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jueves, 4 de junio de 2020

Cultura UNELLEZ-Vipi 16. Fiesta de San Juan Bautista y San Juan Niño (poemas y fotografías)


Docentes y estudiantes del Vipi rinden homenaje a San Juan Bautista
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI



Desde el 11 de junio, doce días antes del Velorio de San Juan Bautista y San Juan Niño, se cumplen distintos ritos ceremoniales que honran ambas divinidades, muchos son de carácter público y notorio y otros pertenecen al espacio íntimo  de los creyentes. A continuación usaremos poemas y fotografías tomadas del trabajo encomiable realizado por la Fundación San Juan Bautista Niño. Uno de ellos es el dictado de talleres sobre esta tradición y la celebración hogareña de velorios a este santo. Algunos detalles de lo que se denomina Fiesta de San Juan Bautista lo suministra su capitán, el experimentado cultor y maestro de tradiciones Fredy Sosa Llovera, con varios aspectos de singular significado. 

San Juan Niño diversidad, color y devoción de nuestros pueblos. Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI

Es oportuno señalar que el presente documento está dedicado a los estudiantes del Proyecto de Servicio Comunitario "Conservación de la Tradición Literaria Oral y la Religiosidad Popular del Sector Cerro San Juan", adscrito al Programa Ciencias de la Educación de la UNELLEZ-VIPI. También está dedicado a todas aquellas personas que buscan en nuestras raíces el espíritu de la diversidad y la creación popular con un sentido enriquecedor y profundo. 

Bailarinas universitarias antes de una presentación. 
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI

¿Qué es la Fiesta de San Juan Bautista?: El 24 de junio se celebran  las fiestas a San Juan Bautista. Estos festejos revisten singular importancia, desde la época colonial hasta el presente. La fecha establecida por la Iglesia para conmemorar al santo coincide, aproximadamente, con el solsticio  de verano, ambas de gran trascendencia; en las que se reúnen diversas prácticas rituales paganas destinadas a avivar y/o conservar el brillo del sol, fuente principal energía reconocida y venerada por el hombre desde la antigüedad como expresión de gracia que emana de  lo divino y lo sagrado. San Juan es uno de los santos que logra  sumar más devotos a lo largo y ancho de nuestro país. El 23 de junio se efectúa el Velorio de San Juan, ante los adornados altares de la imagen, en las que se canta y se baila toda la noche, al ritmo del tambor. 

Niños de distintas cofradías en la fiesta sanjuanera. 
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI 

¿Cómo lo hacemos?: Aquí en Cojedes, específicamente, en  San Carlos y el resto del municipio, hay un epicentro en el barrio San Juan Bautista, sector cerro San Juan I y II, esta fiesta tuvo su comienzo en el año 1974-76 y desde ese entonces, este icono del imaginario popular venezolano se ha ido apropiando de los corazones de quienes, año tras año, le veneran con cantos, bailes, banderas y tambores, en torno a la fe que el Bautista Juan inspira.  Han sido casi cuarenta años de trabajo arduo y constante que nos compromete a seguir investigando y difundiendo las raíces culturales y religiosas que esta manifestación posee en sí misma, por lo cual crece el compromiso de llegar cada vez más hondo a las comunidades  e instituciones educativas, de allí, nuestro interés será el de difundir de la forma más veraz la expresión auténtica y genuina del Santo de la Independencia y la Negritud en Venezuela. 

¿Qué se le canta al santo?: Muchos de los cantos adoratorios a San Juan tienen el sello de la personalidad rebelde de este patrono de los pobre que nunca se rinden. Veamos estas coplas de Fredy Sosa Llovera, reconocido líder de la cofradía San Juan Bautista Niño:

Yo vi lágrimas rodar
por el rostro de San Juan
buscando el por qué a sus hijos
al templo no dejan entrar.

Aunque los llamen paganos
no te importa la razón
sigan tocando y tocando
y reciban la bendición. 

Cofradía de los Diablos Danzantes en homenaje a San Juan. 
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI

¿Cómo es el Velorio del Santo?: Según nuestra interpretación el Velorio de San Juan comprende una primera fase que es de carácter hogareño, en las casas los devotos dan preferencia a las imágenes de este santo y la adornan con frutos, licores, velas y flores, tal como ocurre con los altares (segunda fase) que se colocan en las puertas de las casas para esperar el paso de una caravana o procesión "Al son del tambor" y el paso coreográfico de grupos de baile (tercera fase). Estos devotos culminan su labor en un espacio comunitario donde se hace un festejo central dal santo (cuarta fase), se agrupan las cofradías y devotos dando rienda suelta a los rituales que cada suele hacerle, y que por lo general son replicas ampliadas de la veneraciones hogareñas (primera fase). Fredy Sosa Llovera lo canta así:

San Benito y San Antonio
se unen con devoción
que sigan tocando los negros
que sigan la procesión.

La Chinita, la Coromoto,
la Virgen del Carmen lloró
se unen con la parranda
y que siga la procesión.

Que no termine la fiesta
algarabía por montón
que va llegando a la fiesta
el santo llamado El Bailón.

¿Qué más le cantamos al santo?
Es el manto de San Juan
adornado con colores
que va arropando tambores
que le vienen a tocar. 

San Juan Niño ataviado para la fiesta nocturna.
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI

Suenan campanas alegres
bailan al son del tambor
negros y negras cantando
hasta que despunta el sol. 

Ensayo de bailarinas en la UNELLEZ-VIPI. 
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI

Se escucha una algarabía
y una voz se deja oír
al compás de los tambores
que comienzan su festín.

Un negro sigue tocando
un canto de golpe y fulía
mientras San Juan va llamando 
un sangueo con alegría. 

Otro San  Juan Niño en su velorio. 
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI

Recorre las calles el santo
con adorno y lirios blancos
y en la esquina de la iglesia
un coro de niños cantando.

Es la fiesta de los santos
del esclavo y del indio,
de las costas, de los campos,
de la tierra y de los ríos.   

Las diferentes cofradías colocan su imagen de San Juan en el altar. 
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI

¿Qué sigue?: San Juan, después de tanta parranda de tambores, bailes y múltiples refrigerios  quedará preso y  será liberado el 16 de julio, Día del Carmen. La ceremonia de la liberación de San Juan tiene hermosos rituales como es el engalanado de los altares a la misericordiosa Virgen del Monte Carmelo, la  colocación de ofrendas, el toque de tambores, el canto, la declamación, la entrega de los banderines de las cofradías de San Juan y una procesión nocturna con todos los devotos de estos custodios celestiales que actúan de intermediarios ante el Padre Eterno.  ¿Cómo nos despedimos? Con la: 

Diablos Danzantes recibiendo la bendición de la lluvia sanjuanera.  
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI

                           Oración a San Juan Bautista
“Glorioso San Juan Bautista, precursor de mi señor Jesucristo, lucero hermoso del   mejor sol, trompeta del cielo, voz del verbo eterno, pues soy el mayor de los santos y   alférez del rey de la gloria. Más hijo de la gracia de la naturaleza, y por todas las  razones príncipe poderosísimo en el cielo. Alcanzadme el favor os pido, si fuere conveniente para mi salvación, y si no una perfecta resignación con abundante gracia, que haciéndome amigo de Dios, me asegure de la felicidad eterna de la gloria.” Amén. 

Procesión de San Juan en San Carlos.
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI

Gracias por su visita.
Isaías Medina López 

Fiesta en el barrio San Juan. 
Imagen en el archivo Coordinación Enlace Cultural Unellez-VIPI 




martes, 2 de junio de 2020

Cultura Unellez-VIPI 15. Fiestas de San Antonio (y un cuento) Isaías Medina López

San Antonio de Padua en su natal Lisboa.
Imagen en el archivo de Maritza Torres Cedeño


Las fiestas en homenaje a San Antonio de Pauda, el 13 de Junio, que puede abarcar días previos y posteriores,  tienen como epicentro nacional los estados Lara, Falcón, Yaracuy y Portuguesa, con registros, también, aun cuando  de menor intensidad en Cojedes, Barinas y Zulia. El patrono de la recuperación de los objetos perdidos, guardián de la salud, proveedor  de buenas parejas y de prodigiosas cosechas, tiene diversas formas de culto dentro de amplitud la religiosidad popular, centrados, principalmente,  en el pago de promesas por los favores recibidos.

Procesión de San Antonio, en el archivo de Gerardo Rodríguez

En su realización destacan los rezos, el engalanado de altares, procesiones, entrega de ofrendas, repartición de alimentos, despliegue de fuegos artificiales, sonar de campanas, igualmente, significativas muestras de poesía, cantos, bailes, la destreza de los juegos de garrote, así como la vivacidad de cuatros, maracas y tambores, que rebasan la notoriedad del tamunangue, su componente artístico más significativo, pero no el único.  

San Antonio en el templo. Imagen en el archivo de Gerardo Rodríguez

Otro elemento muy vistoso son las vestimentas de los devotos en sus bailes (que pueden durar el día entero, extensible hasta bien entrada la noche y/o el siguiente día): liquilique y sombrero de cogollo, los hombres; faldas largas, con estampado de flores, blusas de faralaos, flores entre sus cabelleras y alpargatas, las mujeres. En las últimas décadas se ha incrementado la producción artesanal relacionada con la imagen de San Antonio, tallas, estampas, vestidos y hasta bebidas e instrumentos musicales para sus festejos. 

Sobre algunos detalles de la vida y la poesía dedicada a este santo le recomendamos la lectura del siguiente enlace: “SAN ANTONIO ES POESÍA DE VIDA: Fuerza, felicidad y fe” (biografía del santo, poemas y fotografías)

Los afamados "Panes de San Antonio" y otras ofrendas. Archivo de Gerardo Rodríguez

Sobre los pueblos y ciudades bautizadas en su honor recomendamos este enlace: 
SAN ANTONIO DE BERRÍO: EL PRIMER PUEBLO FUNDADO EN COJEDES (Argenis Agüero)

De los cuentos que generan sus milagros, le proponemos  la lectura de una pieza del famoso escritor venezolano  Rufino Blanco Fombona:


Canto, música y poesía al patrono. Imagen en el archivo de Gerardo Rodríguez
                     

                       EL CANALLA SAN ANTONIO
Se llamaba Casimiro Requena, y nació en una aldehuela de los Valles de Aragua. Su profesión consistía en vender agua a domicilio. Muy de mañanita se le encontraba a horcajadas en el anca de su burra pelicana: Gracia de Dios, como él la llamaba. Gracia de Dios, cargada, además, con dos barriles, tomaba el camino de un manantial vecino, donde el agua pura, cristalina, semejaba el agua de un filtro.

Promocional de las Fiestas de San Antonio

De regreso de la fuente, Gracia de Dios, cimbrándose con sus dos barriles llenos de agua, y con Requena caballero en el anca, atravesaba las mismas calles de siempre, se detenían ante las mismas casas y emprendía nuevamente, cada hora más o menos, el camino de la fontana.
Gracia de Dios parecía una persona, y en opinión de todo el mundo era más inteligente que su amo y señor, Casimiro Requena. Casimiro, de carácter taciturno y mal genio, era asimismo torpe como un cerdo. Pequeño, barrigón, asanchado, semejábase a un tonel. Era bizco, y se afeitaba todo el rostro; pero no se afeitaba a menudo, por donde siempre parecía, a pesar de su lustrosa persona, con aspecto demacrado o aire de enfermo. Lo apodaban el Sacristán, tanto por su cara rasa como por su fervorismo religioso, y porque en sus primeras mocedades fue monago. La fe del Sacristán no era mojigatería. Nunca sentimiento más sincero anidó en el pecho de un hombre. La fe de Casimiro era proverbial. Hasta las mujeres le daban bromas.
A la puerta de la iglesia, y al salir de misa la mañana de un domingo, cierto chusco de un corro, dirigiéndose a Requena:
— Casimiro —le dijo—, ¿quieres comprarme un hueso auténtico del Espíritu Santo?
Todo el mundo se echó a reír; pero Requena iba descuartizando al deslenguado.
— No haga usted caso de ese vagabundo, Casimiro; no se incomode —aventuró alguien con ironía.
— Cómo no hacerle caso —murmuraba Requena—, si viene a burlarse en mis barbas de las cosas divinas. ¡Un hueso del Espíritu Santo! ¡Ignorante! ¡Los huesos del Espíritu Santo los tiene el Papa!
Casimiro era quien vestía las imágenes la víspera de la fiesta patronal, por Semana Santa y por Pascua. Era el primero que tomaba su cirio en las procesiones; era él, además, quien regalaba al cura los pollos más gordos, los marranitos mejor cebados, los nísperos más ricos y olorosos.
Casimiro prestaba todo género de servicios al cura, creyendo servir a la iglesia y, lo que es más, a Dios. Cierta ocasión el cura se valió de los buenos oficios del Sacristán contra “un enemigo de la iglesia”.
Un jovenzuelo del lugar, recién llegado de Caracas, donde se empapó del volterianismo callejero, fundó un periodicucho jacobino, El Rayo, no mayor que un pañuelo. Allí insultó al Gobierno, en la persona del jefe civil, y al Clero, en la persona del cura.
El magistrado era inamovible. Por enfermedad vivía de largo tiempo atrás en aquel pueblo, y como era inteligente, honrado y bueno, todo el mundo lo quería, y el Gobierno no pensaba en sustituirlo. El magistrado, pues, sonreía a los ataques de El Rayo. No así el cura. El cura contestó los ataques al Clero y a la Iglesia en El Mensaje Católico, diario provincial también. Pero sus argumentos no contundían al adversario. El cura se comprendía menos fuerte que su enemigo.
Las opiniones se dividieron en el poblacho “los progresistas”, es decir, los adeptos de El Rayo, contaron la mayoría. El periodista ateo triunfaba del cura. Entonces fue cuando el cura, como último argumento polémico, envió una medianoche a Casimiro Requena para que apalease al periodista.
— Lo mataré, señor cura; cuente usted con que lo mato.
— Matarlo, no, hijo —argumentaba el cura. La muerte es un crimen. ¿Y crees tú que Dios perdonaría ese crimen? Una buena paliza. Con eso basta. Así abandonará el pueblo.
Casimiro Requena volvía a su idea.
— ¿Y si me ataca, señor cura? Si me ataca, lo mato. Lo mato por Dios, y Dios me lo perdonará.
El cura se daba cuenta de la situación. Si aquel animal asesinaba al periodista, él, el párroco, a pesar de sus talares y santas vestiduras, se vería complicado en el crimen. Por eso le pronunció a Requena un discurso espeluznante y decisivo. Sin embargo, cuando Requena partió iba murmurando entre dientes:
— Esta bien, no lo mataré. Pero lo sangraré.
El servicio de agua terminábase a mediodía. Requena aprovechaba la tarde —después de la siesta y antes de la indeclinable partida de bolos— en el corte de hierbas por los campos comarcanos. Esa hierba constituía la cena de Gracia de Dios.
A veces Casimiro se iba al pesebre a ver comer a su burra, su compañera, su amiga, su confidente, su único amor humano, el amor de sus amores terrenales. Se complacía en ver cómo lucía la piel de Gracia de Dios y le pasaba la rasqueta, peinándola como si peinase a una gentil novia. El maíz se lo remojaba en una tina de agua salada. La borrica miaraba aquellos preparativos con miradas golosas, y cuando el Sacristán no se daba prisa a servirla, junntaba las orejas sobre la frente rompía a rebuznar: “¡Vouugh! ¡Vouugh!”.
— Ya voy, golosa; ya voy —respondíale Requena, como si la burra fuese una persona, y mirándola con ojos enamorados.
Un día el Sacristán, según su vieja costumbre, se levantó a la madrugadita; calentó su café, mascó su biscocho y se dirigió al pesebre para enjalmar su burra. Pero su sorpresa fue grande. Gracia de Dios no estaba allí. Requena corrió afuera, a la calle. La puerta estaba abierta. Desde la acera, Casimiro escudriñó la calle profunda, apenas clareante por un presentimiento de aurora. Luego anduvo, anduvo cien, doscientos, trescientos metros más oteando, escudriñando, interrogando las sombras. De pronto se llevó la mano a la cabeza y advirtió que estaba sin sombrero; pensó también que había dejado su portón abierto y regresó. De camino encontrándose con otro madrugador.
— Fulano, ¿sabes? —le dijo—, se me ha extraviado Gracia de Dios.
— Te la habrán robado más bien.
— No creo; el cabestro parecía mascado; además, no era muy nuevo, y ya sabes, la burra es fuerte.
— Pero tu burra no tiene alas; ¿cómo pudo salirse?.
Y explicándole Requena cómo por endiablada casualidad el portón quedó esa noche abierto, continuaron los dos hombres, a las primeras luces del alba, caminado y hablando a través del pueblucho dormilón.
casimiro tuvo que alquilar una borrica para el servicio de agua. Comprar no quería comprar otra bestia. Él no desesperaba de encontrar un día u otro aquella ingrata pero querida Gracia de Dios. Contaba para ello con San Antonio. Él siempre fue devoto de San Antonio, y no dudaba que el buen Santo le devolvería la burra.
Al San Antonio en su cabecera le encendió velas durante varios días; pero este santito de la casa no le parecía suficiente a Casimiro para tamaña empresa. “El San Antonio de la iglesia es más milagroso”, pensó Requena. El San Antonio de la parroquia, grande como un hombre y dulce como una mujer, era una preciosa imagen tallada en madera. A él fue Casimiro. Le pidió, le rogó y puso un paquete de velas a arder en el altar. Las oraciones y las velas menudearon; pero la burra no aparecía. Casimiro no desconfiaba. “San Antonio no puede sino oírme”, pensó, y creyendo que las ofrendas obligarían al Santo, Requena dio al cura cuantos ahorrillos guardaba en el forro de su catre para que comprase a San Antonio un traje nuevo.
— Con ese dinero puedes comprar otra borrica — le dijo el cura.
— ¡No importa, señor cura! Yo no quiero otra burra; yo quiero mi Gracia de Dios.
A la postre llegó el traje nuevo de San Antonio. La mañana que el Santo estrenaba el vestido, Casimiro, al despertarse, voló al corral. Algo le decía en el corazón que Gracia de Dios estaría allí pastando en su pesebre como si nunca se hubiese ausentado. La desilución de Requena fue grande: Gracia de Dios no estaba allí. Y este milagro fallido le hacía imaginar que esa mañana volvía a perder su burra. Requena empezó a resentirse con el Santo.
“¡Cómo —pensaba— este Santo le hace milagros a todo el mundo y a mí no quiere hacerme! ¿Qué le dan los otros? Una vela, nada. ¿Qué le rezan? Una oración, y se van. Yo, en cambio…
Y por la frente de Casimiro pasaba el recuerdo de los sinnúmero paquetes de velas quemados, del lindo traje nuevo y de las oraciones interminables, de las noches de ruego que él había consagrado al San Antonio aquel, tan olvidadizo, tan ingrato.
Casimiro empezaba a desesperar. San Antonio no quería cumplir el milagro de volver la burra a Requena. El el alma del Sacristán aquella injusticia de San Antonio hizo nacer un sentimiento invencible de repugnancia al Santo; la repugnacia fuese cambiado en rencor con la persistencia de la injusticia, hasta convertirse a la postre en la llama de un odio. Requena odiaba a San Antonio: no al beato del santoral, sino al santo de la parroquia, la imagen de la iglesia, aquel sordo, injusto, despiadado San Antonio del lugar.
En la obtusa cabeza de Requena empezó a germinar la idea de sustituir aquella imagen por otra del mismo santo. ¡Si él pudiera regalar otro San Antonio a la iglesia! Un día, sin más ni más le preguntó al párroco:
— Señor cura, ¿Cuánto vale un San Antonio?
El cura le informó. Un San Antonio costaba muy caro. El Sacristán no podía pagarse el lujo de hacer una revolución en el iglesia y destituir al San Antonio de injusticia recalcitrante.
Una tarde, libre ya de su despacho de agua, tendido sobre la hamaca, se puso a pensar. “Iré al templo, a la puerta, lanzaré un puño de tierra al aire, y en la dirección en que la tierra eche a volar partiré en busca de Gracia de Dios. San Antonio, movido al fin de mi piedad, me envía esta idea. ¿No es verdad, Dios mío?”
Era ya muy entrada la noche cuando Requena regresaba a su casita silencioso, cabizbajo, ceñudo, triste. Gracia de Dios no aparecía. Aquello era una burla de San Antonio. A tal idea, Casimiro espumaba de ira.
A la mañana siguiente, cuando el monaguillo abrió la iglesia para la misa de cinco, Requena espiaba tras los árboles de la vecina plaza. Apenas abrieron entró. Los pasos del monaguillo se perdían en el fondo, bajo la bóveda del templo, cuando Requena se llegó al altar de San Antonio. No se arrodilló ni se signó ante la imagen, sino que dijo, como si hablase con el Santo:
—Tú no eres San Antonio, sino San Diablo.
Dos viejas entraron en ese instante. El chancleteo de los seniles pasos repercutía en el fondo, hacia el altar mayor. La beatas se arrodillaron frente al Sagrario, mascullando sus preces. A poco se sentaron. Requena las miró y luego miró a la calle. La calle se calaraba por segundos. La aurora precipitaba su carrera. Entonces Requena, apresurándose, sacó la vidriera y ya abierta la hornacina, donde triunfa la bonhomía de San Antonio, sacudió al Santo, que rodó por tierra con fracaso.
Y mientras las dos beatas, pavoridas, chillaban, y el monago acudía, blandió a Requena el machete y decapitó al santo.
Y la cabeza del santo rodaba por las baldosas cuando Requena salía del templo diciendo:
—¡Bien sabe Dios que te lo merecías, por canalla!

Del libro: Relatos venezolanos del siglo XX, compilación de Gabriel Jiménez Emán  (Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1989)

lunes, 1 de junio de 2020

Cultura Unellez-VIPI 14. "Las Siete Palabras", poema de Mauricio Pérez Lazo (historia y poesía)


Jesús de Nazaret, historia, drama y Poesía. 
Detalle de una obra de Amilcar Alejo




La historia de los pueblos, no solo se compone de batallas, fundaciones, labores e industrias, tiene en las múltiples manifestaciones del arte significativos componentes, como acontece, en la poesía del estado Cojedes, con el poema “Las siete palabras”, de Mauricio Pérez Lazo (Tinaco, 1842 - San Carlos, 1937), texto altamente valorado por la crítica especializada sobre la literatura regional.

De hecho, Mauricio Pérez Lazo, encarna una figura histórica gracias a las virtudes de su poesía, divulgada en diferentes diarios y revistas de Venezuela,  hasta abarcar una de las publicaciones periódicas clave de la literatura nacional: “El Cojo Ilustrado” (1892 - 1915). Este poeta es, además,  el autor de la letra del Himno del estado Cojedes (1910), emotivo canto que hace vibrar el corazón de los cojedeños, donde quiera que se encuentren,  desde hace más de cien años.
 
El poeta e historiador Héctor Pedréañez Trejo, en 1976, apunta, al comentar la biografía de Pérez Lazo: “Entre sus poemas más destacados se hallan algunos sonetos y la oda titulada Las siete palabras…reeditada una multitud de veces por su alto contenido religioso. Este poema aparece en su libro Crepúsculos, publicado en 1895”.  Históricamente, la aludida pieza, en verdad, gozó de gran alcance, pero,  su última difusión completa  se logra en 1980, al ser editado por la extinta Sociedad de Amigos de Cojedes, de la referida publicación se transcriben los versos que aquí colocamos, con la esperanza de dar continuidad a su legado poético.  

La “oda”, variante poética en la cual se  ubica a "Las siete palabras", es una de las composiciones de mayor antigüedad  de la literatura (unos 25 siglos atrás),  y proviene de la vieja Grecia, bajo la acepción de “canto”.  Entre sus cultivadores se cuentan  a Píndaro, Horacio, Calderón de la Barca y Pablo Neruda, entre otros célebres creadores. La oda toca temas  religiosos, heroicos, amorosos o filosóficos, y expone las  distintas reflexiones de su autor.

La oda “Las siete palabras”, alude a las famosas locuciones pronunciadas por Jesús de Nazaret en su crucifixión,  pero, en este poema, Pérez Lazo, nos lleva a un recorrido de considerable amplitud, hasta el borde mismo de lo teatral: comienza con la oscura última noche de Cristo en el Huerto de los Olivos, luego se pasea por las acciones de Judas, Luzbel, Pedro, prosigue con el padecimiento en la cruz, el diálogo con los ladrones, la dinámica de los soldados romanos y la muerte. Desarrolla, también, una indagación psicológica del sentir del Redentor en el drama de  su agonía final, distribuida en los 186 versos del poema, quizá el más extenso de la literatura cojedeña. 

La primera compilación y glosa de las siete palabras de Cristo en la cruz, se atribuyen al monje Arnaud de Bonneval (1156) en el siglo XII y su primer tratado escrito pertenece a Roberto Berlarmino (1542-1621), texto que impulsa, notoriamente,  su práctica. En las creencias populares, este ejercicio de oratoria, del Viernes Santo, recibe el título de la “Protección de las siete palabras”. 

Las siete palabras, por su tema y relato, muestran una complejidad intrínseca, que será llevada, igualmente, a su composición, pues, se trata de un poema con varias formas estróficas (heteroestrófico) y versos de distintos metros (polimetría). Pedreánez Trejo, acota que "usa el serventesio, en la primera parte, la lira: segunda parte y ocho tipo de estancias aliradas que van desde la de ocho versos hasta la de catorce". Pese a  tal complejidad, conviene entender, que para las personas de su época, significó, tanto consuelo espiritual como registro poético de uno de los momentos decisivos de toda la humanidad.
 
Gracias por su visita.
Isaías Medina López


LAS SIETE PALABRAS
                                            A mi querida madre, señora:
                                                 Dolores Lazo de Pérez


Noche aciaga, sombría, cubre el orbe.
Sordo retumba en el espacio el trueno,
Pesadas gotas que la tierra absorbe
Lanzan las nubes del obscuro seno.

A trechos el relámpago ilumina
Bosques y ciudad y alcores y desierto,
Mientras un grupo de hombres se encamina
A la vecina soledad de un huerto.

De súbito se paran y platican;
Y de cuatro que son, tres en postura
Humilde, a los mandatos no replican
Del que se interna en la alameda obscura

Allí los tres sentados en la alfombra
De césped y de musgo, triste el ceño,
Silenciosos y ocultos en la sombra,
Los sobrecoge a su pesar el sueño.

En tanto el Salvador, triste, de hinojos,
Al Padre celestial suplica y ora,
Miran al cielo sus cansados ojos,
Gime, padece, se resigna y llora.

Inmenso es su dolor, tanta su angustia,
Que desfallece y su valor se agota,
Y corre por su faz doliente y mustia
Rojo sudor que de la frente brota.

Y allí ¡oh prodigio! de su sangre pura
Las tibias gotas que la brisa orea,
En púrpura transforman la blancura
De las flores del trébol de Judea.

Al Padre ruega y le abandona el Padre;
Satán le acosa y sin piedad le tienta;
No hay blasfemia que su alma no taladre;
Mas sufre humilde en su aflicción la afrenta.

Y al gemido jadeante de su seno,
Y a los acentos de Luzbel, altivos,
Responde sólo en el espacio el trueno
Y el suspirar del viento en los olivos.

Mas de Getsemaní la selva obscura,
Oye que cruzan el ambiente frío
Estas palabras que Jesús murmura;
Cúmplase, pues, tu voluntad, Dios mío.

II

Por la ciudad se agita
Grupo marcial de continente duro:
El paso precipita;
Y traspasando el muro
Al frente se halla del desierto obscuro.

Uno grita adelante; adelante;
La abrupta senda a los esbirros muestra
Con gesto horripilante,
Cruel ansiedad demuestra
Aún más que su actitud su faz siniestra.

Revelan su mirada,
Su roja barba y cabellera hirsuta,
Un alma depravada;
Y va, mientras disputa,
Corriendo casi por la sesga ruta.

Es Judas Iscariote,
El discípulo infiel de infausto sino,
A quien tocara en lote,
Por saña del destino,
Vender, infame, al Redentor divino.

Apenas se divisa
Jerusalén, y del Cedrón el lecho
La airada turba pisa;
Ya pasan… y en acecho
El aliento comprimen dentro el pecho.

Está menos obscura
La tierra que el nublado firmamento…
Siente el alma pavura…
Y el búho grazna hambriento
En el aire con tétrico lamento.

Ya llegan… el asilo
Del justo por doquier los brinda acceso;
Jesús ora tranquilo;
Y el discípulo avieso
Vende al Maestro con mentido beso.

Beso cruel y maldito
Que en los abismos de Luzbel retumba
Como un eco infinito;
Eco que oirá la tumba
De todo aquel que a la traición sucumba.

Eco que en ansia muda
Oye el traidor; que el alma le intimida
Presa de inmensa duda;
Que le grita: ¡deicida!...
Que le arroja a la muerte del suicida…

En horrido tumulto
Recibe al Nazareno un pueblo ingrato;
Y atado, entre el insulto,
La veja, el desacato,
Camina hasta el pretorio de Pilato.

Allí Pedro le niega,
El pecho de terror sobrecogido;
Y es por la turba ciega
Barrabás preferido,
Jesús abofeteado y escupido.

Le azotan con fiereza;
Con diadema de abrojo ensangrentado
Circuyen su cabeza;
Y el Cristo resignado
A morir en la cruz es condenado.

III

Sobre el hombro el madero del suplicio
Trepa el Mártir el Gólgota pendiente;
Tres veces falleciente
Al peso de la cruz del sacrificio
Toca la tierra su marchita frente…
Ya en la cumbre del monte,
De su túnica santa despejado.
Fue con saña fierísima enclavado;
Y a la cárdena luz del horizonte,
Sobre aquel leño aspérrimo tendido,
Fue en medio a dos ladrones colocando,
Y entre el cielo y la tierra suspendido.
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Le insultan los soldados,
Y se juegan la túnica inconsútil
Al tumbo de los datos;
Con tono fiero y además altivo
El manto se disputan y deshacen;
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Él los ve compasivo,
Y profiere; Perdónalos, oh Padre,
Que ignoran lo que hacen,
Con voz tan impregnada de dulzura
Cuanto es de acerba en su alma la amargura.
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La madre desolada allí agoniza,
Juan solloza y padece,
Pardo nublo la atmósfera obscurece,
Y entre nubes de cálida ceniza
El relámpago crece…
El Salvador la humanidad perdona;
Aunque el dolor su corazón taladre,
Su amor  al hombre abona;
Y dióle a Dios por padre
Y en herencia los cielos cuando dijo:
María, ese es tu hijo,
Y al discípulo amado: Esa es tu madre.
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Al buen ladrón que a su derecha implora
La virtud de su fe premiarle quiso,
Y, Hoy conmigo serás, mientras que llora
Oye Dimas, allá en el paraíso,
Vibró en los aires el acento tierno,
Gimió Satán, se estremeció el infierno;
Y desde aquella hora,
Nos refrenda la fe dulce promesa
De otro mundo mejor tras de la huesa.
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El trueno ruge airado
En la comba sin luz del firmamento
En tanto que el Señor grita angustiado:
¿Por qué Dios mío, Dios mío,
Tú me has desamparado?
Y se pierde su acento acongojado
En la tétrica sombra del vacío.
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A su alma acerada no hay consuelo;
No hay tregua a sus dolores,
La sudorosa faz inclina al suelo
Demandada, tristísima, doliente,
Y murmura, Sed tenga, el que entre flores
Hizo correr la cristalina fuente;
Mas por mengua y agravio,
Con vinagre y con hiel mojan su labio.
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Oculta el sol su desmayada lumbre;
Rojizas las estrellas,
Cruzar se ven la sideral techumbre;
Al fuego y estridor de las centellas
Desalojan las fieras su guarida;
Vuela azorada el ave,
Dejando atrás perdida
Cuitada  prole, el nido abandonado;
Cuando pronuncia con acento grave
El autor de los mundos,
Todo está consumado;
Y ruedan de sus ojos moribundos
Dos amorosas lágrimas, vertidas
Para lavar la mancha del pecado.
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Treme la tierra con fragor horrendo;
Ábrese en grieta el temblante muro;
Y van los muertos con pavor saliendo
Del antro de sus tumbas frío y obscuro…
Exclama el Salvador: Padre en tus manos
Mi espíritu encomiendo…
Cúbrese el orbe de funérea gasa:
Con su lanza Longinos
El costado a Jesús fiero traspasa;
Sangre y agua en arroyos purpurinos
Vierte la herida cárdena, humeante,
Y sella de su amor en lo profundo,
Con la postrera gota vacilante,
El hombre Dios la redención del mundo.