de un árbol por los mismos a quienes había servido.

Al darse cuenta los alcaldes del chasco de que les había hecho objeto el astuto inglés, bajaron apresuradamente el cerro, dispuestos a hacerle frente en la ciudad. Mas para esta eventualidad también había tomado Preston sus medidas, haciéndose fuerte en las calles del Cabildo y principalmente en la Catedral; allí sabía que por respeto a la majestad del lugar los españoles no se atreverían a atacarle. Allí se mantuvo inexpugnable desde el 29 de mayo hasta cuatro días después, cuando decidió retirarse, llevándose considerable botín y dejando a su paso numerosas casas en llamas.


  

jueves, 29 de octubre de 2020

Cultura Unellez VIPI 37. Poemas de Aquiles Nazoa (2)

 

La siempre encantadora poesía popular de Aquiles Nazoa. 
Imagen en el archivo de Cultura Unellez VIPI




EXALTACIÓN DEL PERRO CALLEJERO

Ruin perro callejero,

perro municipal, perro sin amo,

que al sol o al aguacero

transitas como un gamo

trocado por la sarna en cachicamo.

 

Admiro tu entereza

de perro que no cambia su destino

de orgullosa pobreza

por el del perro fino,

casero, impersonal y femenino.

 

Cuya vida, sin gloria

ni desgracia, transcurre entre la holgura,

ignorando la euforia

que encierra la aventura

de hallar de pronto un hueso en la basura.

 

Que si bien se mantiene

igual que un viejo lord de noble cuna

siempre gordo, no tiene

como tú la fortuna

de dialogar de noche con la luna.

Mientras a él las mujeres

le ponen cintas, límpiale los mocos,

tú, vagabundo, eres

–privilegio de pocos–

amigo de los niños y los locos.

 

Y en tanto que él divierte

–estúpido bufón– a las visitas,

a ti da gusto verte

con qué gracia ejercitas

tus dotes de Don Juan con las perritas…

Can corriente y moliente,

nombre nadie te dio, ni eres de casta;

mas tú seguramente

dirás, iconoclasta:

—Soy simplemente perro, y eso basta.

 

La ciudadana escena

cruzas tras tu dietético recurso,

libre de la cadena

del perro de concurso

que ladra como haciendo algún discurso.

 

Y aunque venga un tranvía,

qué diablos, tú atraviesas la calzada

con la filosofía

riente y desenfadada

del que a todo perder no pierde nada.

 

DEDICATORIA

Cuando yo digo el nombre de María,

que para mí es la voz del agua clara,

es como si a los campos me asomara

con la mano de un niño entre la mía.

 

Porque su nombre es campo en lejanía

con mastranteros de fragante vara

y ella en las manos lleva y en la cara

los olores suavísimos del día.

 

Así pues fue el amor, sencillamente,

quien su nombre inscribió sobre mi frente

con cinco letras de melancolía.

 

Y no es mi voz sino el amor quien canta

como espiga sonora en mi garganta

cuando yo digo el nombre de María.

 

RETRATO 1940

Esta figura mía

de tan flaca da ganas de reír:

parece una lección de anatomía

con flux de casimir.

 

Esta figura mía,

toda costillas, sombra y discusiones,

parece una infeliz radiografía

con pantalones.

 

Un incipiente lomo

dobla un poco mi espalda envejecida.

(Yo parezco la sombra de un suicida

y sueño en relación con lo que como).

 

De buscar la tal “luz para el camino”,

a los veinte años tengo ya entrecejo.

(Yo parezco la sombra de un suicida;

cuantos más años pasan, soy más viejo...).

 

Mis manos son dos ramas desprendidas

de un añoso ciprés;

son tan flacas, nudosas, desteñidas,

que parecen dos guantes al revés.

 

Oh, mis manos, raíces carcomidas,

tan largas que me llegan a los pies.

 

¡Esta figura mía

llena de versos, huesos, amargura,

es una complicada antología

de hambre, bilis, amor, literatura

y odio a la barbería!


Cultura Unellez VIPI 36. Poemas de Navidad Aquiles Nazoa (1)

 

La fresca poesía navideña de Aquiles Nazoa  es  herencia poética de Venezuela. En la imagen niñas parranderas de "Renacer La Herrereña", San Carlos, Cojedes



 

ALEGRÍAS PASADAS

¡Qué ligero se van las alegrías!

Lo que hasta ayer nomás fuera ilusión

es ahora, pasados los dos días,

un enorme ratón.

 

La Navidad fue apenas un engaño

vestido –mal vestido– de festejos;

la celebramos porque a fin de año

nos sentimos más viejos,

y en fin de fines es en Pascua cuando

podemos contentarnos con la vida,

pues como un año más se está acabando,

más pronto nos estamos acercando

al portón de salida.

 

¿Cuál es la utilidad de la alegría,

si pasada su efímera dulzura

viene un día y un día y otro día

de luchas y amargura?

 

La Pascua se acabó y sus alegrías

se marchitaron como viejas flores

y se quedaron muchos mostradores

llenos de hallacas frías.

 

DICIEMBRE

Su mirada fulgura

como una espada azul bajo las cejas:

ha llegado diciembre, y se asegura

que vino a enamorar las cosas viejas.

 

Dentro del caserón abandonado

teje un sueño la abuela dulce y buena,

y el piano, tristemente arrinconado,

dice la historia del sillón de Viena.

 

Diciembre va a soñar bajo el alero

su amor con una niña: la mañana,

mientras adentro canta en su ventana

un poeta de agua: el tinajero.

 

El recuerdo es ya solo una violeta

y un papel amarillo,

si este viejo poeta

diciembre hace cantar su caramillo.

 

Y así llega, agitando campanillas

este fauno vestido de etiqueta

–el vino rebosando en las mejillas–

como un viejo doctor que no receta.

Llegó el viejo diciembre, vagabundo;

de su vieja valija

salieron golondrinas; y en el mundo

murieron muchos niños sin cobija.

 

NAVIDAD

Las campanas pascuales

anuncian que salió el Niño Jesús

de las jugueterías celestiales

en un coche de luz.

 

Alegres villancicos

cantan que ya llegó la Nochebuena

–buena para los ricos,

que tienen blando pan para la cena–.

 

Los muchachos que duermen en el suelo

soñarán que Dios baja en patineta

a traerles la luna, desde el cielo

convertida en galleta.

 

Las casas serán ríos de muchachos

y luces y alharacas,

y las calles montones de borrachos

y de hojas de hallacas.

 

Todos celebrarán el nacimiento

llenos de una infantil felicidad…

¡Cuántas pobres en la Maternidad

habrá solas pasando “el mal momento”!

 

Ya se alegra la gente

porque el niño vendrá en carro de plata

(allá estará llorando bajo el puente

un niño que no espera ni el presente

de un carrito de lata).

 

LLEGÓ LA NAVIDAD

La Navidad

viene a poner alegre la ciudad.

 

Unos niños tendrán muchos juguetes,

pastel y gelatina.

Y los otros, los pobres, los zoquetes,

harán trenes con latas de sardinas

y beberán guarapo con harina.

 

Los Pietri, los Minguett, los Calatrava

comerán rico pavo,

mientras otros que están sin un centavo

lo que tienen es pava.

 

Los niños pobres hoy van a soñar

con pelotas, payasos y piñatas ,

y verán desde el cielo aterrizar

un ángel bueno y sucio, en alpargatas,

que los viene a arrullar.

 

Los ricos alzarán un joven pino

como un símbolo verde del misterio

entre el pan y el vino;

y los desheredados del destino

tendrán pinos... pero en el cementerio.

 

La Pascua cantarina

anuncia que llegó la Nochebuena,

y entre tantas hallacas de gallina

Panchito Mandefuá tendrá en la cena

lágrimas y guarapo con harina.

 

La Navidad

viene a poner alegre la ciudad.

 

CUENTO DE NAVIDAD

Al niño todo desaliño

le pregunté: —Dime en dos platos,

hijo, ¿qué quieres tú que el Niño

Jesús te ponga en los zapatos?

No contestó en ninguna forma,

pero me habló por él su abuela:

—Si usted supiera, él se conforma

con que le ponga media suela...


Cultura Unellez VIPI 35. Aquiles Nazoa: La vida en la conquista y la colonia

 

La caída de la tribus originarias permitió el desarrollo del modelo colonial 
impuesto por las calamidades que trajo la conquista española a los nativos. 
Imagen en el archivo de Cultura Unellez VIPI



Caracas. La vida en la conquista y la colonia. Texto de Aquiles Nazoa. (selección de Isaías Medina López)


El contexto  de esta narración se da con la resistencia y muerte de afamados caciques como Guaicaipuro, Paramaconi, Sorocaíma, Tamanaco, Conopoima y Acapropocón. Aquiles  Nazoa anota que “a las calamidades que siguieron, a las grandes hambrunas que les había comportado la dedicación de todos los esfuerzos a la guerra; a las dolorosas emigraciones hacia tierras donde aún esperaban rescatar la libertad; al apocamiento espiritual que conlleva la conciencia de la derrota, a los trabajos y humillaciones de la servidumbre al blanco, vino a sumarse en 1580, como uno de los aliados más pavorosos de la empresa conquistadora, y su complemento más definitivo, una epidemia de viruelas que arrasó con las últimas tribus”. La historia que sigue es la siguiente: 

 

“Levantada sobre ese cimiento de sacrificio nacía la pequeña ciudad. El aliciente de su fundación había sido el oro, pero para aquerenciarse pronto con la tierra tenían allí los forasteros la invitación de uno de esos paisajes en que el hombre se siente llamado a las tareas elementales del sembrador y del pastor. En el Ávila conocían el milagro cromático de un monte que no obstante su elevación y majestad, en lugar de infundirle a la villa esa adustez típica de los lugares montañosos, les resultaba más bien el más generoso proveedor de colores. Por el límite sur bordeábala el largo encaje cristalino del Guaire, suerte de río pastor que venía desde el oeste apacentando dóciles y dilatadas campiñas, las que recorría acariciándolas en un curso sin prisa hasta perderse por el este en una lejanía de valles y colinas azules. Desprendiéndose en blanquísimas caudas desde la gran cumbre podía percibirse a la distancia el rumor de las torrenteras, y aun mirarse en los días claros cómo iban hilando sus aguas a medida que la montaña se resolvía en floresta, hasta dar nacimiento a los tres riachuelos que bajaban de norte a sur: el Caroata, el Catuche, el Anauco, y más lejos todavía, en el extremo este, río de nombre tan hermoso como el Caurimare. Todo el año era gozo de flores y colorido.

En el verano era la explosión roja de los bucares incendiando las campiñas del sur; o eran en la montaña las vastas manchas de oro de los araguaneyes, la sorpresiva nevada de los apamates blancos, la suntuosa femineidad de los morados, todos los colores graduados y servidos sobre la más rica matización del verde, todo como para una gran fiesta de pintores. Con la estación de las lluvias comenzaban a brotar los cundeamores, los yerbazales y árboles se vestían con las flores de Pascua, y en los remansos y pantanos blanqueaba el taburí, esa flor emblemática de la pureza en cuyo nombre inventaron los indígenas la más bella palabra para nombrar el loto. Entre la gran familia circulante de los tucusos, de los cristofué, de los arrendajos, de los capanegras, entre la bulliciosa población ornitológica que por entonces coloreaba los aires de Caracas, aún ejercía su poético señorío el taramayna, especie de padre de la patria de los pájaros del que tomó su nombre la tribu de Paramaconi. Era también el valle próvido en frutas. Por la abundancia de guanábanas que crecía en sus orillas llamaron los indianos Catuche a uno de sus ríos; la de papayas dio origen a la denominación de Los Lechosos con que se nombró otro punto de la ciudad, y de guayabas a la caraqueñísima esquina de Guayabal. Nísperos, mameyes, anones, aguacates, eran el banquete permanente que Caracas prometía en sus grandes fruterías naturales.

Comenzando por los frutos autóctonos de la tierra, cuyo cultivo se habían visto obligados a aprender de los indios en duros días de asedio y de escasez, sistematizaron la siembra de verduras y tubérculos que crecían casi silvestres en el valle. Ingresaron así en su dieta tradicional la batata, la yuca, el ocumo, el mapuey, sólidos alimentos de nombre y rudeza indiana que al asociarse a la gallina, al cochino, a las carnes de cría que ellos habían traído, dieron tempranamente origen a esa forma sustantiva y sabrosa del mestizaje culinario que alcanzó tan noble fama en los sancochos y mondongos de la cocina criolla.

Las muestras de riqueza que daba el valle en la opulencia de sus frutos decidieron en los hispanos su vocación de sembradores. Ya en 1600 en las vegas del Guaire y del Anauco ondulaban las espigas de la cebada, y cosechábanse con abundancia el repollo, las lechugas, los higos, la uva y los membrillos.

Repletos de habas y garbanzos de Caracas salían del recién fundado puerto de La Guaira los barcos para Margarita, Cumaná y Santo Domingo, de donde traían en trueque aceite, vino y telas. Entre 1588 y 1598, nos cuenta Arístides Rojas, llegaron a ser tan generosas las cosechas de trigo en el valle, que la harina se comenzó a exportar a las Antillas y a Cartagena. Desde aquella época hasta tiempos muy recientes gozó Caracas de gran prestigio por la calidad de su pan, tan rico de sabor como variado en sus caprichos de elaboración y aliño. Según su forma, su contextura, su tamaño o su condimento, los panes tradicionales caraqueños se llamaron desde entonces hogaza, butaque, sobado, cuaca, rollete, quesadilla, golfiado, María Luisa, chancleta, orejón y canilla de muerto. Como todavía no producían el azúcar, los panes finos como los alimentos, se endulzaban con miel de panales castrados en el  propio corral de las casas, y a los postres servíanse junto con los mameyes y chirimoyas del país, las manzanas, naranjas y duraznos que ya se habían aclimatado en las tierras de Macarao. Para las arepas y cachapas del desayuno nativo, que ya los españoles se habían acostumbrado a comer con buen avío de queso fresco fabricado en las vaqueras de Catia o de Las Barrancas, se hinchaban a los extremos del valle los copiosos maizales, buenos también para el sustento de las bestias.

La tierra que tan maternalmente los alimentaba servía también para guarecerlos. Formando cuadrilátero alrededor de la explanada que señalaron como Plaza Mayor, levantaron sus primeras casas, ejemplo de un curioso mestizaje arquitectónico en que la técnica indiana del bahareque tramado con caña amarga, se aplicaba al concepto europeo de la distribución de los espacios. Más que de albañilería parecían por su acabado obra de una alfarería rudimentaria.

Eran unas casas esponjadas e hinchonas, con superficies magulladas de abultamientos y redondeces que denunciaban la acción directa de la mano, con paredes que ondulaban al ritmo de los torcidos horcones en que se sostenía su esqueleto; casas que bajo el hirsuto cobertizo de gamelote que les servía de techumbre sugerían desgonzadas carretas de paja puestas en hilera. Por su aspecto general y por sus materiales seguían evocando el primitivismo de la choza indígena; pero contra la diseminación que dispersaba los vecindarios nativos en regueros de viviendas graneadas por los campos, ya aquí los frentes se sucedían racionalmente unos en otros, y de la línea recta que trazaban en conjunto, daban origen espontáneo a ese signo inicial de toda civilización que se llama la calle. En sus interiores se estrenaba la cultura del bahareque en novedades como los corredores con su patio para iluminarlos y ventilarlos, o como sus anchurosas cocinas en que las elementales topias indianas de tres piedras, se reemplazaron por la técnica más racional de la hornilla. Como había necesidad de alojar a los caballos, para entrar con ellos o para sacarlos de la casa sin perturbaciones para la sala, entre el portón de calle y el corredor se edificó el zaguán. Para comunicar la casa con el exterior conservándole al mismo tiempo cerradas sus puertas, se abrieron las ventanas, las que servían simultáneamente como ventiladores, proveedores de luz, y trinchera o garita en los casos de emergencia.

A favor de la inclinación del terreno, abrieron al principio dos largas calles paralelas que comenzaban por el norte en Catuche y llegaban por el sur hasta el Guaire. Una se llamaba la Calle del Mar, porque enlazaba en su extremo septentrional con el camino hacia La Guaira por el Ávila. En ella, cercana a la esquina que después se llamó de La Bolsa, estableció su casa Garci González de Silva. Fue también la calle en una de cuyas esquinas nacería en 1756 Francisco de Miranda. La otra calle se llamaba de San Sebastián porque pasaba por la ermita que levantó Losada en homenaje al santo flechado. El caudal que tenía entonces el Guaire les permitió construir  en el término de una de estas calles, un pequeño puerto al que llegaban en faluchos las legumbres y frutos menores destinados al consumo de la ciudad.

Bajaban también flotando en la corriente, las grandes maderas que desde allí se llevaban en mulas hasta los lugares donde se levantaban las nuevas casas.

Las calles servían a la vez de acueductos: merced a la pendiente continua del suelo, el agua bajaba con facilidad desde el Catuche por acequias tajadas en el medio de la calle, y de allí la tomaban los vecinos en grandes ánforas para llevarla a sus viviendas. Los que vivían más próximos a la corriente pedían “paja de agua”, o sea el derecho de sangrarla en ramales que llegaban directamente a sus huertos y patios. El agua tuvo la virtud de educar a los vecinos en el amor a las tareas de interés colectivo. Cada sector tenía la obligación de conservar en buenas condiciones el tramo de acequia de que se servía.

Tuvo además la de concentrarlos en un núcleo viviendario orgánico y urbanísticamente bien definido –lo que facilita en las ciudades la acción de los servicios públicos– y, finalmente, como el asesor topográfico más experimentado, les señaló con el impulso natural de sus corrientes, la dirección en que podían abrir las nuevas calles. Para mediados de 1636, cuando también se ha construido la Iglesia Mayor, ya al este de la gran plaza han aparecido dos nuevas calles: la de la Otra Banda, llamada después Calle de Catedral, y la de San Jacinto, donde iba a nacer en 1783 Simón Bolívar.

La arquitectura dominante seguía siendo de bahareque y paja cuando llegó a Caracas en 1577 el gobernador don Juan de Pimentel; pero ya se empezaba a trabajar en algunas manzanas con cal, arena y piedra; ya se cocían ladrillos y tejas; ya de los encofrados de madera comenzaban a salir las sólidas tapias que anunciaban la evolución de la aldea provisoria en ciudad estable. Con la llegada de Pimentel se iniciaba una nueva época para Caracas, pues fue aquel el año en que la ciudad fue elevada por real mandato al rango de capital de la Provincia de Venezuela. A pesar de que su administración se vio algunas veces perturbada por los indios que aún quedaban por amansar, Pimentel que no era un guerrero sino un excelente administrador, se dedicó ante todo a estudiar las características humanas, económicas y geográficas del medio en que ejercía su gobierno. Aunque con una prosa que hubiéramos querido más brillante y animada, compuso sobre Caracas un célebre informe al Rey que lo define como el primero de nuestros cronistas de la ciudad; y junto con su informe en el que inventariaba temas como el clima, la arquitectura, la población y la agricultura, levanta el primer mapa-plano de la Provincia de Caracas y de la ciudad de Santiago de León. En su mapa aparece la ciudad como un pequeño tablero de ajedrez compuesto de veinticuatro manzanas perfectamente cuadradas, y el centro ocupado por el gran cuadrado mayor que forma la plaza principal. Cada manzana ha sido calculada para cuatro casas de las cuales ya sesenta y cinco han sido construidas. En estas casas vivían con sus familias los conquistadores que habían entrado con Losada, parte de los pobladores blancos que en los primeros días inmigraron desde Borburata y algunos clérigos y frailes. Con las servidumbres y peonadas indias que vivían en los alrededores de la ciudad, la población sumaba entonces unos dos mil habitantes. El asiento de los poderes y casa de los gobernadores ocupaba el lugar donde hoy se encuentra la Gobernación del Distrito Federal en la esquina del Principal, llamada así porque en el otro ángulo de la esquina se estableció el

cuartel de la Guardia Principal. –Como la ciudad carecía de fondos y además había escasez de fuerzas de trabajo las que estaban casi enteramente dedicadas a las tareas más urgentes de la agricultura y la cría–, a los ciudadanos que incurrían en infracciones de las leyes y ordenanzas, la pena que se les imponía era cortar madera y allegar materiales para la construcción de los edificios públicos. Estas penas las aceptaban sin protestar los pobladores blancos, porque en realidad quienes las pagaban eran los indios que trabajaban para ellos. Para pavimentar los patios de las casas usábanse grandes lajas, para los corredores piedras más pequeñas clavadas de canto en apretadas hileras, y en algunas habitaciones interiores ya aparecían los empanelados de ladrillo; pero el material preferido para el piso de los zaguanes eran los huesos de ganado, los que fijados en la tierra muy juntos y simétricamente con la coyuntura hacia arriba, se combinaban a veces con franjas de redondeadas piedrecitas negras para formar las más dibujadas y relucientes superficies. Único tema de regocijo colectivo, y motivo también para airear sus enmohecidos lujos de guardarropía, eran las fiestas religiosas que de vez en cuando reunían a la población en el centro de la ciudad. Festejadas por campanas, salvas de arcabucería, música de vihuela y gaitas, salían en procesión Santiago el patrón de la ciudad, o San Sebastián acogido por Losada como su protector contra las flechas, o el milagroso San Mauricio, a quien atribuían gran eficacia como santo insecticida. Las procesiones eran un piadoso pretexto para celebrar en la Plaza Mayor sus animados juegos de toros, cañas y cabalgatas, deportes viriles a los que seguían los bailes y pantomimas con máscaras. Las damas vestían para la ocasión sus más señoriales sayas en pesados damascos o tafetanes ornamentados con acuchillamientos y pasamanería de hilos de oro, y los caballeros armonizaban en sus jubones y ropillas, en sus esponjados calzones de terciopelo o de perpetuán, combinaciones dignas de un Velázquez en que los colores eran el verde manzana y el dorado, el negro y rosa seca, el carmesí y el marfil viejo. Y no faltaban en el colorido conjunto los abigarrados cuadros de indios que bailaban en el círculo al son de sus tambores y maracas, ornamentadas las cabezas con plumajes amarillos y rojos. En días de mayor regocijo público como el de Navidad, parece que también se organizaban espectáculos de una elaboración artística más complicada, pues citando a un testigo que no menciona la fecha, cuenta un cronista que por aquellos tiempos se vio aparecer en la Plaza Mayor al capitán Pedro Galeas en un carro alegórico que representaba el vencimiento del Tirano Aguirre.

Después de la plaga de langostas que había arruinado la agricultura en 1574, no experimentaron los pobladores otra calamidad pública que el  incendio que destruyó en 1579 la ermita de San Mauricio; pero en 1580, sin disponer para su defensa de otro recurso que el de las inocentes rogativas a San Pablo, el valle es cruelmente atacado por un mal desconocido y terrible.

Esa fue la epidemia de viruelas que decidió por fin en favor de los españoles la lucha contra los indios, dejando a miles de ellos tendidos por los campos, pero que también diezmó a las tribus ya amansadas y a las familias pobladoras, y al restarle sus mejores brazos a la tierra paralizó la producción.

Para que estas epidemias llevaran a veces sus estragos a magnitudes de hecatombe y tierra arrasada, favorecíanlas no solo su encuentro con vastas comunidades humanas que aún no habían desarrollado sus defensas naturales contra ellas, ni solo la indigencia casi absoluta en que vivían las ciudades en materia de asistencia social, sino el espíritu supersticioso que dominaba en los españoles para enfrentar las plagas y pestes. Casi intactos habían trasladado a América los usos y ritos del creencialismo medieval, que aún prevalecían en la reaccionaria España de Torquemada cuando ya en Italia, Inglaterra y Holanda se abría paso el luminoso cientificismo del Renacimiento. Interpretando las calamidades como explosiones de la ira de Dios, creían ingenuamente poder aplacarlas invocando la abogacía de santos y santas capaces de elevar hasta el colérico Creador su imploración de clemencia. Así las energías colectivas y fondos que pudieran dedicarse a medidas prácticas de sanidad se distraían en procesiones, en misas, en levantamiento de altares y ermitas para los santos elegidos como abogados de la ciudad en momentos de flagelo. El resultado era retardar en el pueblo el advenimiento de una conciencia sanitaria y dilapidarle recursos y cuidados que ha podido dedicar a la preservación de su salud, en el sostenimiento de cultos y supercherías que se multiplicaban con las calamidades. Cada peste y cada plaga tenía su correspondiente antídoto en el santoral, y desde luego cada santo arrastraba su fauna parasitaria de clérigos y cofradías que medraban de la candidez de los devotos. A la plaga de la langosta siguió el culto de San Mauricio; a la de la viruela el de San Pablo; contra el gusano del trigo se erigió el de San Jorge; contra los parásitos que arruinaban el cacao, el de Nuestra Señora de las Mercedes; se invocaba a la Virgen de la Copacabana contra las sequías, a las del Rosario y de las Mercedes contra los terremotos, y a San Nicolás de Tolentino contra los ratones que se comían las sementeras. Hasta para preservar a las gallinas de la enfermedad llamada pepita tenían en todas las casas una peana con la imagen de Santa Rosita de Viterbo. Para conjurar las centellas en los días de tempestad se colocaba en el medio de los patios una cruz de palma bendita puesta sobre un plato de agua.