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lunes, 28 de mayo de 2012

EL CARRETÓN (Tomado de "Mitos y Leyendas predominantes en el Estado Portuguesa" de Carmen Pérez Montero)

San Miguel de Acarigua, pueblo indígena, fundado el 29 de septiembre de 1620 por Francisco de Hoz  Berrío  en las riberas del río Bocoy, arriba de la sabana de Choro, huyendo a las invasiones continuas de Los Caribes y bajo la orientación del Licenciado Diego de Heredia de Berganciano, su cura doctrinero, en 1645, esta población formada por indios Gallones, fue traslada a la margen izquierda del río Acarigua, en el lugar que aún hoy se denomina Asiento del Pueblo Viejo. En tiempo de lluvias el pueblo sufría de frecuentes inundaciones, lo que obligó al Padre Fernando de Heredia a mudarlo para un lugar que llamaban Araure, donde no existía pueblo alguno, pues la villa que tomó ese nombre fue fundada 1696 por el Misionero Capuchino Fray Ildefonso  de Zaragoza en las inmediaciones de la quebrada de Armo, meses después en 1697 fue mudada, arbitrariamente, por Juan García Campero al margen de la quebrada de Araure, en tierras de San Miguel de Acarigua, destruyendo sus siembras y despertando la ira de los pobladores de este pueblo indígena. De allí ese enfrentamiento que a través de la historia y de manera casi inconsciente han presentado estas ciudades gemelas, como las llaman en la actualidad. Rivalidad que se traduce en comparaciones diarias que hacen tanto acarigüeños  como arureños. Resaltando las bondades de cada pueblo, dejando velar ese resentimiento ancestral que, de acuerdo al nivel cultural y al acentuado localismo que caracterice a los opositores, puede tornarse en riña peligrosa.

EL CARRETÓN

En Acarigua, pueblo hospitalario, con pasado de mudanzas e invasiones, también existen leyendas misteriosas que han vencido al tiempo y aún viven en el recuerdo de algunas de sus víctimas. Sara Marina de Medina, profesora de la Unidad Educativa “Ramón Colmenárez” y Rosa Medina, su cuñada, narraron que una noche, en el año 1958, viviendo ellas en la antigua calle 7de Acarigua, hoy calle 32 y siendo como la una de la madrugada, estaban en la calle, sentadas sobre un medidor de agua, auxiliadas con la luz de un poste del alumbrado público, bordando sabanas (las cuales confeccionaban y vendían a 40 bolívares el juego). Se encontraban conversando animadamente, de pronto el niño pequeño de Sara lloró dentro de la casa y ellas rápidamente recogieron el material y se fueron a la cocina para prepararle el tetero. Inmediatamente sintieron que por la calle pasó algo así como un carro de mula, con ruedas de hierro que sonaban estruendosamente sobre la calle de piedra. Al día siguiente  hicieron el comentario de lo que habían oído y Doña Petra de Parra les dijo: Ese es El Carretón,  el mismo donde llevaban los muertos cuando la fiebre amarilla y como esta es la calle del cementerio, por aquí siempre se escucha.
La difunta Doña María de la Cruz Parra, quien también vivía en la antigua calle 7 de Acarigua, contaba que una noche, como a las doce, estaba ya acostada, oyó el ruido inconfundible de una carreta, pues se oía el traqueteo de sus ruedas de hierro sobre la calle de piedra. Sin temor, sino presa de la curiosidad, se levantó y sin pensarlo mucho entreabrió la ventana y se asomó y por poco cae desmayada cuando vio que sobre un caballo flaco que guiaba la carreta iba sentado un hombre semejante a un esqueleto, desnudo y en posición contraria a la de un jinete normal. Es decir, estaba sentado de frente a la grupa del animal. De allí en adelante, atemorizada no pudo dormir.

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EL FAMILIAR (Tomado de "Mitos y Leyendas predominantes en el Estado Portuguesa" de Carmen Pérez Montero)

EL FAMILIAR
            En el llano portugueseño es común oír hablar del El Familiar que viene a ser aquella figura que El Diablo toma para presentarse en los sitios donde él y los dueños han celebrado algún pacto: “… suele suceder que Satanás se presente en persona o animal desconocido y aun puede ocurrir que lo haga en forma de tronco con las ramas cortadas”. El monje alemán Sufurino que en antiguos pergaminos hebreos advertía  a todas las criaturas del universo de la forma siguiente:
            “Los espíritus diabólicos acostumbran tomar toda clase de formas tanto de personas como de animales. Los más usuales, sin embargo, son las de dragón o de cabra, aunque algunas veces se presentan en forma de gato, gallina, cocodrilo, etc.”
            Sin embargo, sea de la forma que fuere, las narraciones de los portugueseños han dado testimonio de lo que se conoce como “pactos con el Diablo”.
            La señora Aurelia Quintero, habitante de la Aparición de Ospino narró: Cuando yo tenía 9 años vivía con mi hermana Lucía Quintero en Río Claro. Eso era muy solo en ese tiempo, imagínese yo tengo ya 56 años, ella vivía con un señor llamado Antonio Cáceres. Yo apenas estaba aprendiendo a leer las primeras letras. Casi no entendía ninguna lectura, pero yo siempre observaba que en una troja que había en la sala de la casa el señor Antonio guardaba celosamente un libro, el cual revisaba muy a menudo. Muchas veces, estando escondida, lo vi subir por la vieja escalera de madera, quitar unos sacos de fique y de un cajón sacar un libro rojo, grande, “mala comparación”, del tamaño de un Biblia. Un día mi hermana y él se fueron para el pueblo y me dejaron cuidando la niña. Era mediodía. Apenas ellos se fueron me encaramé en la escalera y con mucho temor de que ellos regresaran y pudieran sorprenderme, revisé rápidamente el libro. Me quedé realmente asombrada, porque como un milagro del mismísimo Diablo yo leí, sin vacilar, clarito lo que decía, lo recuerdo como si fuera hoy mismo. Por fuera decía: El Libro Rojo de la Cabra  Infernal y cuando abrí las paginas leí un párrafo  que decía, más o menos así: Para hacer un pacto con el Diablo debe conseguir tres huevos de una gallina negra y llevárselos, cuando sean las doce de las noche para un camino oscuro donde haya muerto alguien y este clavada una Cruz,  allí coloca uno delante de la Cruz y dos detrás… creo que había que llevarse los dos huevos que estaban detrás de la cruz a los siete días y el Diablo le aparecía a uno en forma de gallina negra. Lo cierto es que yo leí rápidamente lo que pude y luego muy asustada por lo que había leído y porque si mi hermana me conseguía revisando ese libro me daba una paliza, lo guardé cuidando de dejar todo como estaba originalmente, sin rastro de mi curiosidad. Ellos no regresaron. En la noche la niña se durmió. Yo me acosté con ella y dejé la lámpara de querosén encendida. Me dormí y ya en la madrugada, no tengo ni idea de la hora, desperté y vi el libro rojo sobre la cama, a mi lado, abierto en las mismas páginas donde había leído el pacto al mediodía, me levante llena de miedo, coloque el libro de nuevo en el cajón, lo tapé con los sacos y no dormí más, pendiente del libro hasta que amaneció. Yo jamás he sido sonámbula y sé que es imposible que con el temor que uno antes tenía yo haya dejado de guardar ese libro. Para mí fue un acontecimiento que nunca me lo he podido explicar.
            En visita a Las Tucuraguas, más allá del Salto del Diablo, distante unos nueve kilómetros de la carretera Panamericana, entre Agua Blanca y San Rafael de Onoto, José Gregorio Vaca nos informa: Estando yo pequeño vivía con mi tío Antonio Vaca y éste le trabajaba un señor llamado Pablo Falcón. Un día Falcón le dijo a mi tío: mire Antonio yo tengo ganas de hacer un pacto con el “Panaquire”, que así también le dicen a Lucifer. Una noche el hombre agarró un machete, un litro de aguardiente y se internó en la montaña. Fue solito. Ese otro día cuando apareció le dijo a mi tío: ya estoy listo, él me dijo que me daba progreso, dinero, salud; pero que le prometiera que al morir, él se haría cargo de mi alma. Yo acepté y entonces me dijo: váyase y cumpla… sabe.
            A los pocos días vino un hombre extraño al lugar y le dió una fortuna a Falcón por unas tierritas peladas que tenia aquí en Las Tucuraguas. Falcón se residenció en Acarigua y fundó una carpintería, donde se dedicaba a hacer guacales. Día a día el hombre se enriquecía y el trabajo aumentaba. De todas partes venían los agricultores a encargarle guacales.
            Falcón se puso millonario y mi tío que trabajaba con él en la carpintería le dijo: Mire Falcón, a mi me da mucho miedo ese pacto que usted hizo. Yo lo voy a dejar solo. Yo no sigo con usted… Falcón se quedó pensativo y a la semana le dijo a mi tío: Antonio yo esta vaina la he pensado mucho y voy  a hablar con el personaje aquel y le voy a decir que yo no sigo en este negocio. Así fue y no pasaron tres meses sin que los hijos de Falcón cayeran presos, la carpintería se quemó, y Pablo Falcón se murió.
            En el fundo El Chaparral, por la vía de la Choconera, en Turén, también existió un señor de apellido Perozo que según, decía la gente del lugar, tenía pacto con el Diablo.
A este ganadero, según los comentarios, Lucifer le mandó un toro negro que era, supuestamente. El Familiar. Ese toro se encargó de recoger todo el ganado suelto que andaba por la sabana. Llegó un momento que el ganado no cabía en los corrales. Un día el dueño del fundo se enfermó y se agravó. La esposa, que desconocía el trato hecho por el hombre, mandó a buscar un sacerdote para que lo confesara y le ayudara a bien morir. Cuentan los testigos que presenciaron el acontecimiento que cuando llegó el sacerdote “El Familiar” saltó la cerca del corral, la cerca de la posesión y se fue camino abierto por la sabana, llevándose tras sí toda la inmensa manada de ganado vacuno.
En Sabana Dulce, Pedro Guédez nos refirió una historia que le contó su abuelo Don Gerónimo Laya y que ocurrió más o menos para el año de 1910, en un fundo propiedad de un señor de apellido Novellino.
Decían los campesinos que ese elemento tenía pacto con el Diablo y que en su hato había un toro blanco (El Familiar) que andaba suelto por la llanura y nunca lo pudieron enlazar, pero en ese hato cada vez aumentaba mas el ganado y todas las semanas sacaban arreos inmensos de animales y el hato igualito, llenos los corrales. Un día el caporal del hato se dispuso, junto con otros peones, a enlazar el toro y cada vez que lo llevaban alcanzado parecía que se elevaba por los aires y se ponía más adelante… más adelante. Llegó un momento en que lo encerraron en una ensenada, todos eran buenos jinetes, llaneros amansadores, sin embargo, el toro desapareció  y apareció en la parte alta, mirando con ojos centelleantes. El caporal no se dio por vencido y con los peones le salió de nuevo al encuentro. El toro embistió al caporal e hirió de muerte al caballo. Cuando el caporal se agachó para tratar de auxiliar al caballo, el toro se paró en dos patas, bufeó muy fuerte, se regresó con los ojos despidiendo candela y corneó al caporal quien cayó al suelo agonizante. Los peones lo llevaron al corredor de la casona donde habitaban los dueños. El caporal pedía agua… agua. Los presentes negaron el agua al moribundo por considerar que era perjudicial debido a la grave herida que presentaba en el abdomen. El hombre murió y cuentan que durante muchos años fue común para los habitantes del hato oír por las noches el trote de un caballo que llegaba al corredor y se escuchaban los pasos hasta el tinajero donde servía el agua en la totuma. Luego se oían las pisadas de las botas de regreso y el pasitrote del caballo al alejarse de la casa. De la familia no se supo más nada, la hacienda se tornó en ruinas y la gente aún sostiene que en Sabana Dulce, en noches de luna clara se ve el toro blanco atravesar la llanura, corriendo como alma que lleva El Diablo.
En Píritu, estando agonizando, desde hacía varios días, el señor Esteban Pérez, cuñado de Don Albino Quintana, conocido comerciante de esa población de los años cuarenta y abuelo del periodista Coromoto Álvarez Quintana y encontrándose  de visita en la casa del enfermo la señora Petra Parada y en presencia de la niña Jovina Quintana (hoy viuda de Álvarez), llego en pleno día, un hombre a caballo, desconocido por todos, bajó de la bestia y entró al corredor de la casa, sin decir absolutamente nada, pasó a la habitación del moribundo, lo observó y de la misma forma como llegó, salió. Esa misma tarde Esteban Pérez dejo de existir. Después se regó como pólvora entre el pueblo piriteño el comentario de que éste hombre tenía pacto con El Diablo.
El señor Baudilio Mendoza, de 83 años de edad, residenciado en Palo Alzao, caserío ubicado cerca de Biscucuy, nos informó: se puede recibir beneficios de El Diablo sin necesidad de pactar con él, prueba de ello es la magia de las habas. Trato que uno hace sin correr ningún riesgo. Este trato se hace así: se mata un gato negro, un día sábado  cuando suene la primera campanada de las doce de la noche, se le mete un haba en cada ojo, otro debajo de la cola y una en cada oído. Luego se entierra en un solar desocupado que esté cercano a la casa y se le cubre de tierra, después se riega todas las noches con poco agua cuando sean las doce, hasta que las habas hayan brotado y estén maduras. Cuando esto sucede se corta la mata se lleva para la casa y se ponen las habas a secar para cuando llegue el momento de usarlas.
Una haba metida en la boca tiene la propiedad de hacer invisible a la persona. Manteniéndola apretada con el dedo del corazón de la mano izquierda se puede llamar a El Diablo y éste se presentará para ponerse incondicionalmente a las órdenes de quien posee el haba.
Se debe tener presente que por las noches cuando se van a regar las matas, se aparecen muchos fantasmas y manifestaciones extra-sensoriales para asustar al interesado. Eso es normal, pues al demonio no le gusta servir sin que haya mediado un trato, donde esa persona le haya entregado el alma. Es recomendable no asustarse y al llegar al lugar donde este enterrado el gato negro ponerse de rodillas, hacerse la señal de la Cruz y rezar un credo.
Se comenta que en Portuguesa cualquier persona que desee superarse económicamente puede venderle un familiar o un amigo a Lucifer sin necesidad de que la persona vendida tenga conocimiento del negocio realizado.

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EL VENADO DE PIEDRA (Tomado de "Mitos y Leyendas predominantes en el Estado Portuguesa" de Carmen Pérez Montero)

EL VENADO DE PIEDRA
                 José León Tapia, reconocido escritor barinés, en su obra El Tigre de Guaitó, sustenta esta leyenda, cuyo origen supone que se pierde en las páginas de la conquista y a perdurado en la cultura del campesino larense, del barinés y del portugueseño. Refiriéndose al  General Rafael Montilla dice:

Caminaba días con la ilusión ingenua de   Encontrar el venado blanco con la caramera de catorce puntas, tan encantado y pleno de magia, que para matarlo   se necesitaba un cuchillo con la cruz labrada a cuchillo y cera  Bendita de una vela de Semana Santa. 9.

 En un sitio llamado La Palma, más allá de Chaparral y Mijagual, cerca de Agua Blanca, a Remigio Urbano le salió el venado de piedra o la Sierva de Piedra, porque él no pudo precisar el seo del animal, sólo sabe que una tarde como a las cuatro él se internó en la montaña  para ver si conseguía algún animal para llevar carne para la casa y en un paraje donde había un chorrito de agua vio un venado que estaba calmando su sed. Al instante Remigio preparó su escopeta y se dispuso a cazarlo, pero no se explica porque no disparó sino que  siguió detrás del venado que caminaba lento a corta distancia. Él lo fue llevando y lo fue llevando hasta que Remigio extenuado se paró al pie de un cañafistolo grande que había en el monte, allí se quedó dormido. Cuando despertó duró dos días perdidos y gracias a Dios consiguió el chorrito de agua donde había visto el venado y  por eso se orientó y pudo salir de nuevo a la carretera. Remigio  todavía no sabe por qué no le disparó al venado.
Serapio Argüelles, un campesino de Motañuela, caserío ubicado detrás de Tapa de Piedra, por la vía de Barquisimeto narró: Una noche me fui a cazar con un compadre mí llamado Nicolás Cedeño, de Acarigua, por los alrededores de la represa de Las  Majaguas y cuando ya estábamos internados en la montañita, nos salió un venado grande y cuadrado, bien jamao. Yo le dije a mi compadre, que es mejor tiro que yo: Zámpale, compa…que no se vaya. Mi compadre se asentó la escopeta en el hombro y al mismo tiempo que él se acomodó pa` echale plomo al bicho, éste se paró frente a nosotros y se quedó mirando con ojos muy extraños, parecían centellas. Los dos nos miramos con temor y el venado duró buen  rato parado sin que mi compadre pudiera dispararle. Luego se desapareció sin verlo correr, ni el rumbo que cogió. Ahí mismito, frente a nosotros. Inmediatamente, muy asustados, nos regresamos para la casa.
Los cazadores siempre han sido presa de espantos y aparecidos que, supuestamente, custodian las reservas naturales de la tierra. El señor Francisco Sivira nos narró una experiencia que le sucedió en sus años de adolescentes:
Nosotros, Silvestre, Oswaldo y Arístides Bracho, una hermana de ellos llamada Alejandra, Pedro Jiménez y yo, estando muchachos, nos gustaba mucho la cacería y siempre acostumbrábamos hacerle trampa a los animales.
Una vez, aquí en Caramacate, todo esto era posesión de mí papá. Los muchachos se vinieron a quedar un tiempo con nosotros, entonces nos pusimos de acuerdo y preparamos 18 trampas cada uno hizo tres, porque hasta la muchacha hizo las de ella. Se trataba De un hueco como de un metro de hondo, los cuales tapábamos con bejucos y hojas secas. Todos los días al levantarnos salíamos a  revisar las trampas y siempre caían picures, conejos, cachicamos, rabipelados y hasta lapas. Una mañana como a las once, estábamos revisando las trampas y todas estaban vacías. En la penúltima   conseguimos una mapanare enrollada y en la última un picure.
Oswaldo gritó: Aquí esta uno y una voz que venía por dentro de la  tierra como desde la primera trampa respondió con tono  espeluznante: Aquí esta otro. Todos salimos corriendo para la casa y hasta la fecha, ya tengo 64 años y no he vuelto a cazar con trampas.

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EL AMO DEL AGUA (Tomado de "Mitos y Leyendas predominantes en el Estado Portuguesa" de Carmen Pérez Montero)

EL AMO DEL AGUA

            Esta historia en el seno de una familia de apellido Márquez que vivía en Chabasquén, a la orilla del río Chabasquencito. Esta tierra como todo el territorio portugueseño también es patrimonio de duendes y aparecidos. Antes de la dominación española fue tierra de los Cambambas indígenas pobladores de esa región. En 1620 el Gobernador Francisco de la Hoz Berrío reunió a todos los indígenas dispersos en diferentes encomiendas y fundó el pueblo de Chabasquén. El primer cura doctrinero que tuvo este poblado fue el Padre N. Chabas, de este sacerdote se cuenta que un día que andaban los indios de caserío por un lugar conocido hoy como la Ermita, vieron un bulto semejante a ese animal legendario y misterioso que llaman “El Salvaje” y lo atravesaron con una flecha, al llegar al sitio y revisar la “presa” con asombro y mucho dolor constataron que se trataba del Padre Chabas. Desde ese momento dicen que Chabasquén fue la región maldita del Estado Portuguesa. También se dice que el Padre Chabas cuando pasó el río chabasquencito, dejando el pueblo atrás, lo maldijo para siempre. Lo cierto es que el pueblo de Chabasquén estuvo, después de ese incidente, durante mucho tiempo sin cura doctrinero. Hasta que el 6 de marzo de 1777, se construyó una capilla, fuera del poblado, en el sitio denominado La Playa, a orillas del río Biscucuy, allí nació posteriormente, el pueblo de San Antonio de las Playas de Biscucuy, hoy Biscucuy. Era necesario hacer esta referencia inicial para ilustrar, hasta cierto punto, por qué desandan por las calles de Biscucuy  y Chabasquén, estos dos pueblos hermanos, de la zona alta, tantas figuras fantasmales, ruidos extra-sensoriales, silbidos, aullidos y llantos lastimeros inexplicables.
            Cuenta el profesor y poeta Ángel Márquez, hoy cronista popular del pueblo de Biscucuy, que cuando él estaba pequeño vivía con su familia en una casa de corredor grande a orillas del río Chabasquencito y que era usual, por las noches escuchar el alboroto que formaban los animales que se quedaban en el corredor, como si alguien entrara y los espantara.
            Una noche, estando ya durmiendo oyeron una persona que calzando botas entró al corredor y caminó varias veces con pisadas fuertes, luego se metió en la cocina y movió todas las ollas y latas que allí habían. Después salió y al pasar frente a la puerta del cuarto donde estaba durmiendo su mamá, sus hermanos y el, tosió y se aclaró la garganta. En la mañana todo estaba igual. No había rastro de pisadas y en la cocina todo estaba tal como su mamá lo había dejado.
            Una tarde como a las seis, cuenta el profesor que estaba  él parado en el corredor y de allí se podía ver la playa del río. Inesperadamente vio que del río salió un hombre vestido de blanco con un mandador en la mano y se aproximó a la casa. El se quedó paralizado…inmóvil.  El hombre era alto y flaco. Él lo vio bien porque le pasó por un lado y cuando llegó al corredor comenzó a golpear con el mandador a todas las gallinas y los perros que estaban allí. Los perros lanzaron unos aullidos tan espeluznantes que fue lo que asustó al profesor, quien cayó desmayado. Por el ruido de los animales salió la mamá y según ella le contó, lo encontró tirado en el suelo, blanco como un papel y le dieron a oler plumas de gallina quemadas para que volviera en sí. Cuando le contó a su mamá lo que había visto, ella le dijo: Debe ser que tú te metiste con él porque yo lo veo pasar casi todas las tardes y a mí no me hace nada.
            Rafael Báez, una trabajador de la granja “Villa Ilusión”, sector Los Tanques, Araure, narró  que en esta misma zona, hacia, el cerro donde llaman “La Guafita” hay una guafa que según dicen que está llena de oro, plata, esmeraldas, rubíes y todo tipo de material precioso. Esa guafa tiene muchísimos años clavada en ese cerro y debajo de la guafa hay un pozo de agua tan clara que si uno observa con atención ve que el agua que sale de la guafa destila como un polvillo amarillo. De allí la leyenda de que la guafa está llena de oro.
            En un recodo, como en una cueva, está un cajón amarrado con cadenas y semienterrado en la montaña. Este cajón suena por dentro como si fuera un enjambre de abejas o una fuerte tempestad. Un señor de nombre Jonás Calazán vino con un amigo dispuesto a sacar ese tesoro. Traían martillos, tenazas, alicates alambres, cadenas, mandarrias, ceguetas y hasta pólvora. Cuando comenzaron a golpear el cajón se oscureció la tarde como si fuera a llover y “Los buscadores de tesoros” comenzaron a sentir un frío espantoso. El amigo de Jonás, por terquedad, se negó a regresar y cuando lo bajaron del cerro ya estaba muerto. Jonás Calazán duro casi ocho días para recuperarse, porque llegó a su casa casi tullido y morado del frío que sufrió en el cerro de “La Guafita”.
            En la Florida, hace unos cuarenta años también ocurrió un caso digno de mencionar: Un señor llamad Alejandro Terán tenía unas tierras en La Aduana, había sembrado tomates y se le estaban perdiendo porque no conseguía obreros para recoger la cosecha y le pedía ayuda a los hijos y a su mujer, pero nadie quería ayudarlo. El era un hombre uraño, refunfuñón y como dicen en el llano “malasangre”. Una mañana se levantó muy temprano y despertó a toda la familia y les obligó, con insultos, a que fueran ayudarle a recoger los tomates y todos salieron con él. Para llegar a la parcela era más rápido, en ese tiempo, navegar en balsa por la Portuguesa y así lo hicieron. Todos se embarcaron, cuando iban en la mitad de la corriente, el caudal del río aumentó considerablemente y la deteriorada balsa comenzó a hundirse al vaivén de la creciente. Alejandro Terán iba remendado con otro señor, amigo de la familia. De repente soltó los remos, le quitó a su hija la niña (su nieta) que llevaba en los brazos y sin mediar palabras se lanzó a las turbulentas y oscuras aguas. Tres días duraron buscando los cadáveres. Al tercer día consiguieron el pañal de la niña y después su cuerpecito sin vida, sostenido por una “carama” de palos. El señor Alejandro se perdió y jamás se encontró, ni vivo ni muerto. Transcurrieron unos seis años desde la desaparición de Alejandro Terán y un día el señor José Castillo vino y le dijo a la Señora Aura Pérez, cuñada de Alejandro Terán de esta historia: Sabe que estuve en Sorte y Alejandro Terán no está muerto. Yo lo vi vestido de kaki, trabajando en la montaña como súbdito de María Lionza, estaba “echando pico” y era él, estoy seguro, porque le vi bien la cara.

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EL HACHADOR (Tomado de "Mitos y Leyendas predominantes en el Estado Portuguesa" de Carmen Pérez Montero)

EL HACHADOR
            Ospino, tierra de, fundada en 1715 por iniciativa de varios guanareños que tenían hatos de ganado en esa población y que, en vista de que no podían ir a misa los domingos en Guanare, pidieron permiso para construir una capilla en el centro del poblado que inicialmente se le dio el nombre de Manzano de  Ospino. Hasta el 15 de agosto de 1754 esta población dependió de las autoridades de Guanare, fecha en que fue declarada Villa de San Fernando de Ospino, en honor al Rey Fernando VI, quien después de cuatro años de discusión, aceptó la propuesta del pueblo ospinero y le dio su autonomía.
Esta histórica Villa no escapa de los misterios que formaron el folklore portugueseño en su suelo, en sus  montañas nace la leyenda de El Hachador, espanto que algunos  llaman con mayor llaneza: El Hachero y sostienen que es el alma en pena de un hombre que cortó madera en la montaña para fabricar su propia urna. Otros más analíticos, explican que El Hachador era un hombre que se levantaba muy temprano y se acostaba muy tarde, porque día a día iba a la montaña a cortar leña para venderla en el pueblo, pues debido a que en todas las casas usaban fogón de leña, era fácil sostenerse con este oficio. También se dice, para enaltecer la parte moralizante de la leyenda, que es el ánima vagante de un hombre que salió a cortar leña en día de Semana Santa y por eso durante esos días de recogimiento y oración, es cuando con mayor frecuencia se oye el chas, chas de El Hachador en lo profundo de las montañas, Los cierto es que sea como haya sido, este personaje importunó, muchas veces, a los cubicadores de madera que en la década de los  años cincuenta poblaban la montaña de Guanarito, Turén y Ospino buscando esta riqueza  natural para luego venderla a los aserraderos de Guanare y Acarigua. Así mismo, también asustó a muchos cazadores que en la oscuridad de la noche salían, unos por necesidad y otros por afición a buscar la más codiciadas presas.
Con respecto a esta leyenda el señor Emilio Oropeza, ospinero de 77 años de edad narra lo siguiente:
Yo vivía en la Estación de Ospino y una noche se me oscureció en el pueblo y me fui tarde la noche, eran como las once, ya cuando iba llegando a la casa, en un matorralito que había al lado del camino escuché golpes de hacha, me sorprendí y me paré a escuchar y se oía clarito el chas, chas. No me dio tiempo de pensar porque hubo un momento en que se quedó en silencio y entonces toció, pero fue una tos muy fuerte y penetrante. Yo salí corriendo porque sentí miedo y cuando iba pasando por el frente del matorral cayó el palo. Sentí el traqueteo cuando se estaba reventando y hasta el viento que traía en la caída, además el estruendo, acompañado de un lamento. Llegué a la casa casi asombrado y al día siguiente fui con gente a revisar y no había nada, todo estaba igual. Ni árboles cortados, ni huellas de hachazos, ni de gente.
En el Portachuelo, por la vía de Agua Blanca, el señor Francisco Sivira, de 64 años de edad narra: Una noche mi compadre Roseliano González y yo nos fuimos de cacería. Estando todavía claro nos pusimos de acuerdo para la ubicación. Yo me monté en un tacamajaca bien frondoso y mi compadre en un caruto. Allí esperamos la noche y los animales. Eran como las doce y no llegaba nada, pura plaga. Ya como a la una veo yo, que estoy de frente, un hombre que no sé de donde salió con un hacha en la mano que le cae a hachazos al caruto y mi compadre no hablaba, ni gritaba y a mí se me hizo un “nudo” en la garganta que me impedía gritar. Yo vi como ese hombre se le afincaba al árbol y mi compadre arriba. Llegó un momento en que el palo se cimbró, traqueó y cayó al suelo. “El Hachador” desapareció y yo trabado de tanto miedo, casi privado, pude bajarme del palo para ayudar a mi compadre Roseliano que estaba en el suelo. Como pude lo llevé a la casa. Este otro día vinimos a ver el sitio y conseguimos todo igual, no había pasado nada, sólo estaban regados en la pata del caruto la linterna, el machete, la escopeta y la cajeta de chimó de mi compadre Roseliano González.
Luis Escalona Rangel, reportero gráfico, hijo del desaparecido Manolo Escalona, fundador y dueño del semanario El imparcial de Acarigua, también narró su experiencia ocurrida en la montaña: Yo no soy cazador, más bien temo a la oscuridad y a la inseguridad que brinda el monte: sin embargo, en el año 1983, una noche, por insistencia de unos amigos, fui de casería para acompañarlos. Nos metimos por la montañita que bordea el río de la Estación de Ospino, al llegar al sitio donde íbamos a acampar, mis compañeros hicieron todos los preparativos. Como a las ocho de la noche me ubicaron en el tronco de un árbol seco. Yo siguiendo las instrucciones, me subí al tronco, cargué la morocha y me dispuse a esperar la codiciada presa. Corría el tiempo y nada pasaba. De vez en cuando encendía la linterna para darme ánimos y de la misma forma mis compañeros respondían.
Eran como las diez de la noche cuando encendí la linterna y al alumbrar hacia un árbol de abundante follaje que tenía frente a mí observé unos ojos grandes penetrantes que  me miraban amenazantes. Corrí la linterna para ver de qué se trataba y  no pude ver cuerpo alguno. Giré la linterna y nuevamente pude ver los ojos acechantes, me dio la impresión de los ojos estaban solos en el árbol. Al tratar  de seguir escudriñando con la vista, a la luz de la linterna, sentí que el tronco donde estaba sentado comenzó a moverse…a girar, hasta colocarme de espalda a la extraña visión. Presa de los nervios caí del tronco seco  y la escopeta se disparó, por eso llegaron mis amigos y auxiliaron, yo estaba prácticamente privado. Ellos dijeron que era algún espíritu protector de los animales salvajes.

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JUAN DE EL MORRO (Tomado de "Mitos y Leyendas predominantes en el Estado Portuguesa" de Carmen Pérez Montero)

JUAN DE EL MORRO

La leyenda de este personaje que habita la línea divisoria entre lo real y lo irreal nace en San Rafael de Onoto, población que fundada en 1726, por los misioneros Fray Bartolomé de San Miguel y Salvador de Cádiz, con 260 indios entre Otamacos, Guaranaos y Guamos. Carmen Pérez Montero 

Buscando el origen de estas misteriosas narraciones que parecen arrancadas de las páginas de la Iliada o cualquier otra obra enmarcada dentro de la mitología griega, con sus personajes increíbles, sus sentencias y sus castigos, nos encontramos caminos de El Morro con José Ramón Pérez (51años) quien nos informó:
Para el año 1954, aproximadamente, en este espacio abierto que Ud. Ve ahí no estaba la represa de las Majaguas, sino que eso eran dos posesiones bien grandes, una de Abelardo Hernández y la otra donde hoy está la represa que era de Juan de El Morro. El General Marcos Pérez Jiménez se propuso hacer en este sector la represa de las Majaguas, para resolver el problema del déficit del  agua existente en esa zona agrícola. Como para esta fecha, supuestamente, ya Juan de El Morro había muerto y su espíritu vagaba por toda su posesión, empezaron a ocurrir acontecimientos difíciles de explicar, tales como: muertes repentinas de los obreros que cortaban los árboles, derrumbes, árboles que caían inesperadamente triturando a los trabajadores, muertes por mordeduras de serpientes, obreros que desaparecían de su casa a la represa sin dejar ningún rastro, algunos que se perdían en esa misma montaña, otros que se ahogaban. Una tarde como 6 p.m Juan de El Morro se le presentó a Martín Alvarado habitante de la Esperanza, le pidió chimó y le dijo: No me corten la madera porque ésa me pertenece. Éste es mi dominio - y desapareció- .
José Ramón lo describe como un anciano mal vestido, con alpargatas y un morral en el hombro.
José Ramón Pérez  también nos refirió que en la década de los cincuentas era muy común oír hablar de este personaje en Agua Blanca san Rafael de Onoto, El Morro, La Esperanza y en otras regiones donde venían los pescadores, quienes ofrecían parte de la pesca al espíritu de Juan de El Morro con tal de que les permitiera sacar una buena porción  de peces. Son muchos los que aseguran haberlo visto con su morral, en posición muy humilde sentado sobre una piedra, sobre la represa.   
Continuando con la búsqueda nos trasladamos al caserío La Esperanza. En la entrada del poblado nos sorprende  encontrarnos con un cementerio donde reposan, aproximadamente, treinta tumbas con sus respectivas cruces y trabajos en granito, mármol, cemento y algunas con el característico “lomo de perro” esta última opción se produce al recoger la tierra que sobra, después de enterrado en el muerto y hacer un camellón donde se coloca la cruz. Indagamos sobre el particular y nos informan que no es un cementerio lo que allí existe, sino la concentración de los rosarios de los difuntos que sacan a la calle y coincidencialmente todos concluyen en el mismo sitio. 
Al pedir explicación de este hecho, el señor Antero calle nos relata: Hace muchos años se acostumbraba que a todos los difuntos se les sacaba el rosario para la calle; pero hoy en día son pocas las familias que aún conservan esta tradición. La cuestión consiste en que al celebrar la última noche o final de la novena, a las 12 p.m. al rezar el último rosario, el rezandero (que deber ser hombre), sale de la casa llevando una cruz de madera, hierro o cemento con el nombre del difunto. A éste le acompañan todos los hombres asistentes, llevando cada uno una vela encendida. En la casa deben quedar, únicamente las mujeres, ancianos y niños. Todos deben llorar al ver salir la procesión.
El rezandero avanza con su séquito por el mismo camino por donde llevaron al muerto (lo cual explica por qué el supuesto cementerio esta a la entrada del poblado, ya que esta comunidad entierra a sus dolientes en San Rafael de Onoto). A llegar al sitio donde termina al rosario, se debe clavar la cruz en la orilla derecha del camino y regresar, caminando de espalda, nuevamente hacia la casa del difunto. Se cree que si el rezandero o algunos de los “Rosarieros” da la espalda a la cruz, el muerto se puede regresar con el grupo y comenzará a penar; es decir, a salir y asustar. Cuando la gente regresa a la casa ya los familiares pueden sacar del cuarto del muerto la vela y el vaso de agua que debieron colocar en este recinto desde el día de su muerte y proceder a ocuparlo. Es de hacer constar que en el caserío “Los Tanques” jurisdicción del municipio Araure aún se conserva esta costumbre y con la reseña que de ella se hace en este trabajo, se pretende  enriquecer los conocimientos sobre el comportamiento ancestral de nuestros antepasados para tratar de conservarla como una muestra cultural que tiende a desaparecer.
Al llegar a La Esperanza localizamos al pescador Tomás Arellana, quien narró su experiencia:
Juan de El Morro es un espíritu que puede hacer bien, pero puede hacer  mal  también, depende  para lo que se busque. Yo pase un susto muy grande con ese personaje aquí mismo en la represa de Las Majaguas. Una tarde, como a las cinco, ya mi hermano y yo habíamos terminado de pescar, habíamos hallado bastante pesca: lebranches, bagres, pargos bocachicos, viejitas, coporos… Ya nos íbamos, cuando un muchacho llamado Félix, que vivía cerca de mi casa y que se ahogó aquí en la represa, salió del agua y nos dijo: Espérenme, para irme con ustedes… yo voy a ver si consigo un pargo blanco que acabo de ver junto a la pata de aquel palo y señaló hacia la represa. (Dentro de represa pueden observarse algunos árboles sumergidos). El muchacho se zambulló en el agua y viendo yo que pasaba el tiempo y no salía le dije a mi hermano: Voy a ver que pasó y me eché un clavado. Cuando llegué al fondo sólo sentí un ruido muy feo y ví que venía una avalancha de piedras por debajo del agua. Sacando fuerza nadé hacia arriba y cuando salí mi hermano me estaba llamando desesperado: – Tomás…Tomás…Tomás-. Mi hermano me abrazó y me dijo: Tomás yo vi algo muy horrible, una ola se levantó del tamaño de una casa y yo le conté lo que vi en el fondo de la represa. Esperamos la salida del muchacho y éste no salió más.
Nosotros fuimos al pueblo a pedir ayuda y vinimos los buzos o sea gente que sabe nadar y ello testimoniaron que vieron al muchacho en la pata del palo donde él nos dijo que había visto el pargo blanco, que estaba agachado con los ojos abierto y que aún apuntaba con el arpón como si estuviera viendo la presa. Los buzos que eran bien valientes no se atrevieron a sacar ese “muerto”.
Don Pancho García, un anciano que ha vivido desde siempre en los alrededores de la represa nos contó que antes de que el Gobierno hiciera la majestuosa represa de la Majaguas, él conoció en ese mismo sitio una laguna llamada La Cañada donde vio, una tarde, como 6 p.m. una culebra de unos doce metros de largo y un grosor aproximado de 80 centímetros. Esa laguna la absorbió la represa y se cree que esa culebra está dentro de la represa y es la que “encanta” a las personas que no aceptan las leyes de Juan de El Morro porque muchas personas la han visto y dicen que es como un monstruo por lo grande y escamosa por lo vieja.
El señor Guadalupe Vásquez (72 años) nos recibió con mucho entusiasmo y concertó con nosotros una nueva visita para que viniéramos preparados para asistir al Palacio de Juan de El Morro, ubicado detrás del cerro de El Morro. El señor Guadalupe nos pidió que lleváramos un litro de aguardiente, chimó, tabacos y velas.  
Cumpliendo con el compromiso adquirido llegamos, nuevamente a La Esperanza, el señor Guadalupe nos llevó al Palacio, después de recorrer una carretera de tierra, estrecha y solitaria que va bordeando el cerro de El Morro, dominios de Juan de El Morro. En la falda del cerro se levanta un altar, sin santos, sólo existen grutas adornadas con la bandera nacional. Allí Don Guadalupe, quien practica el espiritismo para curar males y mejorar la suerte de sus hermanos, nos ensalmó, antes de buscar la comunicación con Juan de El Morro. La experiencia fue de encuentro espiritual y luego regresamos al poblado. Durante el recorrido Don Guadalupe Vásquez relató: Existe un dueño para cada laguna… para cada rio. Toda corriente de agua tiene su dueño: De que existe…. existe  y aquí en la represa Juan de El morro es el apoderado. Mire, en ese cerro de el Morro nunca ha vivido nadie, nadie ha hecho casa ahí porque lo respetan. La gente sabe que con él no se debe meter porque le va mal. Hay una historia de un muchacho de Acarigua que amaneció bebiendo allá y como a las siete de la mañana le dieron ganas de  venirse, con un amigo, a pescar para acá, para la represa, eso fue en la Isla de Piedra. Ese pobre muchacho parecía llamado a morir aquí, algo increíble. El amigo ya había sacado pescado bastante y estando ya  en la orilla, el muchacho agarró la tripa y se lanzó de nuevo al agua diciendo: Voy a darle la mano a Juan de El Morro y allí mismo se ahogó en la orillita, como a cinco metros y ninguno de los presentes pudo hacer nada. El muchacho se perdió y dicen que los buzos lo encontraron en el fondo de la represa, en una carretera, pero que no lo pudieron sacar porque estaba agachado y con los ojos abiertos, metido dentro de un rollo de culebra muy grande.
Otra particularidad digna de mencionar es que dentro de la represa existen carreteras, incluyendo la carretera vieja, vía Caracas, puentes, cementerios, incluso hasta hace poco se podían ver, en época de verano, las cercas y “peines” de las fincas que quedaron ahogadas debajo de las represa. Así  mismo hay diferentes tipos de vegetación y es asombroso ver, a veces, “baquianos” del sector caminar dentro del agua, para sorpresa de los visitantes que desconocen la existencia de los caminos y  carreteras dentro del agua. Otra cuestión que debo referirles y que también ocurrió aquí en la década de los años cincuenta, fue el compromiso que hizo el General Marcos Pérez Jiménez Con Juan de El Morro para que éste dejara de hacer tantos estragos con la gente que venía a trabajar en la construcción de la represa y permitirá que el trabajo se realizara sin obstáculos.
Cuenta que ese pacto se realizó en la Montaña de Sorte, dominio de María Lionza y que el hermano Pedro Soterano estuvo presente. Allí se llegó a un convenio entré las partes y, según dicen,  Juan de El Morro pidió, a cambio de la donación de parte de su propiedad para la construcción de la represa, le dieran el poder para, durante cuarenta años, recoger todas las   almas de los seres que murieran entre Apartaderos y Acarigua, para hacerlos sus súbditos y nutrir sus dominios. El pacto fue aceptado y en el año 1995, supuestamente, se cumplieron los cuarenta años acordado para dar por concluido el negocio.

* Otro enlace relacionado: Leyendas del Llano http://letrasllaneras.blogspot.com/p/leyendas-del-llano.html

** Otro enlace de esta autora: CARMEN PÉREZ MONTERO (Poemas) http://letrasllaneras.blogspot.com/2011/04/mujeres-todas-mujeres-y-otros-poemas-de.html

LA CULECA Y LOS DUENDES (Tomado de "Mitos y Leyendas predominantes en el Estado Portuguesa" de Carmen Pérez Montero)

LA CULECA
En la actualidad Mesa de Cavacas es un pueblo pintoresco, semejante a muchos que existen diseminados por el Llano venezolano. Calles largas donde se concentra toda la vida pueblerina: plaza, iglesia, medicatura, prefectura, comercio y tráfico de bicicletas.  Sus habitantes sostienen, sin conocer la verdadera historia, que esa altiplanicie fue el primer asiento de Guanare. Aún posee estructura de casas que pertenecieron a acaudaladas familias de principio del siglo pasado.
Esta población fue diezmada por el vómito negro y la fiebre amarilla. Según testimonio de las personas entrevistadas, sólo sobrevivieron: la niña Dolores Herrera, Rosa Medina, Juan Pastor, Juan Ochoa, Manuel Medina y la señora Juana de Márquez, quien según su propio testimonio, se vio en la necesidad de abandonar su casa en compañía de su madre y hermanos para trasladarse a Guanare, donde ellos murieron. Ella al quedar sola y convertirse en mujer se casó con José Márquez, vecino de Guanare, y después se trasladó con él, nuevamente a Mesa de Cavacas, recuperó la casa materna, frente a la Plaza Bolívar. Hoy está residenciada en esa casa, desenredando lentamente sus recuerdos infantiles.
La magia de este pueblo hospitalario me absorbió y, a pesar de que vine buscando la leyenda de <<Un baúl encantado>>, que según la información recogida se encontraba enterrado en una de las casas más viejas del pueblo, lo cual fue imposible confirmar, me encontré con la leyenda de La Culeca:
El señor Ramón Toro narró que una noche que él venía de La Aguadita, sector llamado así porque allí le daba agua al ganado  (hoy existe en ese lugar la urbanización La Goajira), acompañado por una mujer que traía un niño en sus brazos, al pasar por un sitio llamado Los Mangos, estando claro y sin presagio de lluvia; repentinamente comenzó a llover torrencialmente y Ramón con sus acompañantes tuvo que guarecerse debajo de las ramas de los frondosos mangos. Allí con la luz de los relámpagos, pudieron ver claramente a una gallina con muchos pollitos, la cual cacareaba de manera fuerte y continua. Ramón jamás se ha explicado su presencia debido a que por allí no había casas cerca. Además cuando la gallina con su bandada de pollitos desapareció el invierno cesó y la luna volvió a brillar. Ramón, la mujer y el niño continuaron el camino sin ningún temor.
Caso similar le ocurrió al matrimonio Terán Dorantes. Doña Juana (68) y Don Ricardo (72), estando recién casados (1935) fueron a buscar leña a la loza da la Montañita(hoy urbanización La Goajira). Eran las cinco de la tarde, aproximadamente, cuando ya tenían preparados los haces de leña, el cielo se oscureció repentinamente y entre truenos y relámpagos se desató una tormenta. Fue tan fuerte el aguacero que la leña que habían cortado se mojó y por esta razón acordaron dejarla para buscarla después. Cuando se disponían a salir de la montaña, aún lloviendo, vieron una gallina jabada  culeca con muchos pollitos que piaban insistentemente. Esta anormalidad no asustó a los recién casados, pero sí les extraño, pues la casa más cercana era la de María Mercedes que quedaba en El Zanjón, más o menos a un kilómetro de la montaña, por lo tanto era muy difícil que esta gallina con sus pollitos estuviera tan lejos de la casa. Como a las cinco y media de la tarde oyeron un estruendoso ruido <<como si un trozo de cuero seco se hubiese desprendido de un árbol>> ---dijo Doña Juana---. Ese ruido si les asustó y salieron presurosos del monte. No habían terminado de salir cuando el invierno cesó y volvió a reinar la claridad. A los tres días se supo que un vecino sacó un cantarito lleno de monedas de plata de la pata del árbol seco donde estuvo recostada Doña Juana Dorantes de Terán, mientras el señor Ricardo Terán depositaba a sus pies la leña que, posteriormente, vinieron a recoger.
Los esposos Terán Dorantes aseguran que donde sale La Culeca es seguro que hay dinero o tesoros enterrados, porque según cuenta la leyenda que ha trascendido de generación en generación, en tiempos pasados muchos habitantes de Mesa de Cavaca se hicieron ricos sacando botijas y entierros que le señalaba La Culeca los viernes santos, pero los beneficiarios deben ser seleccionados por La Culeca y los esposos Terán  Dorantes no fueron favorecidos.


LOS DUENDES 
Se dice que estas criaturas extrañas son manifestaciones de los niños que viven en el <<limbo>>, porque mueren sin bautizo, son abortos o hijos que han muerto y que durante su corto paso por esta tierra fueron malcriados, llegando hasta el extremo de golpear a sus padres.
Para ilustrar este tipo de presencia sobrenatural no hizo falta efectuar entrevistas, debido a que existe una experiencia propia, muy concreta, con respecto a estos gnomos o Poltergeist y es que en una casa, ubicada en Acarigua y que fue de mi propiedad, por espacio de quince años hubo un duendecillo que vivió con nosotros, sin causarnos ningún problema grave. ¿Cuándo llegó?... No sabríamos precisar el momento exacto, pero llegó y después de tocar, suavemente, la credibilidad de los habitantes de la casa se instaló definitivamente con la familia.
Este duendecillo o espíritu burlón comenzó inesperadamente a producir ruidos de llaves en las cerraduras y a llamar por su nombre a los miembros de la familia con las voces de los demás integrantes y ya era usual que, estando la casa en silencio, cualquiera saliera de un cuarto o de algún sitio de la casa gritando: ya voy… y cuando llegaba frente a la persona que, supuestamente, lo había llamado, comprobaba que era falso, que nadie había hablado. Esta situación se repetía a diario, luego comenzó a apagar y prender luces, a abrir puertas y a cambiar de lugar algunos objetos. Sin embargo esta situación no amedrentaba a ningún miembro de la familia. Una vez, mi hija mayor regresó a casa después de su divorcio y David, nombre que ella misma le colocó y que después se familiarizó entre todos los habitantes de la casa y los amigos más allegados, se disgustó tanto por su regreso a casa que se puso insoportable. Una noche, estando yo de viaje, como a la una de la madrugada la despertó porque estaba casi sobre ella respirándole en la cara como un mono negro, que sigilosamente se escondió detrás de un escaparate. Otra vez lo vio con figura de verdugo colocado frente a su cama y acompañado de otros verdugos. Esa noche mi hija llegó a mi cuarto prácticamente privada, con los ojos fijos y sin poder hablar. David estaba realmente insoportable… silbaba, se veía su sombra cuando atravesaba las habitaciones de la casa, movía los carros u otros juegos de los niños, abría los chorros de agua de los lavamanos y del lavaplatos.
Pero una tarde llegó al colmo al encender el quemador  de una cocina a gas que no tenía piloto. Mi hija al ver esto, conjuntamente con una muchacha de servicio que trabajaba en la casa se dispuso a insultar a David con fuertes palabrotas y a correrlo para lo más profundo del infierno. Cuentan las dos jóvenes testigos de este episodio que un perro llamado Amigo que estaba parado en la puerta de la cocina, de repente, lanzó un chillido horrible y todo el pelo, desde la cabeza hasta la cola, se le paró como si fuera un cepillo de alambre. Transcurrió algún tiempo y la presencia de David no se sintió más en la casa.
Un año después mi hija se casó de nuevo y se fue de la casa. Yo me sentí muy sola y creo que extrañaba a David, sentía la casa vacía y muy fría. Una noche, como a las doce llamé a Davis, lógicamente, no lo vi, pero le dije que si él se sentía bien en nuestra casa, si le gustaba su silencio y ese ambiente de lectura y creación que podía regresar, que ya mi hija no estaba.
La tercera noche después de mi llamado, estaba dormida cuando sentí que la mesita de noche era movida por alguien que la mecía como si estuviera falsa en el piso. Desperté, recordé a David, sostuve con mi mano la mesa y le dije: Está bien, Davis, ya sé que llegaste. Inmediatamente volví a recobrar el sueño.
Una noche la profesora Juhdy Villegas y yo fuimos a una fiesta y como ella, en ese tiempo (1982), vivía en Píritu, acordamos que se quedaría en mi casa. Cuando regresamos eran como las doce de la noche y ella se bajó del carro para abrir el portón del garaje. Yo noté que ella se quedó paralizada y luego comenzó a gritar, pues de adentro de la casa salía un ruido muy fuerte como si una moto estuviera encendida en el garaje. Yo, rápidamente, bajé del carro y contra la voluntad de mi amiga que no quería que entrara a la casa, me introduje y vimos con asombro que en el cuarto que toda la familia nombraba como <<el cuarto de David>> estaba la máquina de coser trabajando a toda velocidad, sin poder ver a la persona que estaba cosiendo. Desde esa noche la profesora Juhdy Villegas jamás se volvió a quedar en mi casa.
En el año 1985 contraje nupcias y parece que a David no le cayó muy bien mi marido porque durante el año y medio que duró mi matrimonio casi lo enloqueció. Mi esposo llegó a verme caminar por la casa de un lugar a otro, teniéndome agarrada de la mano. Fue tanto el terror que sembró en él que en los últimos meses de matrimonio, teniendo llave de la casa, cuando llegaba primero que yo, como en la casa no vivía nadie más, él prefería esperarme sentado en la acera, pues no se atrevía a entrar solo a la casa.
Fue tanto el problema que me causó David en ese matrimonio que opté por buscar un sacerdote para exorcizar la casa. Después de hacer muchas diligencias logré hablar con el Padre Ramiro Castaño y él accedió a hacerme una visita para tratar de limpiar y bendecir la casa. El Padre Ramiro, mi esposo y yo nos ubicamos en el <<cuarto de David>> y cuando el sacerdote levantó la mano para hacer la señal de la Cruz, una foto de mis hijos, tomada el día de ellos hicieron la primera comunión y que estaba colgada en la pared, frente al Padre Ramiro, explotó con un fuerte ruido y cayó al suelo vuelta añicos. La foto estaba colgada entre dos vidrios y con una cadenita que servía de sostén en el clavo. Todo cayó y el clavo quedó incrustado muy fuerte en la pared conjuntamente con la cadena. Es de hacer notar que esa foto tenía más o menos diez años colgada en ese cuarto.
En una oportunidad, ya estando divorciada, en que viajé a Caracas acompañada por la profesora Juhdy Villegas, cuando llegué sola a la casa, porque ella no quiso quedarse, eran las doce y media de la noche y habiendo entrado y revisado las cerraduras de las dos puertas de la casa y consciente de que todo estaba normal, me dispuse a sacar unos libros que había comprado en el viaje y cuando estaba revisando alguien se me acercó, yo sentí su proximidad, y me habló al oído con un seseo tan profundo que sólo pude captar al final la palabra <<más>>. A mí se me erizó todo el pelo y casi me desmayo porque no pensé en David, sino en que algunos bandidos se habían introducido en mi casa y me estaban esperando. Saqué valor de mi Dios interno, giré mi cuerpo con la intención de negociar con los intrusos, pero mi sorpresa fue mayor al no ver a nadie alrededor. Enseguida le dije en voz alta: Así no, David. ¿Qué vaina es?… ¿tú me quieres matar de un susto?. Y sin temor de ninguna especie continué revisando los libros. Ese ser nunca me inspiró miedo y si narro todas las experiencias tendría que hacer una historia separada de este trabajo, porque en quince años son muchas las anécdotas vividas, no sólo por mí, sino por familiares y visitantes, por lo tanto se hizo una selección de los acontecimientos más inverosímiles registrados en este caso. La casa se puso en venta  y tardé cuatro años para poder venderla. Ignoro si David sigue viviendo en ella o no está conmigo en la granja donde habito hoy, pues no se ha vuelto a manifestar. Lo que sí es cierto es que la casa, posteriormente, ha sido vendida varias veces porque supuestamente la gente que la compra no puede vivir en ella por los acontecimientos anormales que allí suceden. 

El texto Los Duendes fue transcrito por Aury Aponte. 


* Otro enlace relacionado: Leyendas del Llano http://letrasllaneras.blogspot.com/p/leyendas-del-llano.html