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jueves, 13 de agosto de 2020

Cultura Unellez-VIPI 30. Leyenda de Marco Aureliano y el Cantor Desconocido (Encarnación Rivero)

 

De sus dotes como cantor llanero presumía Marco Aureliano.

Imagen en el archivo de Ofelia Rodríguez Pérez



Yo le contaría un cuento. Lo que pasa es que es largo. Pero es’ pulío’… aunque esto no es cuento; es cuento porque yo  lo estoy contando… Yo estaba muy muchacho, y había unas fiesta por ahí en esos campos. Ahora se presentó que un señor de Puerto Palacio,  llamado Rogelio Ríos, se enamora de una muchacha de Barbacoa, y él le dijo que si conseguía casarse con esa muchacha, a los cantadores que fuesen –ahí papá y varios cantaban–les daba el gusto de que si querían beber guarapo de caña, o si querían comer pavo horneado o cochino, lo que fuera, él lo compraba. Se llegó el día que la muchacha dijo que sí. Se presenta el matrimonio. Llegaron todos los cantadores de estas regiones; y ahí iba mi papá. ¿Está escuchando, señor, el cuento? El, temprano, me acostó. Él se ocupaba de vender casabe y dulce y queso. El me acostaba y me dejaba los medios de casabe picados y las lochas de queso. ¡Imagínese  una locha de queso! Cuando eso, no había tanto ladrón como ahora.

Bueno, está un señor de aquí, de Zaraza. Usted sabe, pero ese era el cuento: que a ese señor lo llamaban Marco Aureliano, así se llamaba él, y él era de Zaraza y se robó unos reales. Lo llevaron preso para Calabozo, que era la capital. Después lo soltaron y se cansó el hombre, se vino pa’ donde llaman Guanipa, más acá de Palenque; allá se alzó una muchachita, lo volvieron a llevar. Lo soltaron y se fue a vivir para Barbacoa, donde nadie lo conocía. Ya había dejado transcurrir él muchos años; nadie conocía la historia. Ese era uno de los cantadores que estaban en la parranda.

Entonces este Marco Aureliano estaba triunfando. Fue el mejor cantador. Se llevó diecisietes cantadores, ande entraba mi papá.

Ya la última noche, como a la una de la madrugada, llaman a los cantadores y a los músicos a comer. Un hermano del músico cogió el arpa y se puso a puntearla. Se presentó un hombre en un burrito con un sombrero de esos que salían antes, que decían que eran de casabe, de pajita. Empezó el hombre, cogió los capachos y empezó a cantar. Don Marco Aureliano, viendo que el hombre está cantando sabroso y que el tiempo apremia, se apareció.

Ahí llega Don Marco Aureliano y le quitó los capachos y sale con aquello que dice:

¿Quién es este cantador

que canta aquí en poblado?

Parece- animal ajeno

que yo tenía amarrado.

 

Ahora le contesta el hombre, el hombrecito; le dice, amurrungaíto porque está  asustado:

Yo estoy cantando aquí, Don marco,

porque cantando llegué

y ahora quiero que me diga

cantando quién es usted.

 

Le contesta Don Marco como un fierón:

Yo soy Don Marco Aureliano,

relancino en el cantar,

el que arroja a los cantores

a lo profundo del mar.

 

El pobre hombre abrió los brazos y dice:

¡Aonde me acordaba yo

de Don Marco, el cantador!

El que lo tuvieron preso

por ladrón y forzador.

 

Ese hombre, cuando lo lastimaron sacándole la historia vieja, se quedó abismado. Hacía como cincuenta años de eso y se quedó así;  pero, como cantador de fama, de chispa le dice:

 

Negrito sombrero blanco,

alabancioso embustero,

serías tú aquel esclavo

y te robaste el dinero.

 

Le contesta el negro sin más concha:

Don Marco, si soy esclavo,

eso no es cuestión de usté,

usté que no me ha comprado

Porque no tiene con qué.

 

Sale Don Marco, que no hallaba qué hacer, sale con esa rabia y le dice:

Negrito sombrero blanco,

amí no me digas nada;

que me hace calentá

y te rompo las narices;

porque Don Marco Aureliano

sabe cumplí lo que dice.

 

Ahí le contestó el hombre sin más concha, arrinconao:

Don Marco, si usté lo intenta,

darme una bofetada,

se le cae la caña a pedazos,

porque soy cosa sagrada.

Ahí le quitaron el arpa, perdió el premio. Eran cien bolívares que había. Se lo dieron al hombre, después de estar tres días cantando. Se lo llevó el hombre del burro. Y así suceden las cosas.

Valle de La Pascua (estado Guárico), 1977.

 

(*)Textos tomados de: El  héroe en el relato oral venezolano, (1992), de Pilar Almoina de Carrera. Caracas: Monte Ávila Editores.


martes, 19 de mayo de 2020

Cultura UNELLEZ-VIPI 10. Catorce cuentos breves llaneros (varios autores)



Cada historia, cuento o leyenda es un camino en el Llano.  
Imagen del archivo de Elkin Cardozo. 


Los siguientes desarrollos narrativos fueron concebidos en diferentes talleres literarios impartidos en la UNELLEZ-San Carlos, institución de la que egresaron la totalidad de los participantes involucrados. El objetivo de esta compilación es mostrar diversas historias que enriquecen la narrativa tradicional llanera. Doce de los catorce textos presentados son propuestas colectivas de tres o más participantes. En su labor, los participantes, se vincularon con temas patrimoniales de familias o comunidades del Llano cojedeño.  Al final de cada enlace se ubican los datos de los diferentes participantes (26 mujeres y 2 hombres), así como algunas personas asesoras de estos talleristas que suministraron sus identidades.

Gracias por su visita.


Prólogo, selección y notas de Isaías Medina López.   

 

 

CON LA MUJER NO PUDO NI EL DIABLO.  Las historias del encierro del Diablo dentro de una botella, aluden al peligro de liberar al rey de los demonios y también al oscuro don de la palabra de quien allí lo sometió. En la literatura universal existen, con el mismo título-motivo, una pieza de Robert Louis Estevenson (1850-1894), varias versiones populares mexicanas y, en Venezuela, la del cojedeño José Guevara, de Macapo. En este caso, se trata, además, de un cuento dentro de otro cuento, al estilo de los viejos narradores orales del Llano en un efecto de metaficción. Lea completo este  breve  cuento en:

http://letrasllaneras.blogspot.com/2010/02/con-la-mujer-no-pudo-ni-el-diablo.html

 

 

EL BRUJO DE PLATANAL. El tema de los falsos brujos sacude desde siempre el corazón de los llaneros casi en idéntica proporción al tema de los reales poderes de la hechicería. En las comunidades tradicionales y hasta en los centros urbanos modernos, los hechiceros mantienen su vigencia de siglos atrás. Este texto se involucra en ese submundo tan apasionante, enlazado con el destino fatal de otro de los pueblos fantasmas del Llano. Lea completa esta breve historia en:

http://letrasllaneras.blogspot.com/2010/02/el-brujo-juan-camacho.html

 

 

EL JINETE SIN CABEZA. Otro relato sobre tan afamado espanto. En las referencias internacionales, destaca la versión de Washington Irving: Sleepy Hollow, de 1820. Los cuentos venezolanos, en especial la presente historia datan de 1812, durante el asedio de San Carlos, hecho por Domingo Monteverde y la traición de Juan Montalvo, líder del célebre Batallón de Caballería de El Pao, en la Guerra de Independencia. Hay otra versión, muy notoria, que solía contar Juan Ignacio Vilorio (1934-2008), fijada en Tinaco, con el mismo extraño motivo: el amor en los tiempos del conflicto independentista.   Lea completa esta breve historia en:

http://letrasllaneras.blogspot.com/2010/02/el-jinete-sin-cabeza.html

 

 

LA VENGANZA DEL ÁNIMA DE TUCURAGUA. Para los seguidores del culto a los espíritus custodios no hay peor transgresión que buscar, sin el debido consentimiento, los tesoros que algunos entes del más allá protegen. Pero, las necesidades humanas, muchas veces, sobrepasan esas precauciones, y los transgresores pueden perder sus almas y sus vidas, sin distinciones entre quienes lo hacen por codicia o por resolver un grave problema. Aún los más inocentes y mejor intencionados caen sin alternativas, en las redes de estos misterios inexplicables que sacuden los Llanos de Cojedes. Lea completa esta breve historia en:


EL JINETE SIN CABEZA Y EL AHORCADO DEL SAMÁN. En este relato se integran dos ejes argumentales de la narrativa oral llanera: El Jinete sin Cabeza y El Ahorcado del Samán. El encuentro de ambos espectros, se tiñe de verosimilitud en la temática americana de la Guerra de Independencia (conflicto en el que todo lo imposible se tornó realidad) y, más aún,  en las pasiones amorosas que rebozan los límites de la misma muerte. Lea completa esta breve historia en:


MARÍA DE LOS TORMENTOS. En esta otra historia sobre el Jinete sin Cabeza, se suma un intenso protagonismo femenino y tres elementos de la religiosidad popular: la práctica de la hechicería indígena; la reverencia a los santos y; el comercio de los milagros. Su ubicación cronológica es la Guerra de Independencia, hecho de armas en la participaron humildes llaneros, algunos, con rango de verdaderos héroes nacionales, pero cuyos anónimas identidades solamente sobreviven en los breves relatos que se narran en las llanuras. Lea completa esta breve historia en:


LA MUERTE ERA UNA ROSA. Los relatos sobre las mujeres que, una vez muertas, se convierten en espantos vengadores inflexibles, mantiene una gran atracción en cualquier ámbito cultural. En la narrativa tradicional del Llano, ese prototipo de personajes, desencadena una tragedia directa a otros involucrados, generalmente, por causa, de la peligrosa mezcla sin límete  del orgullo y la lujuria. Su perfil se adscribe al extenso conjunto de leyendas venezolanas centradas en la temible Sayona. Lea completa esta breve historia en:

EL ABUELO, EL GALLO CANAGUEY Y JUAN TENORIO. En esta narración se marcan tres viajes simbólicos: el de Marta hacia sus raíces ancestrales, encarnadas en la figura del viejo contador de historias. El viaje evocativo que realizará ese anciano contador de la historia  hasta la Costa venezolana desde las llanuras de Tinaco y, quizá el más trascendente: el viaje desde este cuento hacia otro cuento, en un proceso de metaficción que le da un doble espacio a la fabulación tradicional.  Lea completo este  breve  cuento en:

http://letrasllaneras.blogspot.com/2010/02/los-misterios-de-la-costa.html

 

 

EL HOMBRE QUE LE VENDIÓ EL ALMA AL DIABLO. Esta pieza es otra forma de relatar los sucesos que acontecen cuando se producen los pactos con el Diablo, desencadenante literario de numerosas y famadas historias en todo el planeta. El texto se expande en la psicología de los personajes y proyecta las pesadillas de intentar salvar el alma de un poseído esta vez con ayuda de un rezandero, y  no con los auxilios de la ciencia y la religión clásica. Lea completo este  breve  cuento en:

http://letrasllaneras.blogspot.com/2010/02/el-hombre-que-le-vendio-el-alma-al.html

 

 

EL SALVAJE DE LA SIERRA. Este corta historia se inscribe dentro del imaginario fabulador de los amores de La Bella y La Bestia, considerado,  como tema destacado de la literatura oral presente en todas las culturas, según Antonio Rodríguez Almodóvar. Tan calificada acotación resalta la figura de uno de los espantos más clásicos del Llano cojedeño, presente en diferentes versiones teatrales, poemas y éxitos discográficos de ayer y hoy.   Lea completo este  breve  cuento en:


 

 

MELÁNCOLÍA TORMENTOSA. “La noche anterior las estrellas se metieron en la oscurana del cielo, hasta que los pensares y los recuerdos la apresaron en su mente. El aguacero  se acercaba, ya tenía avisos desde muchas horas atrás, los truenos casi se metían en la casa y el rugido del miedo se adueñó de su vista paralizándola. En un santiamén su mundo cambió, no podía abrir los…” Lea completo este  breve  cuento en:

http://letrasllaneras.blogspot.com/2013/08/melancolia-tormentosa-narrativa.html

 

A UN PASO DE LA NADA. Nuevamente se hace presente  el Diablo como eje de esta narración llanera tradicional de Cojedes; una de las figuras favoritas del imaginario universal, en esta ocasión, seriamente obsesionado con un ser inocente, incluso desde aún antes de que naciera, quedando a "un paso de la nada". Es un destino marcado por la codicia y, a pesar de los esfuerzos de la heroína su tragedia se cumple con rigurosa crueldad e incremento dramático. Lea completo este  breve  cuento en:

http://letrasllaneras.blogspot.com/2010/02/las-almas-del-mas-alla.html


 

LA SEQUÍA DE GARABATO. En este cuento confluyen tres elementos clave de la literatura oral: la ruina ambiental que marca la sequía; el encuentro de varios objetos misteriosos y malignos y; el secreto causante de la locura de Victoria, que rige, como eje temático la presente narración. El tópico del enigma  enloquecedor se extenderá a este poblado, ignorante de su aciago destino, casi hasta convertirlo en uno más de los otros muchos pueblos fantasmas de los Llanos.   Lea completo este  breve  cuento en:

http://letrasllaneras.blogspot.com/2010/02/la-sequia-de-garabato.html

 

EL ESPANTO DE QUEBRADA SECA.  Muestra la disputa entre una joven maestra y los ambiciosos ganaderos  que pretenden convertir a los estudiantes de una escuela rural en sus sirvientes, recurriendo al respeto ancestral a los fantasmas y de las tradiciones en la comunidad sede de esta historia. La tensión entre la maestra, los pobladores y los que quieren apoderarse de la voluntad de los escolares, le da un inusitado argumento dentro del Teatro de Estampas propio de la cultura llanera. Lea completa esta estampa criolla en: http://letrasllaneras.blogspot.com/2012/07/el-espanto-de-quebrada-seca-guion.html


lunes, 22 de agosto de 2011

Un cuento llanero de fantasmas: "LA NOCHE DE: EL CANILLÓN" de Juvenal Hernández

    
(A la altura de este poste, en medio de la sabana,
pasan las rodillas de El Canillón)

 El último botiquín que en el pueblo permanecía abierto, situado en la esquina de la avenida Bolívar, cruce con calle Flores, estaba a punto de cerrar por lo avanzado de la hora. Eran casi las once de la noche. La mayoría de los pobladores dormían. Los amplios portones hacían las veces de celosos guardianes, mudos e imperturbables, reforzados en el cuido de sus dueños por la tranca segura y aldaba inseparable.
     Las ventanas, mostrando sus alegóricas mamparas, dejaban entrever, a la luz de encendidos velones, ofrecidos al santo de la devoción, una pequeña cuota de la intimidad de la casa.
     Los tejados rojos, unos, pajizos, otros, tejidos por las manos de albañiles, o alarifes antañosos, eran graciosos corredores de noctámbulos gatos y pensión de sempiternos murciélagos que agitaban el aire con sus grandes alas.
     Las aceras, sobre las que la brisa pasa su escoba recogiendo lo que otros han dejado atrás, eran hilos de cemento y piedra por donde se van los pasos de los pobladores, en los días, con perfiles de sol, y en las noches con luces de luna, o ligero alumbrar de luceros, extendidas bajo el zócalo de la casa, eran cintas plateadas como si la calzada de la calle se prolongara buscando subirse a los techos por las paredes del poblado.
     La brisa, paralítica las más de las veces, muy poca se sentía. Sin embargo, de vez en vez, una escuálida racha se colaba y apenas movía las hojas de los árboles, llevando consigo un grato olor de mastranto lejano o el ácido aroma de los orines de la vacada que en la calle tenían sus lechos tan igual al potrero que les era común.
      El dueño del botiquín, quien a la vez era el dependiente, atendía a la clientela de acuerdo, a cómo se lo permitía, el carácter bilioso que le configuraban sus funciones hepáticas, había corrido la voz de cierre a los pocos parroquianos que se encontraban en el interior del negocio.
     Las luces del pueblo se habían apagado desde hacía rato, a la hora nona de la noche. Esas no volverían hasta el siguiente atardecer, ya casi pasaditas las seis de la tarde, cuando unos tambores, empujados por manos laboriosas, preñaran de combustible y lubricante la panza del motor que debía generar la luz al pueblo, encendiendo muy tímidamente unas cuantas bombillas de muy poco voltaje. Luz que cotidianamente era lánguida, mortecina, triste, era como apenas un cocuyo en la noche.
     - Amigos míos, es hora que se vayan- dijo el hombre del bar, un negrito de mediana estatura, pelo ensortijado, ojos agrizados, lucía una camisa marrón manga corta, pantalones que una vez fueron blancos y viejos zapatos de dos tonos.
     Luego, con voz ácida les espetó:
     - Mi negocio es vendé y vendé...  -guardó un mínimo de silencio y agregó... pero no aguanto más.
     Seguidamente se pasó las manos por la cara, estrujándose los ojos, en señal de tener mucho sueño.  Después, las dejó correr de la cabeza hasta la cintura, dándose una fuerte frotada con la que quiso indicar que el cansancio, también, lo dominaba. 
     -Servínos un palo más, vale, y nos vamos-  dijo uno de los consuetudinarios clientes, a la vez que mostraba una hilera de dientes que reflejaron, en sus abundantes orificaciones, la escasa luz que se bamboleaba, prendida al extremo de una vela, aplastada sobre un pequeño tarro invertido colocado en el mostrador que hacía las veces de barra.
     -El botiquinero refunfuñó algo, pero, sin embargo, tomó por el cuello una botella, de las que estaban en la armadura, le quitó la tapa sirvió tres palos largos de aguardiente claro, y luego abrió una caja llena de hielo conservado con aserrín, sacó de allí un botellón de cerveza que destapó y colocó con dos vasos de casquillo, para aquellos bebedores.
     Luego, como se demoraban en irse, les apremió a que lo hicieran. Inmediatamente les soltó un adiós que nos les auguraba ni siquiera un sueño feliz, a la vez que les exigía el pago en moneda constante y sonante de la consumición.
     Uno de los hombres alzó su copa.  Vació el contenido de ellas en lo más profundo de su garganta, como si se tratara de un gargarismo, tragó violento , tosió, carraspeó duro, devolvió el vaso al mostrador, canceló y salió por la única puerta que a medias se encontraba abierta.
     Los demás quedaban allí, parecían indiferentes. Los de las cervezas ya casi la vaciaban. Los otros, tomaban despacio como si estuvieran dispuestos a permanecer más tiempo allí.
     El dueño del bar recogía peroles, aplastaba cucarachas, mataba zancudos con las manos, perseguía ratones incursionadores en la vieja armadura, dando tiempo a que remataran el palo aquel. Ya le parecía interminable la presencia de aquella gente en el bar.
     Bueno vale, qué vaina es esa -fue la áspera advertencia que les hizo acercándose al grupo, para continuar diciéndoles-  No quiero amanecé aquí, vamos pues, eso es saliendo-  y palmoteó con las manos como quien arrea manada de animales.
     Al rato, empujando a uno, halando a otro, a tiempo que le inquiría a los restantes que se fueran, dio una gran soplada a la vela.
     La llama bailó una danza de resistencia, las sombras giraron al compás de la misma, y al final se apagó comenzando a despedir el olor suigéneris de la combustión interrumpida, y candado en mano, con la gente ya en la calle, cerró la puerta.
     Seguidamente se fueron. Unos acompañaban al botiquinero, pues eran vecinos y las calles a seguir eran las mismas. Estos alborotaban. Voces altas y fuertes risas iban regando en su trayecto sobre la quietud de la noche.
     Otro, se fue con su carga de soledad en sentido contrario a los anteriores. Irá hasta su casa, como los demás, a pasar el éxtasis etílico de su parranda sobre el nuevo catre, que quería estrenar con la hermosura de su negra, que seguramente no había pegado un ojo esperándole entre asustada y con la esperanza del gozo que le significaba el nuevo mueble.
     Quedó uno solo de ellos. Este permaneció parado  en la esquina del bar pensando por donde irse mejor. En más de una ocasión había dicho que el aguardiente le daba valor y fuerzas para enfrentarse a cualquier cosa. Sentía como le invadía una cierta embriaguez.
     La verdad era que en ninguna oportunidad de su vida había caminado solo en la noche. Recordó que, siempre, sin necesidad de proponérselo, andaba acompañado de alguien en sus juergas nocturnas.
     Pero, ahora era diferente. Sumergido en aquella soledad del pueblo, en una noche oscura en la que apenas se podían distinguir las cosas, sobre todo las lejanas, por su mente pasó el recuerdo de aquellos cuentos que oyera cuando niño: “El Carretón”, “La Llorona”, “El Enjustanao”, “La Procesión”, “Las Ánimas”, “El Tirano Aguirre”, “Asmodeo”, “La Bola de Fuego”, “El Ahorcao”, “El Canillón”, “El Silbón”, “El Niñito Llorón” y muchos más.   Sentía que una gran intranquilidad le comenzaba a dominar.
     Recordó, además que él en alardes de nada temer,  para asustar a niños y mujeres, temerosos de fantasmas,  había inventado muchas aventuras de ese tipo y echado cuentos de la misma calaña.
     Él, que había dado rienda suelta a su imaginación creando criaturas fantasmagóricas, tétricas, alucinantes, de pesadilla, sentía ahora algo así como una premonición que le indicaba que algo serio y terrible le iba a ocurrir.
     Alguien le había dicho, una vez, que de tanto inventar esas historias de fantasmas y aparecidos, iba a caer en el asombro de sus propios fantasmas.
     Se recostó de la pared.  Inspiró un poco de aire que le robó a una leve ráfaga, que rauda pasó por su lado,  y luego la expulsó contaminando la poca brisa que seguía a la otra con su podrido vaho alcohólico.
     Alzó los ojos buscando compañía en los alrededores, pero únicamente encontró soledad, penumbra y silencio. Un movimiento de algo, a una cuadra de distancia, le hizo pensar en la presencia de alguien, pero, luego de una nueva ojeada logró distinguir la figura regordeta de una vaca echada cerca del portón de una de las casas.  
     Sin embargo, sintió valor después de deducir que al faltarle compañía de una persona bien valía la pena la presencia de un animal. El trance le era difícil. Así, pues, haciendo de tripas corazón, trató de irse por la calle con la ilusión de encontrarse con un animal, aunque fuese, para darse algo de valor.
     Dio varios pasos, caminó apenas unos poquísimos metros. Se detuvo. No sabía qué hacer si irse o esperar allí la llegada del amanecer. Quedarse era necio, absurdo. Irse era, tal vez, salir en busca de lo que le esperaba, pero no le quedaba otro camino. Así que con su bagaje de miedos se decidió a salir para su casa dándose ánimos.
     - Por aquí me voy, ni me quedo, ni me devuelvo - se dijo -  salga sapo o salga rana, así será- continuó aseverándose muy íntimamente.
     Sentía miedo. Nunca le había ocurrido. Pero, siempre, hay una primera vez. Pensó en un amigo que, una vez, hablando con él, le dijo que en casos como éste, que él estaba viviendo, cuando se tenía miedo de permanecer solo, nada mejor que ponerse a hablar consigo mismo, o cantar una canción en voz alta, o silbar una melodía, o hacer ruido con algo que se llevase a mano. 
     Con esta idea que le había llegado, así tan de repente, se dispuso a partir. Agradeció mucho el consejo de aquel amigo que no sabía donde estaba por estos días, y sopesando las alternativas se decidió por la más convincente, de ellas. Y se fue caminado por la calle donde se encuentran la “Casa del Santo”, llamada así por ser la casa habitación de los guardianes del Nazareno, y la Casa del Concejo Municipal, llamada la “Casa de Gobierno” porque allí, además del Consejo Municipal, funcionaba la Jefatura Civil y el Juzgado de Distrito. Otros le decían la Cárcel Pública, debido a que en sus instalaciones estaba ubicada la Policía del pueblo.
     A los lados de su caminar divisó aleros, paredes, árboles de vieja data. Al frente veía como se le iban acercando las rejas de aquellas Plaza Bolívar que, llevando el nombre del Padre de la Patria, lucía un busto de otro Héroe de la Independencia: el Gral. en Jefe José Laurencio Silva, hijo de este mismo pueblo. Todo ello lo distinguía en una escasa visibilidad que la oscuridad le permitía.
     Aplicando una de las fórmulas que le podían inyectar ánimo, comenzó a hablar en voz alta consigo mismo. Se hacía preguntas y les daba rápida contestación. Se daba consejos. Se hacía recriminaciones. Cuanta cosa se le ocurría escapaba de sus labios. Pensaba en voz alta. Pero, no, el subconsciente, trabajando a todo dar, le traicionaba. Los ojos le iban de uno a otro lado, buscando en sus travesuras algo que no quería encontrar.
     Oteaba en las distancias. Escudriñaba en las cercanías. Miraba y remiraba en su entorno. Vigilaba la ruta que seguía. Esta actitud le molestaba porque le distraía. Le hacía perder el hilo de la conversación íntima que pretendía sostener. Por más que trataba de volver a ella no le era posible la recuperación firme del pensamiento Desistió de esto cuando apenas llegaba a la esquina de la plaza.
     Quiso cruzarla en diagonal, pero, no pudo porque sus puertas permanecían cenadas. Se aferró a ellas con vehemencia. Al final, un suspiro de impotencia se le escapó disolviéndose en el aire de la media noche.
     El aguardiente comenzaba a hacer sus exigencias. Una sed inmensa comenzaba a martirizarle la boca y la garganta.
     -¿Dónde beber agua? ¿Dónde tomar algo? -se preguntó y el mismo se dio la respuesta- No encuentro nada.
     Se fue por la acera norte de la plaza. Ya no conversaba. Se dedicó a silbar. Pero, miraba insistentemente hacia adelante. No se atrevía a bajar la mirada, atento a lo que se le pudiera acercar sorpresivamente, para tratar de correr. Escaparse. Huir. Tropezó con un piedra, tirada en la acera, y perdió el equilibrio, no cayó, pero se le fue el silbido de los labios y sólo pensaba en los fantasmas de la noche.
     Perdida la serenidad para conservar consigo mismo, o para poder silbar, sacó de sus bolsillos un grueso manojo de llaves. Comenzó a sonarlos, primero, en las manos, luego contra sus muslos, más tarde contra el enrejado de las plazas, y después, las zarandeaba al aire. Aquella idea que era aguijón de miedo, de temor y de pánico, no le abandonaba con sus tétricas punzadas.
     Se detuvo un instante. Quiso regresar y no lo hizo. Quería hablar, silbar, correr, hacer ruido, pero el miedo se lo impedía.
     Justo entonces sonaron doce campanadas en la iglesia. Sintió sacudirse a su lado los muertos que transitan al filo de la media noche. Sabía que las campanas no suenan solas, mas imaginó que habían sido tocadas por el sacristán cumpliendo con la tradición de, en funciones de sereno, avisar la llegada de las doce de la noche con igual número de campanadas.
     - Sí, claro, han sido tocadas por el sacristán- se dijo mentalmente.
      Sintió un poco de ánimo con ese pensamiento. Pensar que había alguna persona cerca le dio coraje y con  decisión se fue siguiendo su camino.
     Llegó a la esquina nordeste de la plaza. Cruzó  hacia el sur y con unos pocos pasos quedó frente a la  iglesia. Volvió al recuerdo de los fantasmas y tuvo miedo de levantar la vista. Tenía los ojos fijos en la punta de sus  zapatos, hasta entonces no se había dado cuenta que estaban raídos y desconchados en las puntas, con mugre barro y bosta de la calle. Sólo se veía él, es decir; su  parte inferior, de la cintura para abajo. Le pareció que parado allí se encontraba incompleto. Apenas movía los ojos, de un lado para otro, y en un reducido espacio que, poco a poco, fue alargando a medida que sus impulsos dominaban la situación. Por eso, los fue deslizando lentamente hasta tropezar con el centro de la calzada, luego con la acera de enfrente y allí los dejó posados.
     De repente sintió un escalofrío que estremeció todo su ser.   Los pelos se le pusieron de punta, la epidermis se le volvió un erizo.   Un frío, no sabía de dónde, se le estaba calando hasta los huesos. Presentía que algo no muy distante le acechaba. Era una terrible sensación. Trató de rezar, mas no pudo. Sintió la desesperación de no saber rezar. Recordó que nunca quiso, desde niño aprenderse las oraciones que su madre se empeñaba en enseñarle. Cuando, en su casa, trataban de enseñarlo, ya adolescente, salía con una bravuconada. Ahora, lamentaba no haber aprendido aquellos rezos.
     Rebuscó en su interior un tanto de valor y cambió su comportamiento. Se sintió diferente, había pasado la crisis, el pánico se había ido. Recuperado, deslizó su mirada hacia la pared frontal de la Casa Cural. Vio su amarillo colonial, y entonces, cosa curiosa, comenzó a recordar todas las casas amarillas que había conocido. Ello le sirvió para abstraerse, un poco, de la angustiada del momento.
     Dio varios pasos más y al cambiar su mirada hacia el lado opuesto fijó los ojos de la parte sur de la fachada de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de la Chiquinquirá de El Tinaco. De pronto no quería avanzar más, ni con la mirada, ni caminando. Le parecía que algo lo detenía.
     Volvió el escalofrío. Otra vez el miedo en forma de erizo sobre la piel. Una brisa pasó fugaz, parecía que le halaba los pantalones. El miedo se le arrinconaba en todas las partes del cuerpo. La mente se le plagó, nuevamente, de recuerdos asustadizos.
     Vuelta a pensar en las oraciones y nada. Le vino a la memoria, nuevamente el sacristán. Quiso encontrárselo para abrazarlo, hablarle, tenerlo a su lado, que le hiciera compañía y con su ayuda terminar aquella agonía. Así cobró fuerzas otra vez. Lo buscó cerca, pero no lo encontró.
     - Si tocó las campanas, está en el campanario- se dijo para sí.
     Alzó los ojos para tratar de verlo en lo alto, donde están las campanas y los que vio le heló la sangre. Un hombre inmenso, semejante a un gigantesco muñeco, de largas piernas, que montado en el campanario las estiraba hasta el suelo.   Perdió el aliento. No podía hablar, menos gritar, ni dar un paso, tampoco correr. La impresión le dejaba en el pecho un terrible susto cardíaco. Era un ser grandote, delgaducho, fumándose un tabaco tan descomunal como él mismo.
     Las piernas las bambuleaba de una puerta a otra, en la entrada de la iglesia, y las chocaba, luego, arrancando chispas de candela con sus tobillos y talones. Aquel ser reía diabólicamente.
     Ja. Ja. Ja. Ja. Jaaaaaaa... Ja. Ja. -Era risa satánica.
     Aquella risa grave, profunda, estentórea, invadía sus oídos, mientras un vaho de sulfuro le llegaba a la nariz.
     Los brazos los extendía el fantasma y le quedaban sobre la techumbre de la iglesia y cuando recogía sus manos aparecían amontonadas sobre los balcones de la fachada.
     Sentía que la muerte le llegaba en forma de fantasmas, de noche oscura, de pueblo solitario, de angustia sin compasión. Estaba inmóvil. Sin embargo, hizo un esfuerzo supremo y sus ojos, que parecían dominados por aquel extraño ser de ultratumba, comenzaron a girar como lo dictaba su voluntad.
     Apenas les dio vida trató de desviarlos de aquel sitio y, muy poco a poco, lo fue logrando hasta que ­comenzó a sentirse con libertad de movimientos, capaz de caminar y sobre todo correr.   Dio la espalda y salió a todo escape. Ya no le importaba hacia donde dirigirse. Correría y correría, hasta perderse de aquel lugar y llegar a su casa, para pasar aquel asombro.
     Alcanzó la esquina norte de la iglesia y cruzó hacia el río, hacia el este del poblado. No había andado ni una cuadra cuando desde el alero de una casa le llamaron.
      - ¿Señor, señor, qué le pasa?  -le dijeron-  -¿Por qué corre tanto?-  le volvieron a interrogar con vivo interés.
     Detuvo la carrera, descansó por breves segundos. Nuevamente se sintió seguro. Hizo cortas inspiraciones. Expulsó fuertes bocanadas de aires. Recuperó la confianza en sí mismo. Extrajo un pañuelo, amarillento por el sucio, del bolsillo del pantalón y se lo pasó por la frente secando el sudor, que parecía siglos, que le estaba corriendo y cogió aliento para responder al interlocutor que aún no había visto.
     -Vengo asombrado de la otra calle, compañero- contestó jadeante.
     -¿Qué hay en esa calle? -fue la nueva pregunta.
     - Algo horrible-  replicó casi sereno ya, por la  presencia de alguien junto a él -¿Pero, que es eso tan horrible?-  le insistieron en la pregunta.
     - Me ha salido “El Canillón”, sentado en la torre de la Iglesia -le dijo, y le agregó-  es un aparecido con las piernas y brazos muy largos.
     Seguidamente oyó una risita muy fina -Jii Ji Jiji-.
     Ésta le pareció conocida. Un ligero sacudimiento le estremeció al compararla con la que anteriormente había oído en la iglesia. Esta vez era una carcajada cargada de humor malsano. Con un rintintín de mofa.
     Intrigado buscó al que le hablaba y lo divisé viéndolo como un hombre pequeño sobre el tejado. Entonces el hombrecillo se removió, a la vez que burlonamente le decía:
     - ¿Serán tan grandes como las mías? - mientras extendía sus piernas y las posaba en el alero de la casa de enfrente, haciendo un puente entre los dos techos y moviendo sus manos sobre las rodillas, a la vez que reía grotescamente, murmurando:
     - ¿Será posible, que tú que me has descrito infinidad de veces, te asustes al encontrarme?.
     Ya era demasiado. Entornó los ojos. Cayó al suelo violentamente y se sumió en la inconsciencia hasta el siguiente día en que fue recogido por lugareños que a horas muy tempranas se aprestaban para ir a sus diarios haceres.
     Después, ya recuperado y con el amargo sabor de tal experiencia, juró no beber más en su vida, no seguir siendo el noctámbulo empecinado, aprender a rezar y olvidarse de chistar con los fantasmas, sean imaginarios o los de purita verdad.­

Este texto es ganador del I Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura "Ramón Villegas Izquiel" (1998), organizado por la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora, Vicerrectorado de San Carlos. Jurado: Yorman Tovar, José Daniel Suàrez Hermoso y Rafael Arias.
El autor de esta obra es JUVENAL HERNÁNDEZ (Tinaco, Cojedes, 1933). Cronista de su ciudad natal. Entre sus libros se cuentan los poemarios: Palabreo del Adiós (1979); Ocho Cantos de Amor (1981);   Poemas de Incertidumbre (1991); Exclusas de Confesión (1994),  y seis textos de historia regional. 

Enlaces relacionados:

EL LLANO EN VOCES: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA FANTASMAL COJEDEÑA Y DE OTRAS SOLEDADES
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LEYENDAS DEL LLANO
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CONCURSO NACIONAL DE CUENTOS DE SACVEN
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Concursos nacionales de literatura para liceistas (cuento y poesía) Premios Salvador Garmendia (narrativa) y Aquiles Nazoa (literatura oral)
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