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martes, 30 de octubre de 2012

HISTORIAS DE HÉROES EN EL RELATO ORAL (varios autores) (*)


Contenido:
1-PEDRO RIMALES Y EL ZAMURO ADIVINO (Nemesio Pérez)
2-DON MARCO AURELIANO  Y EL CANTADOR DESCONOCIDO (Encarnación Rivero)
3- .EN BUSCA DE DIOS O DEL DIABLO (Francisco Triviño) 


PEDRO RIMALES Y EL ZAMURO ADIVINO (Nemesio Pérez)
Pedro Rimales era hermano de Juan Bobo. Cuando la madre murió, el único capital que tenían era una burra. Entonces decidieron partir la herencia. Juan quiere la mitad en plata y Pedro dice que no, que le den su mitad en burra. Entonces matan la burra. Le dan su a Juan. Juan, Pues, La botó, ¿qué iba a hacer con ella?
Entonces Pedro cogió su mitad, la dejó que se pusiera hedionda y llegó y la puso en la puerta de un almacén. Y se quedo ahí a la espera. En lo que abrieron el almacén, por supuesto, con esa hedentina ahí, dice el dueño:
--¡uno que bote esta vaina, este animal!
Salió Pedro y la botó y le dieron una plata. Escondió su burra otra vez.
¡El cuidaba los zamuros, que no se la comieran! A la siguiente noche, la volvió a poner en otro almacén. Bueno, cuando amaneció:
--¿Qué hay aquí?... uno que bote eso…
Está Pedro allí esperando. Ahí misma salió Pedro a botar la burra. Le dieron más plata. Y así estuvo seis u ocho días con ese afán, recogiendo plata con la mitad de la burra. Después que se cansó de recoger plata con la mitad de la burra, entonces cazó un zamuro. A ese zamuro le metió por detrás una moneda de oro. Y llegó a una casa, a la casa de un pulpero. El zamuro quiso evacuar, porque estaba molesto  con la moneda de oro, y soltó la moneda de oro. El pulpero quiso comprarlo y él le dijo:
--¡No, esa es la felicidad mía! ¡Ese me trae comida todos los días!
Entonces él se queda con su zamuro, y el hombre queriéndole comprar el zamuro. Lo invitó a la casa; ¡el hombre para engatusarlo y comprarle el zamuro!
Pedro había estado todo el día merodeando por ahí y había visto que la señora tenía otro, un amante, ¿tú ves?, ¡reservado! Que después que el marido se iba, ella le daba al otro la comida del marido. Le había apartado una torta y un pollo. Entonces se sientan a almorzar, se sientan a comer, caraotas y carne, comida corriente.
Entonces llega Pedro y ¡pan! Le pisa la pata al zamuro. Y el zamuro hace: ¡cuec, cuec, cuec!
--¿Qué dice? ¿Qué pasa?
--No, que este animal, este animal es brujo, es adivino.
--¿Y qué le quiere decir a usted?
--Mire, me quiere decir que allá dentro hay una torta y a la señora se le olvidó traérsela.
Dice la mujer:
--¡Ah sí, mi marido, tengo una torta muy linda que se me había olvidado traértela!
Trajo la torta. Cuando se estaban comiendo la torta, lo vuelve a pisar, lo pisa y:                  ¡cuec, cuec, cuec!
--¿Qué dice, qué dice el zamuro?
--Que allá dentro hay un pollo.
--¡Ah, marido, se me había olvidado lo mejor que te tenía para el almuerzo!
Trajo el pollo. Se comieron el pollo.
Entonces entró la transacción, a comprá el adivino. Ese hombre que tenía unas mulas perdidas hacía mucho tiempo, un arreo de mulas, le pregunta si ese adivino no le adivinaría dónde estaban las mulas.
Dice Pedro:
--¡Cómo no! Sí le adivina. Pero yo no lo vendo, porqué ya le digo, ésa es la felicidad mía. Con eso tengo mi dinero todos los días.
Así fueron pujando el negocio, hasta que Pedro se hizo pagar el zamuro bien pago. Después que se lo pagó bien, bien pago, le dijo:
--Bueno, ahora lo tiene usted que encerrar ocho días. A los ocho días lo saca y entonces le pregunta lo que usted quiera, y él le adivina. Lo que usted le quiera preguntar. Como él no lo conoce a usted, tiene que esperar ocho días, para que a los ocho días los sepa interpretar y le diga todo lo que usted quiera.
Encerró al zamuro. A los ocho días, cuando lo sacó, ¡muerto de hambre! llega el zamuro y le pegó el pico. El hombre le dio un rolazo y lo mató. ¡Se murió el adivino! ¡Se acabó el adivino! ¡Pedro Rimales ya iba lejos…!
 Cúa (Estado Miranda), 1958



DON MARCO AURELIANO  Y EL CANTADOR DESCONOCIDO (Encarnación Rivero)
Yo le contaría un cuento. Lo que pasa es que es largo. Pero es’ pulío’… aunque esto no es cuento; es cuento porque yo  lo estoy contando…
Yo estaba muy muchacho, y había unas fiesta por ahí en esos campos. Ahora se presentó que un señor de Puerto Palacio,  llamado Rogelio Ríos, se enamora de una muchacha de Barbacoa, y él le dijo que si conseguía casarse con esa muchacha, a los cantadores que fuesen –ahí papá y varios cantaban–les daba el gusto de que si querían beber guarapo de caña, o si querían comer pavo horneado o cochino, lo que fuera, él lo compraba. Se llegó el día que la muchacha dijo que sí. Se presenta el matrimonio. Llegaron todos los cantadores de estas regiones; y ahí iba mi papá. ¿Está escuchando, señor, el cuento? El, temprano, me acostó. El se ocupaba de vender casabe y dulce y queso. El me acostaba y me dejaba los medios de casabe picados y las lochas de queso. ¡Imagínese  una locha de queso! Cuando eso, no había tanto ladrón como ahora.
Bueno, está un señor de aquí, de Zaraza. Usted sabe, pero ese era el cuento: que a ese señor lo llamaban Marco Aureliano, así se llamaba él, y él era de Zaraza y se robó unos reales. Lo llevaron preso para Calabozo, que era la capital. Después lo soltaron y se canso el hombre, se vino pa’ donde llaman Guanipa, más acá de palenque; allá se alzo una muchachita, lo volvieron a llevar. Lo soltaron y se fue a vivir para Barbacoa, donde nadien lo conocía. Ya había dejado transcurrir él muchos años; nadien conocía la historia. Ese era uno de los cantadores que estaban en la parranda.
Entonces este Marco Aureliano estaba triunfando. Fue el mejor cantador. Se llevó diecisietes cantadores, ande entraba mi papá.
Ya la última noche, como a la una de la madrugada, llaman a los cantadores y a los músico a comer. Un hermano del músico cogió el arpa y se puso a puntearla. Se presentó un hombre en un burrito con un sombrero de esos que salían antes, que decían que eran de casabe, de pajita. Empezó el hombre, cogió los capachos y empezó a cantar. Don Marco Aureliano, viendo que el hombre está cantando sabroso y que el tiempo apremia, se apareció.
Ahí llega Don Marco Aureliano y le quitó los capachos y sale con aquello que dice:

¿Quién es este cantador
que canta aquí en poblado?
Parece- animal ajeno
que yo tenía amarrado.

Ahora le contesta el hombre, el hombrecito; le dice, amurrungaíto porque está  asustado:

Yo estoy cantando aquí, Don marco,
porque cantando llegué
y ahora quiero que me diga
cantando quién es usted.

Le contesta Don Marco como un fierón:

Yo soy Don Marco Aureliano,
relancino en el cantar,
el que arroja a los cantores
a lo profundo del mar.
El pobre hombre abrió los brazos y dice:
¡Aonde me acordaba yo
de Don Marco, el cantador!
El que lo tuvieron preso
por ladrón y forzador.

Ese hombre, cuando lo lastimaron sacándole la historia vieja, se quedó abismado. Hacía como cincuenta años de eso y se quedó así;  pero, como cantador de fama, de chispa le dice:

Negrito sombrero blanco,
alabancioso embustero,
serías tú aquel esclavo
y te robaste el dinero.
Le contesta el negro sin más concha:

Don Marco, si soy esclavo,
eso no es cuestión de usté,
usté que no me ha comprado
Porque no tiene con qué.

Sale Don Marco, que no hallaba qué hacer, sale con esa rabia y le dice:
Negrito sombrero blanco,
amí no me digas nada;
que me hace calentá
y te rompo las narices;
porque Don Marco Aureliano
sabe cumplí lo que dice.

Ahí le contestó el hombre sin más concha, arrinconao:

Don Marco, si usté lo intenta,
darme una bofetada,
se le cae la caña a pedazos,
porque soy cosa sagrada.
Ahí le quitaron el arpa, perdió el premio. Eran cien bolívares que había. Se lo dieron al hombre, después de estar tres días cantando. Se lo llevó el hombre del burro. Y así suceden las cosas.
Valle de La Pascua (estado Guárico), 1977.


(*)Textos tomados de: El  héroe en el relato oral venezolano, (1992), de Pilar Almoina de Carrera. Caracas: Monte Ávila Editores.

1 comentario:

  1. Hola, es la primera vez que vengo a este blog, llegué a través de un link en facebook, me gustó. Me anoto como seguidor.
    Un abrazo.
    HD

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